La plaza de toros estaba barrotada hasta los topes.
Parecía que no quedaba ni un rincón vacío.
Todos los allí presentes nos apretujábamos en masa ante un escenario vacío,
esperando ver al líder de nuestro partido político.
Allí estaba la tele, la prensa, los guardaespaldas
y algún representante de alguna ONG.
Por fin sonó el himno del partido por los altavoces
y por un lado el escenario apareció él, con su ya clásico aspecto aparentemente desaliñado
y sus contundentes gesticulaciones.
Iba acompañado de una comitiva que le seguía en rebaño.
Todos aplaudimos su llegada con entusiasmo, yo la quemás, elevando los brazos sobre la cabeza
en un intento de hacer sonar mis palmas con más fuerza que nunca, como si quisiera centrar la atención
de aquel aclamado señor bajito.
Agradeció nuestro recibimiento y comenzó a hablar.
No podía apartar la mirada de su persona, ahí arriba, tan poderoso y tan seguro de sí mismo,
echando pestes contra los partidos políticos enemigos y marcando las lapidarias proclamas
con sonoros puntos y comas.
Toda energía, todo entusiasmo.
No pude evitar formar en mi mente
una imagen que venía siendo demasiado habitual en mis horas de descanso.
Agradece aquel invencible señor follándome con esa pasión que gastaba en los mítines.
Me fascinaba imaginarme lo lamiendo mis pechos con sus gesticulantes movimientos.
Aquel tipo era un manujo de nervios y visualizarlo sobre mí follándome en alguno de sus ataques
Me volvía loca.
No pude evitarlo y aprovechando el tumulto, dirigí mi mano hacia mi entrepierna
e inicié unas dulces friegas sobre mis pantalones tejanos.
Cerré los ojos y sonreí mientras escuchaba
su estridente voz salir por los potentes amplificadores situados a los lados del escenario.
El éxtasis era total.
Desabroché los tres primeros botones e introduje la mano dentro.
Busqué el borde de las bragas y tras dar con él, y con mucha lentitud para no llamar la atención,
me colé por el interior hasta llegar a mi sedienta raja.
Con el dedo índice subí y bajé
como pude por aquellos labios que habían vuelto locos a tantos hombres.
La sonrisa dibujada en mi cara era cada vez mayor.
Los fuertes aplausos de la gente no hacían más que provocarme placenteros escalofríos.
Y yo, con mis ojos cerrados, no era consciente de lo que estaba ocurriendo a unos metros de mí.
Subitamente desperté de mi embragador un momento de éxtasis porque recordé que estaba en un meeting y no en mi casa,
y que a mi alrededor se agolpaban montones de personas, hombres y mujeres de diferentes edades y condiciones sociales.
Mire de un lado al otro.
Y aunque a primera vista no me fijé, repetí la operación y descubrí a un señor calo y con gafas mirándome
a una distancia razonablemente corta y con una extraña mueca grabada en su rostro.
Mi primera reacción fue apartar la mirada y fingir que ni había visto, pero por el rabío del ojo le podía observar mirándome fijamente.
La curiosidad me pudo más y volví a clavar mi mirada en él.
Esta vez me di cuenta de que aquel tipo no solo me miraba,
estaba haciendo algo.
Me aproximé a él unos metros para lo cual tuve que pisar algún que otro pie y zarandear alguna que otra maruja obesa.
Y así, no me equivocaba, la mano derecha de mi improvisado observador se aferraba con fuerza a su polla que asomaba por la bragueta,
tiesa como nunca y apuntando hacia el cielo.
El tipo se estaba haciendo la paja de su vida a mi costa.
No cesaba de machacar aquel apetecible músculo desde la base hasta la punta del glande y si yo ya estaba cachonda aquello me puso mucho más.
Decidí echarle una mano, pero conservando las distancias, así que volví a mirarle directamente a los ojos y decidí no apartar mi mirada de la suya hasta que se corriera.
