La mayoría de los tíos están obsesionados con el tamaño, como si nosotras les diéramos
tanta importancia.
Hay tipos que por tenerla un poco pequeña ya ni se atreven a proponerle aún un buen
revolcón.
En el momento de hacer el amor hay otras cosas que también se valoran, como por ejemplo
la dureza y el aguante.
Soy una chica de ciudad, de esas que están obsesionadas por su trabajo y que viven las
veinticuatro horas del día pendientes de él y con la oreja pegada al móvil.
Como puedes imaginarte, mi vida privada es un auténtico fiasco.
De hecho, no tengo ni tiempo para tenerla.
Así que hace años que prescindí de los romances, filtreos, iligues y otros actos
sociales.
Sí, estoy más sola que la una, pero no me aburro.
Y aunque mi corazón esté desocupado, tampoco me preocupa que alguien lo quiera ocupar.
Lo importante es llegar al final de mes y eso se me da bastante bien por el momento.
Claro que de vez en cuando me apetece algo de diversión y con lo tontos que están los
tíos últimamente, tampoco me voy a ir cuestionando de qué tamaño la tienen.
Con que se levante y dispare ya es suficiente.
El otro día me enrollé con un tipo chaparro y calvete.
Tuve que tomar la iniciativa porque el tío no se daba por aludido ni aunque se lo escribiera
en un papel y se lo firmara.
Al principio pensé que era muy tímido o un poco corto de entenderas.
Luego me fui percatando de que estaba plogó, acomplejado por algo.
Debía de ser la estatura, quizá la calvicie, aunque cuando le bajé los calzoncillos descubrí
cuál era el problema.
Mediría unos 8 centímetros en plena erección.
Afortunadamente lo que le faltaba de longitud le sobraba de grosor.
Yo que tengo el agujero un tanto grande agradecía el diámetro.
El hombre enrojeció de vergüenza cuando se quedó desnudo frente a mí y estaba tan cortado
que estuvo a punto de ponerse la camisa, subirse los pantalones e irse.
No se lo permití.
Le cogí el pajarito y lo introduje en mi boca, como si yo fuera el gato de los dibujos
animados.
El individuo seguía sin reaccionar, tan cortado como una cuajada de sobre.
Me desabroché la blusa y le enseñé los pechos mientras le insinuaba si no sería maricón.
Me respondió que le daba mucha vergüenza que alguien pudiera versela porque era pequeña
y un tanto extraña.
Al oír su respuesta le puse las tetas en plena cara mientras le preguntaba si aquel
par de melones también eran fuera de lo común.
Mis pezones rozaban su boca, se iban endureciendo al igual que el resto del pecho.
Chúpalos Cielín, chúpalos, que son para ti.
Lámelos como la bola de un helado de un cucurucho y no tengas prisa que no se derriten.
Vaya si los lameó.
Aquel encuentro ocurrió hace una semana y aún los tengo cubiertos de babas.
Por el empeño que ponía en succionar, parecía que no había mamado de crío.
Le daba el chupete mal la manera.
Me puse tan cachonda con su lengua que me bajé la falda para introducir la mano por debajo
de las bragas y acariciarme el sexo.
Estaba completamente empapado.
Él también se estaba excitando y ya no sentía la vergüenza de antes, por lo que su miembro
comenzó a endurecerse hasta convertirse en una pequeña roca.
Como ya no se acordaba de sus complejos, me hizo objeto de todo tipo de caricias.
Entonces me quitó la poca ropa que aún llevaba puesta, me arrancó las bragas a lo bruto
y las lanzó a la pared.
Estaban tan mojadas que pensé que iban a quedarse pegadas.
Agachó su cabeza entre mis muslos y la enterró para comerme el cheche.
Me besaba la vulva como si me hiciera el boca a boca, presionando.
Con la lengua recorría las rajas de norte a sur, introduciéndose en el interior y secando
los jugos como si fuera una toalla.
No era la primera vez que me lo hacían.
Me lo habían comido hombres de todas las razas, edades, incluso mujeres.
Generalmente ellas lo hacen mejor y aquel calvete era la excepción que confirmaba la regla.
Lámeme el clítoris, le imploré con dulzura y así lo hizo.
Lo cogió suavemente entre los dedos, lo descapulló y lo lamió con la punta de la lengua con
suma delicadeza.
Me puso tan hacién que agarré su pena y empecé a masturbarle.
La tenía que parecía de granito.
Costó meterle el condón, dado el grosor, no había manera de deslizar la funda y por
un momento pensé que se iba a rasgar.
Era de los buenos, de los que se dan y no se rompen, con lo que logré cubrir el miembro
hasta los testículos.
Le apretaba un poco y eso lo encendía más.
Me senté encima de él, me la introduje por completo.
8 centímetros se introducen rápidamente y si son como aquellos dan mucho juego.
Lo sentí en mi interior y me hacía perder el oremus.
Era pequeña pero juguetona y me estaba matando de plazar.
La percibía entrar y salir y en cada ida y venía rozaba el clítoris que estaba más
firme que nunca.
Me procuraba un gustazo tremendo como hacía tiempo que no disfrutaba.
Enseguida empecé a jadear y a sudar como si tuviera sofocos premenopausicos.
La temperatura de mi cuerpo hubiera reventado cualquier termómetro y mi vagina estaba en
plena ebullición.
Gocé de tres orgasmos tan apasionados que me hicieron chillar y mover la cabeza como
la niña del exorcista.
Estaba completamente poseída por una picha que no medía más de 8 centímetros de longitud
pero que parecía de puro fuego.
Abrí bien las piernas para intentar que se introdujera en sus cojones.
La quería toda, clavándose hasta el final del túnel.
Cada vez que cabalgaba movía las caderas al máximo como si estuviera bailando para
él alguna danza exótica.
El tío tenía guante porque su miembro seguía firme como al principio, sin dar síntomas
de cansancio o desfallecimiento.
Yo seguía subiendo y bajando cada vez más acelerada, clavando mis muslos en sus caderas
e imaginando que aquello no acabaría nunca.
El muchacho estaba con los ojos en blanco, suspirando de placer, mordiéndose los labios
y aguantando como un jabato.
No quería correrse, no deseaba que aquel polvo tan intenso acabara.
Ambicionaba prolongar al máximo y lo estaba logrando.
Yo no sé cuánto tiempo estuvimos en esa misma posición, pero debió de sobrepasar
la hora.
Como me lo estaba pasando tan bien, no se me hizo eterno.
Al contrario, daba la sensación de que las manecillas del reloj se habían detenido.
Lógicamente, al final, yáculó.
No hubiera sido humano.
De lo contrario, vino el condón de esperma y a mí de felicidad.
He de reconocer que me lo pasé francamente bien con él.
Otra, se hubiera enrollado y se hubiera echado el lazo.
Pero yo ya estaba cansada con mi trabajo y no me apetece ninguna relación seria.
Intercambiamos los números de teléfono y cuando se fuí, prometí llamarle algún día
y le mentí.