Relatos Hablados

La polla del inmigrante árabe

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Soy una chica que considera muy positiva la inmigración, y no precisamente por eso que dicen de la mezcla de culturas o la mano de obra barata, (para barata yo), sino por el aspecto sexual. Y es que, me encantan las pollas de los inmigrantes árabes, así de claro, como la de aquel marroquí que conocí y que me puso mirando a la meca, del que os hablo en este relato.

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Voz por BellaPerrix
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Hay quien asegura que los árabes tienen el miembro mucho más largo y grueso que la mayoría de europeos u occidentales, y que muchas de nosotras nos pirramos por ellos por ese único motivo.

No es del todo cierto. Yo soy de la opinión que cuando un chico de raza árabe es guapo, es mucho más guapo que un blanco o un negro o un asiático.

Independientemente de sus hipotéticos veintitantos centímetros de masculinidad. ¿Qué quieren que les diga? Siento auténtica pasión por esos mozalbetes, de cuerpos delgados y fibrados, de ojos negros, piel oscura y cabellos rizados.

¿Has visto lo macito que está el tal... Jaquín? Sí, aquel cantante marroquí que fusiona pop, música étnica y copla. Musicalmente no está nada mal, pero he de reconocer que me gustan más las fotos del Boclid, que como suenan sus compactos.

Me gustaría que los imprimieran en vinilo para que la portada fuera bien grande, y así ponérmela colgar en mi dormitorio, junto a mi cama. Podrían regalar un poste de él a tamaño natural con cada álbum.

Bueno, tampoco me puedo quejar, ya tengo un cartel de esos de promoción que conseguí dando la lata en una tienda de discos. Pues bueno, el tal Jaquín está buenísimo, y no creas que es una excepción.

Hay muchos marroquíes tan guapos como él, incluso más. Solo hay que darse un garbeo por los pueblos cercanos a la ciudad de Valencia, donde muchos de ellos se han trasladado para poder trabajar en el campo.

Por desgracia salen poco, ya que no tienen dinero para irse de copas e ir de marcha para ligar, aunque se mueran de ganas de hacer el amor con una mujer.

También pasan bastante de tirar los tejos a las chicas del pueblo, no nos quieren problemas, no sé, tenés problemas con la gente de aquí. Yo no tengo tantos remilgos, y sí muchas ganas por llevarme a uno de ellos a la cama.

Bueno, tengo ganas de repetir la experiencia, porque ya conseguía acostarme con uno. Tenía curiosidad por comprobar por mí misma si esas medidas tan espléndidas eran un mito o una realidad.

Se llamaba Ali, y era un joven marroquí que trabajaba como temporero en la costa valenciana. Era viernes, no tenía ningún plan, y hacía tiempo que la idea de pasar la noche con un árabe me rondaba la cabeza.

Así que me vestí y cogí el coche, dispuesto a subir en el vehículo al primer inmigrante de Tez Morena que pillara haciendo auto-stop. Dije unas cuantas vueltas y no había nadie con esas características, por lo que decidí dejarme de tonterías e ir directamente a la guarida del lobo.

Estacioné el coche en un pequeño bar que hay a las afueras de un pequeño pueblo, del que no diré el nombre. Es un local y pequeño, de aspecto rústico y tan dejado que parece más una casa medio abandonada que un bar.

Entré allí, había unos cuantos jóvenes apurando unas cervezas y un grupo de marroquíes en un rincón tomando té y refrescos. Ali se encontraba solo en la barra, pidiéndole al camarero, que también era de su país, que le sirviera una naranjada.

Aquel árabe de mediana estatura, bigote tupido, cabello rizado y tez morena me miró cuando me acerqué a él. Enseguida me percaté de que estaba bien armado.

Llevaba unos pantalones vaqueros, viejos y gastados, que se ajustaban a sus piernas y culo como un guante. Por el bulto que se parapetaba detrás de la camallera, llegué a la hipótesis que debía tener un buen trozo colgando entre las piernas.

Se me despertó el morbo al mismo tiempo que se me aceleraba el corazón y la garganta se me secaba. Nunca antes había estado con un hombre aparentemente tan bien dotado.

A pesar de haberlo deseado, desde mucho antes de perder la virginidad de esa noche no pasaba. Tenía la oportunidad de hacer realidad un sueño.

Con bastantes nervios empecé a mirar consciente a insistencia al extranjero. Le clavele los ojos hasta incomodarle. Cuando él me devolvía la mirada le sonreía para hacerme la simpática y para demostrarle que me gustaba un montón.

Al final decidí romper el hielo. Me puse a su lado, le pedí fuego y antes de que encendiera el cigarro, hice todo lo posible para entablar una conversación.

Me sorprendí de que fuera un tipo tan culto e instruido, que fuera médico y que por circunstancias de la vida ahora malviviera en nuestro país como bracero.

Tomé un par de copas, me volví a armar de valor y le invité a venir a mi casa. Ali no estaba muy dispuesto a acompañarme, pero al final accedió.

En el coche seguimos charlando sin mostrarnos muy predispuestos para el sexo. Por suerte la situación cambió cuando llegamos a mi dormitorio.

Antes de tirarnos sobre la cama nos abrazamos y nos dimos un largo beso en los labios. Después de unas cuantas caricias nos desnudamos y nos revolcamos sobre las sábanas.

El pene de Ali tenía un tamaño considerable y no paraba de crecer. Era como una banana gigante que tuviera vida propia. Nunca antes había visto algo tan grande y tan apetecible.

Me la tagué entera y le hice una mamada con mucha dedicación y esmero. El amiel grande. Le arañé con los dientes el prepucio y le sobé con la mano los testículos.

Ali se excitó tanto con mis atenciones bucales que apartó mi cabeza y buscó mi sexo para penetrarme apresuradamente, como si quisiera correrse ya en mi interior.

Al sentir como aquello iba entrando dentro de mí, grité de dolor y de placer. Su miembro me estaba llenando por completo y era de lo más ardiente que nunca tuve entre las piernas.

Ali no tardó en correrse. Cuando lo hizo, puso los ojos en blanco y suspiró en árabe. Cuando la retiró, aún la tenía suficientemente dura como para introducirla y empezar de nuevo.

Dio un lamentole en el glande. Solví algunas gotas de semen y le pedí que volviera a meterla. Eso hizo. Y la segunda vez fue mucho mejor que la primera.

Pero no tanto como la tercera. Estuvimos haciendo el amor toda la noche, con lo que pudo satisfacer el hambre atrasada. No he vuelto a verle desde entonces.

Ni tampoco me apetecía repetir la experiencia con un tipo de raza árabe. Lo cierto es que tan solo hace un par de semanas desde ese encuentro. Y tampoco he tenido demasiadas ganas de sexo. Aunque cuando las tenga, ya sé dónde buscarlas.

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