El tío pareció captar de que iba al juego, así que tampoco dejó de mirarme a pesar de sus contenidos tembleques y las gotas de sudor que recorrían su rostro.
De pronto cerró los ojos con fuerza, apretó los labios, bajé la vista velozmente y tuve tiempo de ver como de su polla salía un chorro de leche disparado hacia la americana del señor que tenía delante.
Una chica próxima a él le observó unos segundos de forma curiosa, pero no descubrió nada normal y lo volvió a centrar su atención en el meeting, que por cierto había dejado de interesarme.
El tipo de las gafas tuvo el morro, pero de golpe genial, de limpiar su machacado glande con la misma americana donde había dejado reposar su deliciosa corrida.
Se guardó el aparato en su sitio y comenzó a caminar hacia mí en el gentío.
Yo, por unos momentos sentí miedo, pero decidí no marcharme y esperar a ver qué hacía aquel estrambótico caballero, cuando de pronto le vi hundirse entre la muchedumbre.
Desapareció hacia abajo como absorbido por la tierra y nadie se percató de ello.
Todavía intentaba encontrarle, cuando noté unas manos desabrochar mis pantalones.
Tragué saliva y a punto estuve de reírme ante aquella dantesca situación, pero mi líbido me cubrió la boca y me obligó a disfrutar de lo que estaba ocurriendo.
Agachado entre la gente y por tanto invisible, mi espontáneo amante empujó las bragas unos centímetros justo hasta que mi raja quedó libre de obstáculos.
Primero empezó con la mano, sus dedos paseaban sobre mi vagina y entraban unos milímetros hacia dentro, lo que me hizo cerrar de nuevo los ojos y disfrutar al...
Al momento empujó los labios de mi coño hacia los lados, lo necesario para cerca ver su lengua dentro de mí.
Ufff, comencé a tambalearme, a sentir como las piernas me fallaban.
Un fuerte calor me invadió y mis sentidos se desconectaron por completo de todo lo que me rodeaba.
La lengua de aquel pintoresco personaje, la mío Miklitoris con toda la firmeza que a una mujer le gusta sentir.
Mmmm, estaba alucinando, prácticamente no podía bajar la mirada, así que mis manos buscaron su cabeza y se aferraron a aquella sudrosa y morbosa calva.
Los escalofríos no dejaban de sacudir mi anatomía y mi coño estaba siendo devorado como nunca.
Húmeda era decir poco.
Las paredes de mi vagina se contraían al sentir la aviscosa lengua lamerlas de forma entregada y mis piernas luchaban por mantenerse erguidas.
Cuando sentí que un cosquilleo comenzaba a nacer justo en la zona trabajada, mis manos se clavaron en aquella calva sudrosa con una fuerza diabólica.
Su lengua pareció incrementar la velocidad a lo que se añadió su dedo, formando círculos que a cada pasada iban sacudiendo el glítoris que parecía que iba a saltar.
Era tanto el placer y tan fuerte el cosquilleo expandiéndose por el resto de mi cuerpo que no pude evitar soltar un sentido gemido, el cual afortunadamente quedó ensordecido por los aplausos de todos los testigos ciegos que nos rodeaban.
Para entonces ya me había corrido y mi cuerpo sentía la pesada carga de los músculos, perdiendo su tensión.
Si no caí, fue un milagro y para cuando me di cuenta no sólo mi amante sin pelo había desaparecido, sino que incluso se había molestado en abrocharme el plantalón y borrar cualquier posible indicio de lo que allí había ocurrido.
Al día siguiente, recuerdo que ojeando el periódico, vi una foto que me chocó por completo.
En ella aparecía el maravilloso calvito de la lengua supersónica dándole la mano al líder del partido político, que sin saberlo había sido el desencadenante de aquel fabuloso cunilingus.
Yo os juro que desde aquel día al momento de votar en las elecciones siempre lo he sido fiel y por supuesto no me pierdo ni uno de sus mítines.