Relatos Hablados

Viajando en autocar

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Vaya incordio que es viajar en autocar! a veces el único aliciente es quien te va a tocar al lado.

Vaya incordio que es viajar en autocar

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Voz por BellaPerrix
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Viajar en autocar durante 8 horas no es precisamente una aventura emocionante. Cuando se ha descartado el tren, así como el avión, un sencillo viajecito de la ciudad condala a la capital puede convertirse en la cosa más aburrida del mundo si finalmente te has decantado por el autocar.

Lo peor del trayecto es que solo para 30 minutos, tras 4 horas de tener el culo reposando sobre una incómoda butaca, apenas tienes tiempo para zamparte un donut y un café con leche, para seguidamente castigar tus posaderas con 4 horas más, que en realidad parecen 10.

Ellos intentan hacerte el trayecto más llevadero, poniendo películas de vídeo por un monitor del que apenas distingues nada o con un hilo musical de lo más mareante, pero sin éxito.

El viaje sigue siendo un verdadero coñazo. Claro que siempre queda un aliciente, aparte del razonable precio que uno paga por semejante tortura y es quien te toca en la butaca de al lado, o cuanto menos en la más próxima.

Si puedes tener la mala pata de tener por compañía un tipo de complexión enorme al que finalmente le venza el sueño, e inconscientemente de sus actos de dejar todo ese peso sobre ti cuando el autocarcoge una curva.

Pero también podría darse el caso de que a tu lado se siente un chico atractivo, joven y con ganas de amenizar el trayecto de una forma, digamos, poco ortodoxa.

Recuerdo que llevaba media hora intentando dormir, pero cada vez que lo conseguía, algún bache me despertaba. Entonces apoyaba la cabeza en el respaldo con los ojos bien abiertos, dispuesta a tragarme las imágenes que escupía el monitor, uno que tenía a dos metros de mí y yo sin mis lentillas.

El caso es que no logré mantenerme despierta ni dos minutos y además mi cabeza se tambaleaba de un lado a otro sin cesar, hasta que finalmente quedó apoyada sobre el hombro del guapísimo ocupante del asiento contiguo.

Sentí una vergüenza terrible y me dispuse a pedirle perdón cuando descubrí que estaba totalmente sobado. Él sí que lo había logrado, no como yo, que tuve que conformarme con mirar el harido paisaje por la ventana.

Pasaría una media hora hasta que el autocar quedó prácticamente en silencio. Era ya de madrugada y el sueño había vencido a todos los ocupantes, menos al conductor, por supuesto, y gracias a Dios.

Se hacía extraña esa quietud, el motor del aparato rugía bajo nuestros pies, pero incluso su zumbido resultaba agradable. Así que decidí intentarlo una vez más y cerré los ojos dispuesta a lograr lo que parecía imposible, dormirse.

Entonces un gemido me llamó la atención, abrí de nuevo los ojos y me quedé esperando a ver si se repetía. Y así fue. Mi compañero de viaje se retorció levemente en su butaca y soltó otro gemido más.

No había duda de que el tipo estaba teniendo un sueño de lo más entretenido. Tras un par de suspiros, llevó la mano hacia su bragueta y se detuvo unos segundos antes de iniciar unos intensos fregamientos en toda la entrepierna.

Me quedé perpleja, mi primera reacción fue escandalizarme. Luego llegó la risa y casi sin esperarlo comencé a ponerme cachonda. El tío meneaba suavemente la cabeza de un lado al otro, gemía intensamente y las friegas en el pantalón empezaban a surtir su efecto, ya que con un notable bulto luchaba por hacerse notar a través de los tejanos.

No contaba para nada con eso. Era la primera vez que me ponía caliente durante un viaje de Barcelona a Madrid y no tenía ni idea de qué hacer.

Así que dejé actuar a mi instinto. Comencé a juguetear cautelosamente con aquel simpático bulto. Presioné cariñosamente sobre él con un dedo y su propietario volvió a ser víctima de dulces escalofríos.

Rápidamente me aparté, por si se despertaba, pero no, continuaba dormido. Así que decidí llegar más lejos. Lentamente le bajé la bragueta. Tarea que me llevó unos tensos segundos hasta que la compuerta quedó totalmente abierta, lo suficiente para poder introducir la mano.

Perfectamente, como su polla crecía bajo unos slips de tacto suave. El temor de que se despertara era ya casi inexistente. De hecho, creo que en el fondo es lo que deseaba.

Así que continúe. Logré colarme dentro de la ropa interior y cazar el creciente músculo para sacarlo a tomar el aire. Antes de ponerme a la tarea, levanté la cabeza por encima de las butacas.

Rastreé con la mirada todo el autocar. Apenas divisé a una mujer despierta leyendo una revista, pero en cuanto al resto, reinaba la calma. Meneé aquel falo durante unos segundos, esperando endurecer más la todavía incompleta erección.

