Dicen que donde hay pelo hay alegría.
Me tomé tan al pie el dicho que descarté salir
con un calvo por temor a aburrirme.
Mi agenda estaba repleta de niñatos de melenas amplias
y frondosas, tan sonso en la cama como fuera de ella.
En mis citas no había dado con lumbreras,
solamente con mozaluetes de anuncio de champú con los que no se podía tener una conversación ni
llegar al orgasmo.
Ya lo dice el refrán, cabello largo me oyó un corto.
Así y todo después de
tantos fracasos aún sentía cierta adversión por las bolas de billar, por las frentes panorámicas,
por las colonillas sin pelos y esas entradas propias de la desforestación amazónica.
Javier
iba a ser el que me hiciera cambiar de opinión y el agua que un día me juré que no iba a beber.
Se trataba de un muchacho alto, delgado, simpático, educado, culto y sin un pelo de tonto, ni de listo.
Físicamente no era mi tipo, ni tampoco el de muchas, pero me hacía reír y entre risa y risa
y alguna que otra carcajada supo llevarme al huerto sin que me diera cuenta.
Una noche,
después de cenar, un paseo y unas cuantas anécdotas divertidas sobre su vida, acabé en su apartamento.
Hubieron pocos preámbulos, pues no teníamos ganas de tontear, tan solo de joder hasta que nos
dolieran los riñones.
Su polla estuvo dentro de mí, como si fuera de plástico y a pilas,
es decir, sin parar de entrar y salir y sin deshincharse después de correrse.
El calborota
resultó ser un auténtico semental, un garrañón incansable, una bestia que ha nacido para fornicar.
Un macho muy diferente a los insultos greñudos que no aguantan tres movimientos de pelvis seguidos
sin correrse y que corresponden al tipo de hombre que desafortunadamente las revistas de moda nos
venden como prototipos de masculinidad.
Javier me inundó de semen las extrañas y esparció el
resto de su depósito por todo mi cuerpo.
Me pringó las tetas, descargó en los pezones,
duros y puntiagudos por la excitación.
Me regó mi vientre, encharcó mi ombligo,
pintó de blanco mis glúteos y dio dos pasadas en el ojete con su soberbia brocha de carne.
No contento con meterme la verga por la raja, con ponerme al rojo vivo, los labios vaginales y
sacarle punta al cléteris, sino que incluso me partió en dos el culo.
No era la primera vez
que me somomezaban, ni creo que esta fuera la última.
Dádolo bien que me lo paso cuando me
la enchufan por la retaguardia, pero no creo que vuelvan a temblarme las nalgas como aquella noche.
Me la metió por el ojete a lo burro, o sea de un solo golpe, y no paró de introducirla hasta que
los cojones se incrustaron en la raja de mi culo.
Me hizo tanto daño que mis ojos se empañaron en
lágrimas.
No había llorado tanto desde que vi Titanic.
El cipote reptaba por el recto como si
fuera una serpiente entrando en una madriguera, y parecía que quería dar caza a lo que acababa
de cenar.
De hecho, dado el cocodrilo marrón que tenía cuando salió, se debió zampar lo que comí
unos días antes.
Javier, al ver el pene tan sucio, se ruborizó y trató de disculparse.
Sentía
vergüenza ante lo escatológico de la situación.
Estaba un poco cohibido, sin saber cómo reaccionar.
No sabía si debía levantarse, irse al baño y lavarse con jabón o limpiarse con una servilleta
de papel.
Cualquier cosa menos restregármelo por la cara.
Se quedó inmóvil y dubitativo, mientras
su polla daba síntomas de querer mengar.
Por lo que tomé la iniciativa y le insinué que se dejara
de tonterías.
Si perforaba esa gruta, no iba a encontrar oro negro, precisamente, sino más bien
zumo de castañas.
Le ordené que siguiera, que volviera a meterle a donde estaba y que no se le
ocurriera limpiarse, pues aquella pasta adherida iba a facilitar la penetración mucho mejor que
cualquier lubricante.
Obedeció de inmediato y volvía a sentir como me aponeaba.
Estaba herida de
muerte, agonizando y gimiendo por una enorme daga clavada en el agujero de mi culo.
No tardó mucho
en volver a correrse y tal fue la cantidad que pensé que iba a llenarme de semen.
Yo creía que
la tan comentada potencia sexual de los calvos era un mito, pero gracias a Javier pude constatar
que se trataba de una realidad.
A partir de aquella noche mi agenda se llenó con las direcciones de
los teléfonos de otras bolas de billar.