Relatos Hablados

Psicosis X

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Me hospedé en un viejo motel, parecido al de la famosa película de Alfred Hichcock, y aquel aprendiz de Norman Bates pudo darse cuenta de que estaba muy excitada. Yo lo dejé hacer, dejé que me metiera mano, que me penetrara, que hiciera conmigo lo que quisiera...

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Voz por BellaPerrix
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Me encantan las películas de terror y me chifla ir al cine a pasar miedo. Una de mis películas predilectas del género es Psicosis, de Alfred Hitchcock.

La escena en la ducha, en la que Jane Leigh es apuñalada, me fascina. Desde que la vi, cuando era pequeña, siempre cierro el cuarto de baño con el pasador.

No hace mucho. Viajé a los Estados Unidos por asuntos de trabajo. Debía desplazarme a un pueblo apartado de la capital, por lo que alquilé un coche.

Condujé durante todo el día y al llegar la noche decidí buscar un motel. Encontré uno en la carretera, tan movriento y siniestro como el de la película de Psicosis.

El conserje era un muchacho alto y joven, un tipo bien parecido, aunque no tan guapo como Anthony Perkins. Pedí las llaves de la habitación y aquel tipo me pidió el pasaporte.

Le echó un vistazo y me lo devolvió. Le pregunté si debía pagar la habitación por adelantado. Me comentó que no hacía falta, que ya le abonaría el día siguiente, que yo parecía una persona honrada y que se fiaba de mí.

Bueno, había conducido tantas horas que mis ropas olían a sudor coche y tabaco. Lo cierto es que yo misma lea a sudor coche y tabaco y humanidad.

Decidí darme una buena ducha antes de meterme en la cama, por lo que entré en el cuarto de aseo y me desvestí. Estuve a punto de cerrar la puerta con el pasadero, tal como suelo hacerlo en casa, pero pensé que era una tontería, estaba sola en aquella habitación, por lo que junte la puerta y me despreocupé.

Abrí el agua caliente, me desnudé y me puse debajo del chorro de la ducha. Estaba enjabonándome cuando se apagó la luz de la habitación y del baño.

Aunque no le temo la oscuridad, me asusté un poco, dado que aquel viejo motel daba un poco de grima, la verdad. Permanecí inmóvil durante un minuto más o menos y cuando comprobé que la avería iba para largo, decidí seguir duchándome.

Ya me había quitado buena parte del jabón, cuando noté que no estaba sola. En el umbral de la puerta del aseo pude percibir la silueta de un hombre totalmente desnudo.

Me quedé inmóvil, por el miedo, y el desconocido avanzó hacia mí mientras se tocaba el miembro. Cojé la toalla, me tapé con ella y le dije que si no se marchaba gritaría.

Aquel tipo era el conserje. Había entrado en la habitación con la excusa de avisarme del corte de luz. Si no prescindía nada de mí, ni si tan solo había venido para comprobar que no me sucedía nada malo, porque se estaba desnudo y masturbándose.

Llegó hasta la bañera y comenzó a tocar mi cuerpo. Me arrancó la toalla. Empapó la punta con agua proveniente del grifo y empezó a quitarme los restos de jabón que quedaban en mi piel.

El baño seguía oscuras, por lo que no podía verle la cara, aunque no me hacía mirarle a los ojos para saber cuáles eran sus intenciones. Por un momento dudé, incluso creí que se conformaría con sobarme.

Mientras se pajeaba como un pervertido, estaba equivocada. He de reconocer que la situación tenía cierto atractivo y que del temor pasé a la calentura.

Poco a poco, mientras sus manos acariciaban mi cintura y subían hasta mis pechos, me fui fijando en la silueta de su pene. Pude percibir que estaba completamente erecto y que era un buen tamaño.

Cuando pasó sus manos sobre mis senos, se entretuvo un buen rato en magrearlos. Me los apretó con firmeza y consiguió ponérmelos duros y firmes, con los pezones en punta.

Entonces me delaté, ya que aquel aprendiz de Norman Bates pudo darse cuenta de que estaba muy excitada. Para disimular, me di la vuelta y me puse de espaldas a él.

Me hizo separar las piernas y frotó con suavidad mis pantorrillas. Poco a poco, fue subiendo hasta dar con la raja. Al principio, presioné los muslos para impedir que me tiera los dedos, pero me estaba poniendo tan a tono que lo permití que siguiera tocando aquella zona.

Sus dedos alcanzaron el clítoris, jugaron con él y lo frutaron suavemente, mientras el pulgar de la otra mano se introducía en mi ano. No pude contenerme, por lo que jadeé dando así mi conformidad a sus abusos.

Se metió en la bañera para rozarme con su miembro. Sus dedos se concentraron en el clítoris y apretó su pene contra mis nalgas. Cuando alcanzó con él la raja de mi culo, su glande se introdujo en el recto.

Sentí dolor, pero también mucho placer. Cuando me penetró por completo, gemí. La introdujo hasta el fondo, hasta que sus testículos se clavaron en mis glúteos.

En ese instante, el muy sinvergüenza me besó en la boca, en la cara y en el cuello. Su cuerpo, desnudo, se apretaba contra el mío y me la volví a meter.

Sus dedos no perdían el tiempo y seguían jugando con el clítoris y acariciando los labios mayores y menores. Me relajaba y le dije que prosiguiera con la sodomización.

Su mete y saca me proporcionaba una fuerte orgasmo. Me estaba rompiendo el culo y, aunque no era la primera vez que practicaba el sexo anal, nunca antes había gozado hasta esos extremos.

La sentía en mi interior fuerte y vigorosa, moviéndose como si estuviera vida propia, reptando como si quisiera alcanzar mis intestinos. Su pecho se clavaba en mi espalda mientras se empujaba y empujaba.

Tenía el músculo del esfínter completamente dilatado. Su pena entraba y salía sin que yo pusiera resistencia alguna. Tenía el agujero del culo tan abierto y tan grande.

Era su circunferencia que apenas sentía su verga. Me la metía sin dejar de acariciar mi raja, que ya estaba tan mojada que hubiera podido introducirme la mano entera sin que apenas hubiera sentido dolor.

Cuando aquel intruso se corrió, descargó el semen en el interior de mi culo y tal fue la cantidad que salió de él y resbaló por los muslos, me quedé inmóvil, respirando con dificultad e intentando recuperar las fuerzas, ya que todavía me temblaban las piernas.

Cuando me di la vuelta, el conserje había desaparecido. Seguí con la ducha, enjabonándome, sin dar importancia a lo que había sucedido, como si el coeto hubiera sido fruto de mi imaginación.

Cuando regresó la luz, yo ya estaba tumbada en la cama, a punto de conciliar el sueño. Me fui del motel al día siguiente, a las siete de la mañana, para ser exactos, y me largué a la francesa y sin despedirme.

Naturalmente no pagué la cuenta de la habitación, ni las bebidas que había consumido, ni el teléfono. No creo que aquel tipo se atreviera a denunciarme por ello.

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