Mientras lo llevaba a cabo, me entretenía observando las reacciones de mi amante inconsciente, totalmente extasiado por las imágenes de su cabeza y las reacciones químicas de su cuerpo.

Ya dura, la jugosa polla tocaba el número más difícil, sentarme sobre él sin perturbar su viaje onírico. Me preparé concienzudamente para tal acto.

Me quité las bragas en un impresionante número de contorsionismo improvisado y me deslicé cuidadosamente por sus piernas hasta sentarme encima de su regazo.

Mi rostro prácticamente chocaba con el suyo. Mis ojos se centraron en sus párpados, atentos a cada leve salto, expectante ante la posibilidad de que volviera al mundo real.

Me oferré a su hombro y conduje la mano hacia las zonas bajas. Agarré la polla e intenté introducírmela por la vagina, ayudándome únicamente por mi intuición y mi saber hacer.

Lo logré dar en la diana sin excesivo esfuerzo. Coloqué la mano libre sobre el otro hombro de mi hombre y tras una mirada y una sonrisa inicié el sube y baja costosamente.

Rezaba para que su polla se mantuviera en ese estado un rato más y a cada descenso observaba sus ojos en busca de una mirada de compenetración que no existía, pero que podía imaginar.

Jadeé un par de veces. El continuo roce de nuestros sexos comenzó a hacer efecto. Notar aquel ardiente músculo dentro de mí era una sensación deliciosa que unida al morbo de la extraña situación alcanzaba niveles brutales y perversos.

Lo estaba disfrutando como una loca. No pude contenerme más y ante él, cada vez más acelerado el ritmo del polvo, misonoramente tirando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos en busca del placer más absoluto.

Fóllame, susurraba al oído de mi improvisado amante como deseosa de incrementar el aspecto burlón y descarado de tan divertido juego erótico.

Sí, así le decía. El ritmo del polvo se había incrementado considerablemente. Él comenzaba a retorcerse en la butaca de forma incontrolada.

Sueltaba continuos ruiditos de aprobación. Sus labios permanecían cerrados, pero no callaban. Cuando noté que ambos cuerpos estaban a punto de estallar, salte encima de sus piernas y me hache a su lado.

En el mismo tiempo que llevaba mi mano al clítoris, con la otra agarraba su sexo y iniciaba una potente masturbación conjunta. Estaba sudrosa y excitadísima.

Nada importaba en aquel momento. Ni tan siquiera despertarle a él o a mis vecinos. Solo quería correrme y ver su polla descargar un buen chorro de esperma.

¡Oh, delicioso! Mis dedos castigaron la vagina entrando y saliendo de forma imparable. Intentaba coordinar mi paja con la de mi compañero de viaje, pero la verdad es que costaba mantener algún tipo de acto de cordura en ese disquiciado instante.

¡Córrete! Susurré de nuevo, aunque esta vez para mis adentros. Mis músculos se tensaron. Una descarga recorrió la columna hasta estallar en mi cabeza.

Un cosquilleo tan mareante como placentero recorrió todo el sistema nervioso. ¡Oh, que lloraba buena señal! Casi sin esperarlo, él dio un salto brusco sobre la butaca, levantó el culo de la misma y comenzó a expulsar esperma por la punta de su roja verga mientras soltaba sonoros jadeos.

¡Sí! exclamé. Apenas tuve tiempo de ver el líquido de la vida aparecer por el orificio del glande, que un orgasmo me atrapó. Me corrí de forma casi tan inconsciente.

Mientras me delitaba mirando aquella corrida masculina, casi había olvidado por unos instantes que yo también estaba en plena masturbación y la sorpresa fue de lo más agradable.

Sin duda lo mejor de todo el viaje. Dejé que la chispa del éxtasis recorriera todas las venas de mi anatomía y se repartiera por cada una de las extremidades, mientras lo recibía de buen grado y con una sonrisa de oreja a oreja.

Los poros de mi piel estaban abiertos, el sudor había mojado toda mi ropa. Yo era feliz y él era feliz, aunque ni siquiera fuera consciente de ello.

Los siguientes cinco minutos consistieron en poner todo aquello en orden y hacer desaparecer las posibles pistas. Cuando recuperé el ritmo normal del corazón y la respiración, comenzó a invadirme una fuerte sensación de relax y tranquilidad.

Finalmente pudo conmigo y el resto de viaje a Madrid lo pasé en el país de los sueños. Tanto fue así que el conductor tuvo que despertarme cuando el autocar había llegado a su destino.

De hecho el vehículo permanecía ya del todo vacío, exactamente igual que la butaca que tenía junto a la mía. Mi amante secreto ya se había marchado y ni tan siquiera pude despedirme de él. ¿Lo volvería a ver? Quizás en el trayecto Madrid-Barcelona.

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