Te daré un consejo.
Cuando una chica excitada te necesite para satisfacerla sentimental
y sexualmente, responde a su llamada por muy ocupado que estés y acude inmediatamente
para consolarla.
Si no, puedes perderte algo muy bueno.
Soy una chica muy activa, una ejecutiva de altos vuelos que se pasa el día viajando
en avión.
Y el poco tiempo que me queda libre, entre un viaje y otro, lo aprovecho para disfrutar
dando rienda suelta a mis deseos más lujuriosos.
Con solo 23 años ya tengo un puesto de gran
responsabilidad en una empresa de software.
Soy inteligente y estoy muy dotada para las
relaciones públicas.
No tengo problemas para relacionarme con cualquiera y en cualquier
lugar, sobre todo si estoy excitada y necesito un poco de cariño.
Soy rubia natural.
El cabello me llega hasta la cintura, aunque ahora lo llevo recogido.
Hay pocos hombres que puedan resistirse cuando les miro insinuante con mis ojos verdes
claros, arrugando con gracia mi naricilla respingona y abriendo sensualmente mis labios
carnosos y ardientes, siempre pintados de rojo, con una amplia sonrisa de dientes blanquisimos.
Me cuido mucho, voy al gimnasio todos los días y hago fitness y aerobic.
Por eso tengo
una bonita figura, esbelta y bien proporcionada.
Los pechos grandes pero muy firmes, el culo
redondo, amplio y prieto y las piernas largas, rectas, con unos muslos de contornos bien
dibujados.
Visto entre elegante y provocativa.
Me gusta que me miren los hombres igual que
a mí me gusta mirarlos a ellos.
Cuando viajo no me pongo ropa interior.
Nunca se sabe cuando
se puede presentar la ocasión de tener una aventura erótica y así estoy siempre a punto.
Ahora llevo una americana grisperla, sin abotonar, sobre una blusa beige casi transparente, muy
apretada sobre los pechos, de manera que me sobresalen mucho, y los pezones desnudos asoman
tentadores entre la trama de la tela de la blusa.
Una falda corta del mismo color que
la americana apenas me llega a la mitad de los muslos, justo donde terminan mis medias
negras.
Estoy sentada en uno de los bancos de la terminal del aeropuerto.
Tengo las piernas
cruzadas.
Uno de mis muslos cae suavemente sobre el otro.
Como no llevo ropa interior,
sé perfectamente que en el hueco que dejo entre mis muslos se puede vislumbrar el vello
de mi pubis y de alrededor de mi coño.
Y me alaga que me mire con deseo ese hombre
del maletín negro tan interesante que hay sentado frente a mí, vestido con un traje
gris impecable, camisa de color crudo, corbata tan roja como se le debe de poner la punta
de su polla en erección, y ese bigote recto, moreno, como el cabello que lleva peinado
hacia atrás con gomina.
Me parece un hombre atractivo, aunque demasiado serio.
Intentaría
algo con él, pero he quedado en llamar a Javi, un compañero de la empresa que es un
amor y hasta ahora se ha portado muy bien conmigo.
En cada aeropuerto siempre tengo
a alguien a quien llamar para que me haga compañía en el rato en que espero el próximo
avión.
Procuro disfrutar esos momentos de espera todo lo que puedo.
Javi es un chico
muy fantasioso, y yo le dejo que haga conmigo todo lo que se le ocurre.
La última vez terminamos
desnudos, cansados de tanto hacer el amor y sin salir del aeropuerto.
Así que voy a
coger el móvil.
Tomo el bolso mientras descruzo las piernas, las estiro y las abro para que
el hombre de enfrente me mire con más facilidad.
Noto su mirada llena de deseo clavada en el
centro de mi coño, que está empezando a humedecerse, mientras marco el número en
el móvil.
Espero.
Al final sale la voz de Javi.
Diga.
Javi, soy yo.
Te espero en el
aeropuerto.
Se le nota un poco nervioso, como si le costara decirme lo que quiere decir.
Al fin habla.
Ah, perdona, es que ahora tengo mucho trabajo.
Te llamo en cinco minutos,
¿no?
No me ha hecho mucha gracia su respuesta.
No me gusta esperar cuando estoy excitada.
Y el hombre del maletín negro y el traje impecable sigue mirándome.
Tengo que aprovechar
que estamos solos los dos, arriesgarme aunque parezca tan serio y formal.
Casi sin darme
cuenta le sonrió con la mejor de mis sonrisas y él me responde mostrándome unos dientes
brillantes.
Le hago una seña con la mano para que se acerque, y él viene hacia mí
con el maletín negro en la mano y se queda adelante, con su bragueta a la altura justa
de mi boca.
Tengo que decir algo pronto, ¿pero qué?
Ah, ya sé.
Por favor, no me siento
bien.
Estoy algo mareada.
No es gran cosa, pero tenía que buscar alguna excusa para
romper el hielo.
No se preocupe, soy médico.
Al oír eso siento que he metido la pata.
Ahora me examinará profesionalmente y se acabó.
Una pérdida de tiempo.
Abre su maletín
negro y saca un estetoscopio.
Me pone sobre el pecho izquierdo un pequeño disco de metal
mientras escucha los latidos de mi corazón.
Está un poco acelerada, me dice.
Debe tranquilizarse.
Quizá, si me examina más abajo, le digo de repente, acariciándome los muslos mientras
sonrío.
Él también sonríe, moviendo el bigote.
Si no ha captado mi intención es
que es estúpido e insensible.
De repente se agacha y oculta su cabeza bajo mi falda.
