Relatos Hablados

Visita a una pajillera

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Cuando salgo del trabajo me gusta darme un baño relajante y hacerme una buena paja en la bañera, mientras imágenes de pollas y lenguas juguetonas invaden mi mente. Aquel día, una llamada inesperada en la puerta interrumpió mi habitual sesión masturbatoria, y la cosa acabó como nunca hubiera imaginado.

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Voz por BellaPerrix
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Fuera está lloviendo. Los relámpagos hacen retumbar la casa. Parece que en cualquier momento las blancas paredes van a caer. La verdad es que da escalofríos.

Sentada en la bañera, noto el vapor subir por mi cuerpo. Es tan relajante hacer esto tras una dura jornada de trabajo. Me encanta. Cierro los ojos.

Me tiro hacia atrás. Vienen hacia mi cabeza pensamientos subidos de tono. No puedo evitarlo. Imágenes de pollas y lenguas juguetonas invaden mi mente y me pongo cachonda.

Desciendo mi mano hasta la entrepierna y comienzo a juguetear con mi coñito. El dedo se arrastra por la raja y me pone a cien. Ese clítoris tiene que pagar por mi calentura inesperada.

Mis piernas se retuercen. Me toco un pezón para sentir cómo endurece entre mis dedos. Ahora sí que estoy en la gloria. Entonces llaman al timbre de la puerta.

Suena un relámpago. Detengo en seco la paja. El corazón me da un vuelco. Me quedo en silencio deseando que haya sido mi imaginación. Pero no.

De nuevo suena el timbre. Insistentemente. Varias veces. Ahora sí que me entra el pánico. ¿Qué debo hacer? ¿Lo ignoro? Pero el que esté tras la puerta habrá visto la luz que sale de la ventana del comedor.

Tengo que acordarme de apagarla la próxima vez. Sin estar muy segura de qué haré, salgo de la bañera y cubro mi desnudo cuerpo con un bonito albornoz azul celeste.

Encajo mis pies en las zapatillas a juego y me dirijo a la puerta. Sigilosamente. Para que no descubran mi presencia. Vuelven a llamar al timbre y esta vez también escucho la voz de un joven, de un chico gritar desesperadamente.

¿Por favor hay alguien? Me mantengo en absoluto silencio. Oiga, hemos tenido un accidente en la carretera y mi amigo está muy mal herido. Necesito llamar por teléfono.

¿Me oye alguien? Me invaden mil dudas. ¿Qué es lo más prudente? Suena el timbre y una y dos, tres veces. Mis nervios se disparan y no puedo evitar gritar.

¡Márchate! ¡Márchate! Tras la puerta se forma un silencio escalofriante. Suena un relámpago. Miro por la mirilla y no veo más que un paisaje nublado por la incesante lluvia.

No hay nadie. Creo que debería haberme callado. Camino de nuevo sigilosamente hasta el comedor. Mis ojos están más abiertos que nunca, atentos a cualquier movimiento.

Asimismo, mis oídos están en activo, esperando pacientemente. Otro relámpago. Todo retumba. Un haz de luz luminoso entra por la ventana que me ha delatado.

Maldita sea. Voy a cerrar la persiana. Corro hacia ésta y tras un gran estruendo, los cristales se parten en mil pedacitos por obra de un pedusco de considerable tamaño, lanzado desde el exterior.

No puedo hacer otra cosa que llevarme las manos a la cara y chillar de terror. Ahora la ventana es una puerta. Entra el viento y la lluvia y de pronto veo asomar dos figuras oscuras y corpulentas.

Son dos chicos. Van vestidos con un mono blanco, botas militares. Los dos llevan sombrero negro de copa y unas horripilantes máscaras de payaso con burlonas muercas.

Se acercan. Intento huir lo más rápido que puedo. Uno se lanza sobre mí y agarra mi batín. Éste se abre y caigo desnuda al suelo. Él resbala y también cae.

Me grita. Puta. Me pongo en pie y voy hacia mi habitación, donde tengo el teléfono. Al entrar, diviso el jarrón en forma de pene gigante que me trajo de Francia mi amiga Sara.

Una divertida broma, el fin de cuentas y una defensa útil para un momento como éste. Lo agarro con no poco esfuerzo. Me sitúo junto a la puerta y lo elevo sobre mi cabeza, esperando.

Esto es una marga pesadilla. Otro relámpago delata la silueta de los dos tipos que siguen caminando hacia mí sin pausa. Me timblan los brazos.

¡Cómo pesa la polla ésta! Por fin uno de ellos asoma y dejo caer la pesada carga sobre su cubierta cabeza. Es un golpe considerablemente fuerte.

