Cuando Luis me dejó, no podía asimilarlo.
No es que sintiera tristeza, melancolía o dolor, sentía rabia.
Yo no estaba acostumbrada al rechazo.
Yo no era, soy el tipo de mujer a la que los hombres dejan.
Siempre soy yo la que abandono.
O lo era.
Cuando Luis me dejó, no me metía en cama por las noches pensando, ¿cuánto lo he hecho de menos?
Me metía en cama por la noche y lo que me venía a la mente era, qué desperdicio.
Este cuerpazo sin ser aprovechado.
Me figuro que es la falta de costumbre al abandono.
Yo siempre había sido tan querida, idolatrada, deseada, que simplemente nunca me había puesto en el otro lado amargo de la ruptura.
Nunca había sido la víctima, la descartada.
Una noche me dije basta.
Me metía en cama temprano, dispuesta a regocijarme en mi propia melancolía y desencanto.
Pero no podía.
Intenté masturbarme, dejarme llevar por una de mis fantasías más recurrentes.
Cerré los ojos e imaginé la puerta de casa abriéndose y a Luis entrando.
No estaba solo.
Venía con dos de sus amigos, amigos a los que yo no conocía de nada.
Luis llegaba hasta mi cama y me besaba dulcemente la nuca, al tiempo que me acariciaba los pezones con su mano derecha.
Con la izquierda se desabrochaba el cinturón y con un gesto rápido me metía toda la polla, así de golpe, sin yo poder rechistar, sin poderme resistir a ese animal que me montaba por detrás como una perra.
Me sujetaba los brazos por detrás con violencia.
Me tenía reducida, paralizada.
Mi cara estaba hundida en la almohada, cada vez más hundida, a medida que intensificaba la presión de su cuerpo.
Pero de alguna forma logré girar la cabeza.
Por lo menos ahora no me ahogaría.
Los tipos se acercaron y me empezaron a tocar por todas partes, piernas, espalda, pecho, cintura.
Notaba mil manos sobre mí, mil bocas que me ensalivaban, mil ojos que me observaban con la ascibia y fascinación.
Me vendaron los ojos.
Alguien me introdujo la polla en la boca.
Sabía dulzona.
Como almendras.
¿Se debía de haber corrido no hacía demasiado tiempo?
¿O es que se estaba corriendo ahora?
Estaba demasiado aturdida para darme cuenta de lo que estaba pasando exactamente.
La polla se retiró de pronto.
Noté entonces cómo me metían algo enorme en la boca, algo demasiado grande para que fuera un pene.
Era un vibrador.
Oía sus risas y sus obscenidades, sus comentarios humillantes y obedecía a sus degeneradas instrucciones.
Abría la boca todo lo que me pedían.
Pasaba la lengua alrededor de aquella enorme verga de látex.
Después de tener ese cacharro bien lubricado, los muy bestias me lo metieron por el culo con desgarradora precisión.
Entre las brutales embestidas de Luis y las peripecias de sus amigotes, pensaba que me iba a desmayar de dolor.
No, no podía sentir dolor.
No podía sentir la habitual excitación de mi fantasía favorita.
Lo único que podía sentir era irritación.
Ya iba siendo hora de que alguien me echara un buen polvazo.
En la vida real, no solo en mi imaginación.
Mi cuerpo y mi mente lo pedían a gritos.
Tenía que follar o me iba a volver loca.
Me levanté, duché y me vestí para matar.
Escojí uno de mis vestidos más favorecedores.
Me maquillé y cuando me encontré como una diosa de cine porno, inicié mi aventura.
Fui a la Plaza Real y me tomé una copa en un antro lleno de jovencitos.
Solo intentaba darme ánimos, crear una atmósfera de confianza que yo no irradiaba pero quería aparentar.
Me bebí el whisky bastante rápido y se me subió un poco a la cabeza.
Fue una agradable dosis de coraje.
Me dirigí al Karma.
Es un club, como en Barcelona todo el mundo sabe, en el que es imposible no ligar.
Mientras seas una chica, seas como seas, mientras tengas vagina, es imposible no comerte un rosco si es eso lo que buscas.
Y era lo que yo más ansiaba, un polvo por despecho.
Ridículo, ¿no?
Pero la idea me atraía y ya estaba pero que muy caliente.
Sé que estoy buenísima.
Normalmente paso desapercibida porque llevo vaqueros, jerseys enormes y jamás me maquillo.
Pero hoy no había olvidado detalle.
Más que en la mirada salivada de los tíos, lo notaba en la envidia de las chicas.
