Relatos Hablados

Mi novio es negro

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Me gusta disfrutar de la vida, por eso me he echado un novio negro.¡Y os lo recomiendo a todas!. Reconozco que la primera vez que le saqué la polla me dio un poco de miedo... ¿Me cabría a mí eso ahí dentro? Supongo que es la pregunta que se hacen todas las que tienen la suerte de toparse con un miembro de semejante calibre... Luego te das cuenta que sí, que cabe, cabe en todos los agujeros...

Me gusta disfrutar de la vida, por eso me he echado un novio negro

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Voz por BellaPerrix
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Soy una mujer de 30 años, bastante liberal y sin ningún tipo de prejuicios raciales. Digo esto porque tengo un novio de color. A él no le gusta que le llame así, prefiere que le diga negro, pero a mí la palabra me suena mal, como insulto racista.

Bueno, pues este chico se llama Ali y es originario de Nigeria. Se gana la vida como jornalero. Le conocí en el supermercado donde yo trabajo de cajera.

A mí el muchacho me gustó desde el principio, desde la primera vez que le vi entrar en el establecimiento. Me acuerdo como si fuera ayer. Compró un paquete de arroz, un pollo y una lata de judías.

Yo le cobré y le devolví el cambio y una sonrisa. Solía venir cada martes para llevarse más o menos unas cuantas cosas. Estaba visto que con su sueldo no le debía alcanzar para mucho.

Yo sé que el chico pasaba un poco de penurias en todos los aspectos, especialmente en el sexual. Un día le pregunté cómo se llamaba, otro quedé con él para tomar algo y a la semana siguiente lo invité a cenar a mi casa.

No es por decirlo, pero tengo fama en mi familia de ser muy buena cocinera. Le preparé una buena ensalada de la que no dejó ni los huesos de las aceitunas, una crema de zanahorias, un plato de pescado y de postre le ofrecí una tarta de chocolate de la que se repitió y repitió hasta dejar limpia la bandeja.

Sin lo concerniente a sexo, iba a ser tan voraz, me esperaba una de las mejores noches de mi vida. Nos sentamos en el sofá, dispuestos a ver una película de vídeo, y antes de coger el mando a distancia, me sorprendió con un beso en los labios.

Me dio un morreo que me dejó sin respiración e introdujo su lengua en mi boca como si se tratara de una serpiente invadiendo la madriguera de su almuerzo.

Recorrió mis encías, mis dientes, mis labios y me pringó de saliva mientras se arrimaba a mí para que yo pudiera notar lo excitado que estaba.

Me abracé a él con todas mis fuerzas, le palpé la espalda, los hombros y las costillas, le agarré por el culete e incluso se lo pellezqué y le sobé por la bragueta hasta notar lo gorda, caliente y dura que la tenía.

Se la saqué fuera y era enorme, calculo que tendría unos 20 centímetros y era tan gruesa que daba un poco de miedo. Temía que pudiera hacerme daño, que pudiera destrozarme el sexo, dado que soy un poco estrecha.

No sé si inventaría bien o no, si me dolería. No pensé en ello y decidí lubricarla a salivazos. La cogí con las manos y la presiento de su longitud antes de practicarle el sexo oral.

Me la tagué hasta la base y eso que mis amigas se burlan de mí llamándome boquita de piñón. ¡Qué rica estaba! Era como un gran piruli de chocolate, pero de sabor salado.

Él no perdió el tiempo. Mientras se la chupaba, se quitó el jersey y dejó al descubierto un torso musculado y fibrado con unos pechos hinchados y duros y unos pezones redondos y marrones.

Se acababa de bajar los pantalones y el calzoncillo y una vez desnudo se apresuró a levantarme las faldas y bajarme las bragas. Estaban húmedas, como mi sexo.

Luego me desabrochó la blusa, me quitó el sostén y agarró mis pechos, que mordió con gula como si fueran parte del postre que acababa de cenar.

Yo dejé de chuparle el miembro para volver a besarle en la boca y así revolcarnos juntos por el sofá. Abrazada a él, noté como un enorme cilindro de carne empujaba la entrada de mi raja.

Hacía presión y quería entrar a pesar de que mis carnes le ofrecían bastante resistencia. Poco a poco fue abriéndose paso, dándome la impresión de que me abría de arriba abajo, a que me estaba partiendo en dos.

Sobre todo cuando aquella cosa redonda que era su blande se introdujo por completo para bucear en mis entrañas. Grité de dolor y de satisfacción y aunque ya hacía tiempo que dejé de ser virgen, tuve la sensación de que había vuelto a perder la virginidad.

Incientivamente, separé todo lo que pude los muslos para facilitar la penetración. Yo tenía más de medio pene dentro de mí y aquello no acababa de entrar nunca.

De seguir así me iba a atravesar como un pollo al horno. Me agarré bien a sus caderas y empujé con fuerza hasta que noté cómo sus testículos llegaban a la altura de los labios de mi vagina.

Oh, la tenía toda dentro. Proporcionándome un gozo y un placer que hasta ese día eran desconocidos para mí. En ese vaíven propio del acto, su verga rozaba el clítoris que estaba erecto y puntiagudo como un palillo a punto de clavarse en una aceituna rellena.

Allí inició el mete y saca con una misma ferocidad y apetito que demostró ante los tres platos de la cena. Tal era la fricción de su aparato contra las paredes de mi vagina que temí que aquella zona se calentara más de la cuenta.

Afortunadamente estaba tan mojada que mis fluidos fueron atenuando. El rozamiento propiciado por aquel dilatado tronco pudiera ir y venir con cierta facilidad.

No sé cuántas veces me corrí ni lo mucho que grité, pero puedo garantizarte que batí mis marcas personales en ambos casos. Estaba disfrutando como una loca.

Cuando alifrenó en seco para preguntarme si tomaba alguna precaución, vamos, si me había tomado la pastilla, le dije que sí, que en ese sentido no debía de preocuparse.

Me pidió si podía correrse dentro de mí y le dije que no, pues prefería que pringara mi cuerpo de leche. He de confesar que cuando veo una película pornográfica, lo único que me excita es el clímax de la escena sexual.

O sea, cuando él vierte todo su semen sobre mi cara o sobre el cuerpo de ella, esa imagen me pone realmente caliente, mucho más que el resto del film.

De hecho, he hecho. La saco rápidamente y la colocó sobre mi vientre. Y disparo a ráfagas todo el líquido blanco que tenía almacenado en su próstata.

Por la cantidad, debía de hacer tiempo que no hacía el amor, ni se masturbaba. Me empapó por completo de cintura los pechos e incluso me salpicó la boca y las mejillas.

Estaba tan sucia de semen que tuve que levantarme enseguida del sofá y ir a ducharme. De hecho, fuimos juntos al baño. Nos enjabonamos mutuamente.

Nos pusimos cachondos, tonteamos nuevamente y volvimos a hacerlo. Luego nos fuimos en la cama para dormir como un par de enamorados. Al día siguiente, cuando me desperté, él me sorprendió con un exquisito desayuno que había preparado para ambos.

Ni que decir que Ali ya no salió de mi casa. Y no porque no quisiera él, sino porque no he querido yo. Vivimos juntos desde hace un par de meses y compartimos los gastos casi a medias. Pues yo gano más que... que Ali. Y no sería justo dividir las facturas a partes iguales con su sueldo.

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