El chico grita y cae al suelo, levantándose la mano a la coronilla por donde empieza a brotar la sangre. El jarrón ni siquiera se ha roto. Por detrás, el segundo atacante me agarra de los brazos y grito ¡Déjame!

Sacudo mis piernas intentando darle donde más le duele, sin éxito. Me tira sobre la cama completamente desnuda y se sienta sobre mí, de modo que no puedo mover los brazos y apenas el tronco.

El chico herido se pone en pie. Tarda unos segundos en recobrar el sentido de la orientación, pero para cuando lo hace, lo primero que ve es mi coño abierto y protegido por dos piernas que se mueven como amenazantes aspas.

No es problema para él. La sujeta por los tobillos y consigue fijarlas sobre la cama. El que tengo encima se abre la bragueta y busca dentro de sus calzoncillos, hasta dar con ello.

Tira con fuerza y libera una gruesa y ve nos apoya en pleno crecimiento. La sacude ante mi cara. A mí no se me ocurre otra cosa que escupirle.

El lapo se clava en su rosado capullo. El tipo se ríe y con la mano lo extiende con el lubricante por el resto del aparato. Aún le estoy maldiciendo los huesos.

Cuando siento un desgarro entre las piernas, el otro tío me acaba de meter su verga con violencia, empujando bien hacia dentro. El que me utiliza de sillón se está pajeando su rabo.

Ya está duro como una barra de hierro y su mano sube y baja a través del tronco a ritmo casi supersónico. Miró al grande, su pequeña obertura parece un ojo que me observa acusadoramente y dispuesto a devolverme el escupitajo.

No estaría mal. El falo que entra y sale insistentemente por mi coño no se cuestiona si me da placer o dolor. Solo repite este pesado movimiento y una y otra vez llenándome de gozo.

Rozando continuamente los labios de mi vagina, haciendo tambalear mi propia cordura, a veces incapaz de sobrevivir a una dosis tan fuerte de gusto.

Por la habitación retumban incesantes jadeos de unos y de otros que se funden con eventuales relámpagos. La atmósfera está al rojo vivo. Oh, es tanto el éxtasis como la rabia que creo que voy a correrme, así como el pajillero que tengo delante, cuyos huevos se empiezan a contraer, dispuestos a echar un siempre dulce frío de esperma.

Tras este, el castigador orificial de coños aún está aferrado a mis tobillos y a pesar del irritante sudor sangra como un cerdo por la herida de la cabeza.

Aún así, no piensa detenerse ni por un momento. El tío lo está pasando de miedo, apuesto a que su polla se está hinchando, porque noto como el calor arde dentro de mi sedienta vagina empachada, a punto de correrse como el que más.

Sí, sí, sí, ahora grita el pajeador. Un chorro de semen sale disparado como desde un cañón del escupido por el intermitente orificio de su ahora rojizo grande para estrellarse en mi cara cerca de mi boca.

Mierda, esperaba que entrara dentro, deseaba ingerirlo y notar su calidez en mi garganta. Da igual si no es por un lado, será por el otro. Me corro gritarle, me corro grito yo.

Fundidos en un orgasmo conjunto, los dos nos estremecemos, mi cuerpo se tensa de tal forma que incluso se eleva unos centímetros a pesar de llevar al de la paja como una pesada carga, que por cierto, chilla al notar mis uñas clavarse en su pierna.

A un gotea esperma de la casi flácida verga. Todo tiembla, los gritos, los relámpagos, los orgasmos. Esto es un caos. Luego los músculos se destensan, todo vuelve a su sitio.

Oh, es increíble. Un coito de aquellos que no se viven cada día. Los dos atacantes me dejan tendida en la cama, cansada, con el coño dolorido, el rostro salpicado de esperma, pero envuelta en placer, somnolenta, feliz.

Salen de la habitación, silencio, un relámpago. De pronto uno de ellos vuelve a entrar y me pregunta, ¿pero oiga, está bien? Sí, sí, le contesto yo, interrumpiendo esos dulces instantes de placer.

¿Y tú? Si quieres escoger el agua oxigenada que tengo en el armario del lavabo. No, no se preocupe, señora. Ya tenemos de todo lo indispensable en la furgona.

¿Y a todo esto el dinero? Ah, sí, en la cocina, encima del mármol. Pero esta vez será un poco menos. Así queda apagada la rotura del cristal.

¿Qué? Extraña ofrendido. Una mueca de descontento se le nota en la cara, ya descubierta, y se marcha a rafar funfuñando. Gastarse los ahorros en este tipo de experiencias no es económico, pero desde luego te dejan como nueva.

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