Relatos Hablados

La fama tiene un precio

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Siempre he tenido la ilusión de llegar a ser modelo, y la oportunidad me llegó cuando un fotógrafo, aunque de dudosa reputación, eso sí, visitó mi pequeña ciudad. Ni que decir tiene que yo estaba dispuesta a cualquier cosa para hacer realidad mi sueño, siendo consciente de que, como es bien sabido por todos, para ser modelo hay que mamar.

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Voz por BellaPerrix
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Me llamo Sonsoles, vivo en un pequeño pueblo de mil habitantes y me encantaría ser una de esas modelos que triunfan en las pasarelas. No es que sea una narcisista, esas alas que les gusta exhibirse, ni tampoco el ego tan echado como para pretender ser famosa a toda costa.

Yo tan solo quiero ser rica y modelo. Es un oficio con el que se puede ganar mucho dinero, viajar y no trabajar demasiado. Para darse a conocer por las agencias, lo mejor es hacerse unas buenas fotos y poner unas cuantas velas a los santos, para ver si hay suerte.

Lo de ir a la iglesia, clavar las rodillas y rezar mucho es fácil, pero lo de encontrar un tipo que haga buenas fotografías y no quiera cobrarme ya no lo es tanto.

A la última fiesta mayor de mi pueblo vino un reportero gráfico norteamericano que trabajaba en una reputada revista de geografía de su país.

A juzgar por el tamaño de la cámara que le colgaba del cuello y del objetivo y de la maleta repleta de cachivaches que cargaba arriba y abajo, aquel tío debía saber lo que hacía.

Enseguida me pegué a él como una mosca cojonera. Le invité a unas copas y a un bocadillo de morcilla. Me interesé por su trabajo, me hice la simpática, le hice la pelota y le pregunté si era una chica fotogénica con posibilidades de ser modelo.

Tan pronto como me respondió que sí, le propuse posar para él completamente desnuda. La verdad es que el tipo no estaba nada mal. Y si debía pagar con carne unas buenas instantáneas, lo mejor era que el fotógrafo en cuestión fuera alto, de piel morena, ojos azules, pelo rubio y un par de brazos de los de cortar leña con un hacha.

Al principio se negó. Me dijo que estaba ocupado, que no tenía tiempo, que para eso había que buscar una habitación amplia con el techo muy alto iluminada con unos cuantos focos.

Por las luces no debía preocuparme, pues las guardaba en el maletero de su furgoneta. En cuanto al resto, no podía hacer mucho, pues la pensión donde se hospedaba no daba la talla como estudio fotográfico.

Si el lugar era el único impedimento, ya podía poner el vehículo en marcha, pues tenía las llaves de un viejo caserón de habitaciones señoriales con paredes pintadas en blanco y que estaba a las afueras del pueblo.

Llegamos a la casa en cinco minutos, y tan solo entrar, buscamos el cuarto más amplio, nos instalamos, retiramos unos cuantos muebles y despejamos el lugar.

Mientras él colocaba los focos y lo ponía todo, yo me cambié de ropa y me maquillé un poco. No mucho, pues él tenía que sacarme natural, sin apenas colores en la cara, que estuviera guapa pero no muy pintada.

Me puse delante del objetivo de su cámara y empecé a posar. Él se percató de que era una novata, que no tenía ni idea de cómo colocarme, y mucho menos posar para una sesión.

Me fue indicando las posturas, hasta que poco a poco se fue acercando a mí. Me pidió que me relajara, pues me veía muy tensa. También me indicó que me desabrochara unos cuantos botones de la blusa para que estuviera más sensual.

Yo sabía que aquello acabaría en tomate y que no hacía nada más que preparar la salsa. Como no llevaba sujetador, mis pechos asomaban por el escote, excitada como estaba.

Me fui subiendo la falda para enseñarle las piernas y de paso las bragas. Él se ponía cachondo viendo todos mis encantos, y su pene se marcaba por debajo del pantalón.