En ese momento pasa una pareja de ancianos y nos miran.
Ponen cara de escandalizados
y se marchan.
Luego un grupo de turistas japoneses se para adelante y empiezan a hacernos fotografías.
Intento sonreír a las cámaras mientras siento los dedos del doctor acariciando los labios
de mi coño bajo mi falda.
Me está haciendo un examen cuidadoso.
Introduce un dedo, lo
mueve en el interior, hacia dentro y hacia fuera y en círculos.
Ya me he puesto mojada.
El flujo me ha empapado los labios del coño y gotea sin remedio.
¿Cómo se siente?, oigo
decir al doctor.
Mucho mejor.
Siga.
Mientras me abre el coño con sus manos expertas siento
el estremecedor roce de su bigote y su lengua recorriéndome los labios y deteniéndose
con mimo en el clítoris.
Eso me hace retorcerme de gusto.
Luego introduce su lengua y la agita
con rapidez por dentro.
Estoy completamente empapada, a punto de corregerme, cuando suena
el móvil.
Lo cojo con una mano mientras con la otra acaricio el pelo engominado del doctor.
Diga.
Ya estoy acabando, dice Javi al otro lado.
Enseguida estoy contigo, cariño.
Lo
estoy deseando.
Te espero con impaciencia.
Le digo mientras levanto las piernas y las
estiro y las muevo de un lado a otro apretando la cabeza del doctor porque me estoy corriendo
entre espasmos muerta de gusto.
Cuando el doctor sale de debajo de mi falda, los turistas
japoneses aplauden.
Él les hace una seña para que se vayan, pero no parecen dispuestos
a perderse el espectáculo.
Tengo que darme prisa.
Noto que el doctor se siente incómodo,
pero no puedo dejar que se escape.
Le bajo la bragueta, masajeo su polla y sus huevos
bajo el calzoncillo.
Él parece asombrado, pero no se resiste.
Está disfrutando.
Le
saco la polla a través de la bragueta.
Es larga, ancha y ligeramente curvada hacia arriba.
Me la meto en la boca y comienzo a chuparla.
Me la trago hasta la raíz.
Le paso la lengua
por el capullo.
Mezclo mi saliva y con el flujo de su excitación mientras oigo sus
gemidos.
Él se mueve hacia adelante y hacia atrás, haciendo el amor en mi boca mientras
me toca con sus manos de doctor los pechos por encima de la blusa.
Me levanto la blusa
para ayudarle.
Sus manos me acarician los pechos directamente.
Los aprietan con firmeza
y me pellizca los pezones, ya duros y enrojecidos de excitación.
Su polla ha crecido dentro
de mi boca, tanto que ya no la puedo abarcar con los labios.
Es la polla más grande que
he visto.
Casi me da miedo.
El doctor no puede resistirse.
Ha perdido la compostura
y la seriedad.
Me coge por la cintura como un salvaje y me da la vuelta.
Apoyo como puedo
las manos en el respaldo del banco.
Me suelta el pelo y me tira de él.
Me alza la falda
por encima de la cintura.
Me acaricia el culo ancho y plieto.
Lo chupa con ansia.
Lo muerde y lo levanta hasta ponerlo a la altura que le gusta, dándome un azote.
Restriega
desde atrás una y otra vez su enorme polla entre los labios de mi coño hasta ponerme
completamente fuera de mí.
Me está volviendo loca.
¿A qué espera?
Fóllame de una vez,
le grito.
Métemela hasta que reviente.
Me mete la polla con tanto ímpetu que oigo un
chasquido brusco en mi coño, como si estallara.
Lo tengo completamente abierto y empapado
por la fuerza de su polla.
Me la mete hasta dentro, hasta rozarme la matriz.
La mueve
en círculos mientras me agarra los pechos con las manos y los aprieta hasta hacerme
daño.
Doy un grito de dolor mezclado con el mayor placer que haya sentido.
El doctor
no deja de sorprenderme.
Ahora me la saca del coño.
Me pone un poco de saliva en el
orificio del culo e intento a meter su polla allí.
Pero no lo consigue en un primer intento,
aunque yo estoy deseándolo.
Entonces, mientras me relamo los labios de gusto, noto que me
está introduciendo un par de dedos mojados por el culo y luego la fuerza descomunal de
su polla entrando y saliendo.
Estoy casi agotada de placer.
Me la saca del culo y me la mete
en el coño, sin dejar de apretarme los pechos.
Ahora siento su polla en el coño y ahora
la siento en el culo.
Esto me hace enloquecer.
No puedo más.
Es tanto el placer que no puedo
soportarlo.
De pronto siento su portentosa descarga dentro de mi coño.
Me está inundando
de semen hasta las entrañas mientras yo muevo el culo con las manos aferradas al respaldo
del banco.
En eso suena el móvil.
Lo cojo.
—¿Di—?
¿Diga?
—Cariño, soy Javi.
Oigo decir.
Ya estoy llegando al aeropuerto.
Estoy deseando hacer
el amor contigo.
Ya da lo mismo.
Es muy tarde.
Tengo el tiempo justo de coger el próximo
avión.
Digo con voz temblorosa porque me estoy corriendo una vez tras otra, moviendo
frenéticamente el culo hacia delante y hacia atrás, agitando entre temblores de gusto
todo mi cuerpo ante las acometidas del doctor, que continúa derramando su semen dentro de
y profiriendo gemidos salvajes mientras oigo lejanamente los aplausos de los turistas japoneses
y percibo las luces de sus flashes.