Relatos Hablados

Ejercicios sexuales en el gimnasio

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Soy una chica joven que trabaja como limpiadora en un gimnasio. Un día, en el que no pude evitar hacerme un buen pajote en las duchas (fijaros si ando salida), recibí una visita muy especial de uno de los musculosos chicos...

Soy una chica joven que trabaja como limpiadora en un gimnasio

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Voz por BellaPerrix
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Odiaba mi trabajo. No era nada agradable ganarse la vida limpiando la suciedad de los demás. Y a eso me dedicaba yo, a hurgar en la mierda ajena.

Trabajaba de tres de la tarde a once de la noche sin descanso, en un gimnasio. Me encargaba de mantener librios los retretes, las duchas. De vez en cuando pasaba una mano a alguno de los extraños aparatos para aumentar musculatura.

Y como colofón, lo fregaba todo bien fregado, de una punta a la otra. Para que el día siguiente, los musculitos que pululaban por ahí, se encontraron en un suelo de lo más brillante.

Eso sí, siempre con el bueno de Jacinto, el conserje, pisándome los talones y comprobando que me ganaba el pan legalmente. Lo que hay que ver, señor, señor.

Aquel viernes decidí variar mi rutina. Cualquier cosa con tal de luchar contra el aburrimiento. Así que, en lugar de empezar por las duchas, las dejaría para el final.

De todos modos, resultaba un tanto violento estar paseando el trapo por las duchas de los hombres. Y que éstos, al entrar y verme, preferirían volverse a casa sin su habitual ritual higiénico.

No porque yo sea un cardo, ni mucho menos. Pero confieso que cuando llevo el uniforme de chacha, mi aspecto no es precisamente el de una princesa de cuento de hadas.

Así que por un día iba a ahorrarme esa humillación. Después de un buen rato, con la bayeta en una mano y la escoba en la otra, subiendo de un piso al otro, le tocó el turno a las duchas.

Allí estaba yo, sintiendo con mis doloridas rodillas las frías baldosas, sudada y cansada. Entonces se me pasó una descabellada idea por la cabeza, generalmente impropia de mí.

Nadie me veía, no quedaban musculitos rondando por el gimnasio. Y ahí tenía a mi disposición doce duchas libres. Y la verdad es que el calor se hacía cada vez más insoportable.

Así pues, ni corta ni perezosa, me metí dentro de una, la más limpia. Me desnudé, dejé la ropa colgando de un perchero en la puerta. Todo era cuestión de evitar que se mojara demasiado.

Y giré el grifo hacia la derecha. Oh, primero fue un chorro frío que no tardó en cambiar a un cálido y placentero. ¡Qué gustazo! Me dejé mojar por entero, estirando mis brazos y curvando mi cabeza hacia atrás.

Notando los pequeños chorritos deslizarse sobre mi frente y mis pómulos. Aquello era la gloria. Con tanto placer, parecía imposible que no dedicara ni un segundo de mi tiempo a pensar lo maravilloso que sería tener un hombre ahí mismo.

Un hubien fuertote, joven y apuesto, con un gran colgajo entre las piernas. Uy, comencé a acariciarme las tetas. Mis grandes tetorras que tantas miradas de deseo causan.

Hacía mucho, demasiado que no me masturbaba. Y me apetecía volver atrás en el tiempo. Cuando hacerse una paja era casi un rito durante mi adolescencia.

Me apoyé contra la pared y me llevé la mano hacia la entrepierna. Iniciando así unos placenteros fregamientos en mi vagina. ¡Mmm, divino! Estaba yo en pleno éxtasis.

Cuando una alegre musiquilla silbada me cortó el rollo por completo. Cerré el grifo. Alguien había entrado en las duchas y estaba silbando la marcellesa.

Abrí tímidamente la puerta y mire. ¡Oh! Era Jacinto, el conserje. Estaba sentado en una silla quitándose los zapatos. Luego los pantalones se estaba desnudando.