¿No querías que te retratara desnuda? ¿A qué esperas para quitarte la ropa? Me dijo, al mismo tiempo que me quedaba en cueros. No le hice esperar mucho.

Esa noche hacía calor y yo estaba muy caliente. Al verme sin nada, se olvidó de la cámara y se quitó los pantalones y el jersey. Yo sabía que iba a entrar a matar de un momento al otro.

Era inevitable. Hacía rato que lo estaba esperando, y aún así me hice la modosita e intenté contenerme mientras me tocaba. Finalmente le acaricé el pene que estaba duro y erecto.

Se lo agité para hacerle una paja, mientras él no paraba de comerme los pechos. Al agitar la coctelera estaba ya tan excitada que las piernas se me abrían casi mecánicamente de un modo inconsciente, mostrando toda la pelabrera e invitándole a franquear la selva.

Puso su mano sobre mi sexo mientras yo seguía masturbándole. Cuando introdujo los dedos en la raja, yo aceleré el ritmo de mi muñeca. Quería que se corriera en la palma de mi mano para evitar que intentara penetrarme, pues yo estaba tan cachonda que temía no poder negarme.

Por como suspiraba, sospeché que ya estaba a punto, así que yo seguí subiendo y bajando la piel a gran velocidad. Él me pidió que parara porque le hacía daño.

Me detuve por un instante, y cuando me disponía a reanudar la paja, me cogió de la nuca y me obligó a agachar la cabeza hasta que mis labios tocaron la punta del miembro.

Justo en ese instante volvió a empujar para que me lo tragara. Me dio un poco de asco. Él estaba tan salido que temí que salpicara mi garganta, pero después de unos cuantos lamitones de la repugnancia, pasé a la calentura.

Aquel miembro me estaba acelerando los latidos del corazón y humedeciendo mis zonas más íntimas. Él tenía una erección tan violenta que creí que iba a pringarme la lengua.

Otra vez me equivoqué. Aquel tipo tenía guante, y yo lamentablemente iba a ser tan débil, a tener tan poca fuerza de voluntad que no le iba a negar mi sexo.

Se percató de que estaba tan dispuesta, con lo que volvió a cogerme de la nuca y me tiró del pelo con violencia hasta apartarme de sus atributos.

En ese momento pensé que iba a ponerse violento y necesitaba pegar a alguien para poder descargar su excitación y su esperma. Me pidió que me pusiera cuatro patas, como los perros, para follarme por detrás.

Temí que quisiera sodomizarme y le respondí que no me gustaba el sexo anal, mientras le obedecía y me colocaba en la posición. Zazz la entró toda en el chichi y de un solo golpe.

Solté un grito y le dije de todo, pues me había hecho daño. Él ni se inmutó. Siguió a lo suyo, metiendo y sacando ese salchichón yankee que iba lubricándose por todos mis jugos.

Me corrí y grité como si estuvieran matándome. No me importó chillar de aquella manera, dado que estábamos solos y nadie podía huirnos. Él también se corrió.

Tuvo la gentileza de sacarla a toda prisa para yuclar sobre mi espalda. De haber pasado de todo podía haber acabado desfilando en pases de moda premama.

Pues lo habíamos hecho a pelo y sin ningún tipo de medida anticonceptiva. En cuanto a las fotos que me hizo, nunca las he visto. Prometió mandármelas, pero yo no las he recibido, y eso que ya han pasado varios meses.

Seguro que el muy cabrito no puso ni carrete en la máquina de fotografiar. Quizás sí, y las fotos se las quedó el cartero del pueblo para aliviar sus calenturas a mi costa.

Mejor será que no me caliente la cabeza con las cochinadas fotográficas y esa estúpida sesión, y ahorré algo de dinero para contratar los servicios de un buen profesional.

Lo que de trabajar gratis no siempre sale a cuenta, y menos en el mundo del espectáculo, la farándula y la pasarela, donde todo son promesas incompletas.

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