No voy a deciros cómo me llamo, ni daros pistas sobre mi identidad.
Tan solo os diré
que vivo en una gran ciudad y que soy una muchacha de veinte años bastante atractiva.
Tengo un buen culo, sí señor, y me enorgullezco de ello.
Por ese motivo me he visto con pantalones
muy apretados, de aquellos que se ajustan a las piernas como un guante y que marcan
hasta las costuras de las bragas.
Bueno, eso cuando lluevo, porque prefiero los tangas
diminutos.
Más de una vez me han pellificado las nalgas o sobado el trasero sin ningún
disimulo.
No me molesta en absoluto que lo hagan.
Considero mi pompis como patrimonio
de la humanidad.
Dios lo puso al final de mi espalda para que los hombres lo acaricien,
lo besen, lo mimen, lo reverencien y sobre todo lo penetren.
Con un portento como ese
sería una boba si no me gustara el sexo anal.
He de confesarte que mi práctica sexual preferida,
cualquier juego que tenga como protagonista ese par de rodizas, masas de carne, me encanta.
Sé que tengo un culo que pone nerviosos a los hombres y como lo sé les excito, les
incito, dejo a ven contemplándolo e incluso les permito que se propasen un poco.
Cuando
cojo el metro o el autobús y voy de pie me pongo bien ancha para que los pasajeros me
rocen el pasar a mi lado.
Intento elevar los glúteos y ponerlos bien tensos para que
el que esté detrás mío tenga la tentación de apoyar sus partes en plena raya del culo.
Si ese tío no se atreve, me echo un poquitín para atrás y ya está.
Me pone caliente notar
los paquetes y aún más percibir como los miembros endurecen entre mis posaderas.
Los
más atrevidos pasan sus manos por el trasero y ahí quien incluso lo bellizca.
Cada moretón
es como un trofeo, la evidencia de que un tipo quiso follarme y se quedó con las ganas.
He leído que el hombre puede llegar a correrse si está muy excitado.
Aún no he conseguido
que ninguno manche los pantalones.
Como mucho he logrado que alguna que otra cremallera
de pantalón se abre ante la excesiva presión del pene.
Sé que les pongo como burros y
hay quien incluso rebunda sobre mi nuca mientras aprieta su bulto contra mí, restregándolo
y haciéndolo una demanda de penetración.
Eso me pone tan caliente que incluso mojo
las bragas, la temperatura de mi coño se eleva y los labios vaginales se hinchan por
la excitación.
Otra se retiraría inmediatamente o llamaría la atención al caballero.
Yo
muy al contrario me pego más a él para sentirla toda y medirla con los glúteos.
Cierro los
ojos y me imagino su tamaño.
Tendrá unos 16 centímetros de longitud u 8 de grosor
o más o menos, quizá más.
Las he notado de todas las medidas.
Unas se inclinan hacia
la derecha, otras a la izquierda.
Las hay que se acomodan a lo largo de la cremallera
e incluso que se erectan hacia abajo intentando esconder la cabeza entre las piernas de su
dueño.
Un medio día en plena hora punta un caballero se puso más a tono que de costumbre
y no contento con presionar su paquete contra mí, culo.
Sí, me susurro al oído.
Me gustaría hacer el amor con él.
Al estar comprobando in situ
lo bien proporcionada que la tenía, le respondí en tu casa o en la mía.
Llegamos enseguida
a su apartamento.
Nos teníamos tantas ganas que fuimos hasta allí caminando casi a ritmo
de marcha atlética.
Tan solo cruzar la puerta en pleno recibidor me puso la mano en el trasero.
Sus dedos se clavaron en el pantalón como si fueran las zarpas de un león.
Me agarró
el glúteo con firmeza.
Tienes un culo que es demasiado, dijo él con la boca llena de baba.
Acto seguido me
en los labios que me dejó la boca mojada.
Me desabrochó los pantalones y me balos bajó
de golpe, dejándome en bragas.
Él se bajó la cremallera para liberar su pene.
Menuda
tranca tenía.
Parecía de las de bastos.
Cogí esa hermosura con la mano para ver si
era cierta.
Al palparla me puse a cien.
¿Te gusta? me preguntó.
Le respondí con un beso en los
labios.
Te la voy a meter toda por el culo, añadió él de un modo muy grosero.
Iba tan
salida que podía permitirle cualquier grosería, incluso que me sodomizara lo burro.
Tener
eso ahí detrás prometía ser toda una gozada y estaba impaciente por comprobarlo.
Me cogió
de la nuca e intentó que agachara la cabeza.
No quise hacerlo.
Quería que se la chupara,
pero me negué.
No estaba dispuesta a meterme en la boca el pene de un desconocido.
En ese
momento tan solo pensaba en mí y me importaba un bledo que ese tipo pudiera disfrutar o
no, siempre que yo alcanzara mi orgasmo.
Sé que es una postura egoísta y me daba absolutamente
igual.
Encima que le estaba permitiendo que me tocara los pechos y que le iba a dejar
que me la enchufara por la retaguardia, no me sometería a su voluntad para hacerle un
servicio completo como si fuera una vulgar putilla, si quería un sexo oral que se rascara
el bolsillo y acudiera a una profesional.
Volvió a insistir en que se la mamara, pero
yo con una actitud muy indiferente incliné la espalda para elevar el pompis y ponérselo
en los morros.
—Así que la quieres ya en el culo —dijo con un tono amenazador— dicho Yecho.
Noté
como su glande se abría paso en el ano, como intentaba franquear el agujero con rudeza
y agresividad, sin ningún tipo de contemplaciones.
Me hacía daño, me estaba destrozando y aún
así podía resistirlo.
Él empujaba fuerte con la intención de huir mechillar, pero
se quedó con las ganas.
Tan solo abrí la boca para tomar aire y ni me atrevió a gemir.
Fue forzando la entrada con paciencia e insistencia, agarrándome por los muslos y presionando
poco a poco la fui introduciendo.
Cada milímetro que se sumergía en mi interior me hacía
ver las estrellas y el cielo lo estaba pasando mal, pero también muy bien.
El dolor se marchaba
muy pronto y tan solo quedaba el placer.
Una vez estuvo todo adentro, el tipo empezó a moverse respirando sobre mi cogote como
un moribundo.
La medio sacaba, la movía y la volvía a introducir hasta el final, como
si quisiera raptar por los intestinos o atravesarme.
La fue sacando y metiendo cada vez más de
prisa una y otra vez, sin parar, como si se tratara de un automata, hasta que se le debió
acabar la cuerda o las pilas.
Se corrió adentro, descargó todo su semen y la extrajo de mi
culo, pequeña y arrugada.
Parecía una parodia del hermoso pene que me había sodomizado.
Fui al baño, me lavé un poco y me fui.
Aquel individuo quería verme otro día.
Le respondí
que no me importaba, no le di mi dirección ni tampoco mi teléfono.
Si deseaba localizarme,
tan solo tenía que coger el mismo autobús en la misma parada y a la misma hora.