¿Estaría pensando en hacer lo mismo que yo? Por lo visto, mi idea de la ducha calientestina no era para nada una idea revolucionaria ni original.

Ya desnudo, su cuerpo peludo y serrano al aire, Jacinto se dirigió hacia la ducha que quedaba justamente delante de mí. Entró, pero con toda la confianza del mundo.

Ni se molestó en cerrar la puerta. Tras unos... No sé... Tras dar unos pasos previos y comprobar que el agua estaba en la temperatura deseada.

Parece que Jacinto comenzó a frotarse mientras subía y bajaba por todo su cuerpo. Seguía silbando sin cesar. Cuando llegó a los genitales, se detuvo.

Las friegas aumentaron. Los silbidos cesaron y aquel colgante músculo arrugado comenzó a crecer y a ponerse más duro. Recuerdo que noté como a la par que la erección se hacía más prominente.

Yo estaba más y más cachonda. Así que llevé de nuevo mi mano hacia mi raja e inicié el pertinente juego de caricias. Mientras mis dientes mordían mi labio inferior y mis ojos luchaban entre cerrarse o disfrutar de aquella visión.

Jacinto estaba apoyado en la pared gimiendo tímidamente y sacudiendo la polla con suavidad, pero sin descanso. La piel de su falo arropaba su capullo cada vez que la mano ascendía por el tronco y volvía a destaparse con la acción contraria.

No podía más. Todo aquello me había encendido por completo y necesitaba pajearme de una vez. Cerré los ojos y una imagen se creó en mi mente.

Jacinto se acercaba a mí, me besaba la frente, luego la cara, luego los pechos para finalmente besuquear mis duros pezones. Me pedía entonces que le chupara aquella gruesa verga repleta de salientes venas y yo me dedicaba a ello placenteramente.

Primero mi lengua urguaba dentro del orificio de su capullo. Él me lo agradecía gimiendo. De ahí pasaba el glande por entero. Girando mi lengua varias veces a su alrededor y sacudiendo con cariño su frenillo a cada paso.

Mientras me dedicaba a tan trabajosa labor, mi mano que sujetaba el palpitante tronco de un modo muy posesivo subía y bajaba unos pocos centímetros, estirando de la leche que no había acumulada en sus testículos.

¡Oh, que tenía que ser mía! ¡Oh, qué gusto! Aquel falo ardía. Mi piel y mi pelo ya estaban secos y un leve herecillo parecía empeñarse en enfriar mi cuerpo.

Pero no iba a lograrlo con facilidad, ya que la temperatura de mi interior era extremadamente alta. Tanto o más que la polla de mi amante, a la que seguía castigando con lenguetazos brutales sin el menor asumo de compasión.

Fui directa a sus rellenos testículos, los agarré con una mano y los acerqué hasta mi boca. Lo metí uno y lo relojé bien relamedo. ¡Mmm! Jacinto parecía estar perdiendo todos los sentidos.

Noté como su semen hervía. Mi lengua subió desde la base hasta la punta del glande en una excitante carrera. Dejando a su paso un reguero de generosa saliva, los labios se juntaron creando una forma circular que encajaba como un anillo en aquella palpitante polla.

Iniciaron un sube y baja mortal al tiempo que mi cansada mano sujetaba los contraídos testículos en la palma y los zorandeaba cuidadosamente.

Jacinto gimió, tiró su cabeza hacia atrás, se golpeó contra la pared sin sentirlo, apretó sus nalgas y un chorro de semen estalló en mi paladar que inevitablemente se dejó caer hacia mi garganta, aterrizando como colfón en un estómago sediento y hambriento que lo agradecía.

Gemí. La paja sabía gloria y yo me estaba corriendo como una condenada. Ni siquiera sabía si Jacinto estaba allí y si me iba a descubrir. Me daba igual.

Sabía que me daba igual. Aquel momento de placer era mío, pero mi sola estaba dispuesta a disfrutarlo. Uy, ya creo que lo disfruté.

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