Las mujeres se fijan más en el cuerpo de las demás que los mismos hombres.
Algo que debemos agradecer a Cosmopolitan y a la bazofia de suplementos comunicales de los periódicos supuestamente serios.
Me acerqué a la barra y pedí un JB con Coca-Cola.
Lo sorbía apresuradamente porque estaba nerviosa.
Porque ahora que era el centro de todas las miradas quería ser invisible.
Quería que alguien me gustara, quería que alguien me deseará, quería que alguien me sedujera, que me follara.
Pero alguien en concreto, no todo un puto bar.
Por suerte había un chico solo a mi lado.
Le pregunté algo con el fin de entablar conversación y en el fondo no sentirme tan vulnerable.
Era un tipo duro.
Contestaba con monosílabos.
Y yo sabía que ni siquiera me había echado un vistazo.
No miraba a los ojos ni a las tetas.
No miraba.
Me resultó inquietante o al menos curioso.
Me atrajo a esa indiferencia.
Si era una prueba de ingenio, no sabía con quién se jugaban los cromos.
Iniciamos una disparatada diatriba contra la música del local que llevaba por lo menos 10 años sin cambiar.
Clásicos de los 80, punk descafeinado, gronche comercialote.
Estábamos bastante de acuerdo en lo patético de la selección musical.
Estábamos intimando.
Pero el tío seguía sin fijar la mirada en mí ni tan solo un instante.
Y tímido no era.
Eso me desconcertó.
Pero no por mucho tiempo.
De pronto me puso la mano en el culo.
Y la bajó.
Y empezó a sobarme lo bajo la falda.
En la barra del bar, a la vista de todos, me giré.
Nadie miraba.
Los buitres ya habían renunciado a su presa y se fijaban más en quién podía estar disponible.
El tío empezó a pellizcarme las nalgas.
Dios, cómo me gustaba.
Me sorprendió su audacia.
Aunque no tanto como notar lo empapada que estaba.
Su descaro me fascinaba.
Su descaro me fascinaba.
Estaba poniéndome a tono más rápido de lo habitual.
La mano intrépida seguía la inspección.
Ahora que se había dado cuenta que no llevaba bragas,
me acariciaba el clítoris con la punta de uno de sus dedos, mientras con los demás me presionaba la vulva.
Yo me deshacía.
Y nadie miraba.
Me incliné sobre él.
Le abracé y lo besé.
Abrí los ojos.
Los suyos estaban cerrados.
Con un movimiento brusco me giró y me situó de cara a la barra.
Él se colocó detrás.
Se desabrochó los botones de los tejanos.
Me subió el vestido un poco y me la metió.
Ahí en medio.
Por detrás.
En un momento, con precisión, con fuerza, con violencia, sentí cómo me invadía una oleada de placer.
Y otra.
Y otra más.
Él se movía más o menos al ritmo de la música.
Me inclinó hacia adelante.
Mi cabeza estaba casi encima de la barra,
en la que me apoyaba con ambas manos para no caerme por el empuje de sus embestidas.
Sus manos se aferraban a mis caderas con brutalidad.
Me movían a su antojo.
Me pellizcaban con malicia, sin compasión.
Y yo me dejaba hacer porque me encantaba.
Sabía que con todos esos decibelios nadie me iba a oír gemir.
La situación era ya de por sí morbosa.
Pero encima el tío la tenía enorme.
Y me estaba matando de dolor y de placer.
Me corrí.
Por suerte no grité.
La gente alrededor no parecía darse cuenta de lo que ahí estaba sucediendo.
O eso es lo que yo quería creerme.
Me parecía todo demasiado bestia para que pasara inadvertido.
Él seguía follándome y abrazándome muy fuerte por la espalda.
Sus manos se movieron hasta mi pecho, por debajo de mi ajustado vestido.
Sabía que tenía las tetas prácticamente al aire.
Ahora me acariciaba los pezones sin cortarse un pelo.
Los apretaba entre los dedos con toda su fuerza.
Liberaba por un momento la presión.
Y volví a apretar con aún más rabia.
Me estaba destrozando.
Confundía en mi cabeza el dolor con el placer.
Se mezclaban, se complementaban.
Estaba hechizada.
Supe que tendría otro orgasmo.
Y me dejé llevar.
Noté cómo nos corríamos casi al mismo tiempo.
Sentí su aliento pesado en mi nuca.
Su olor a sudor.
Por un instante todo paró.
La música, el dolor, mi respiración.
Había sido delicioso.
Brutal.
Humillante.
Me giré a abrazarlo y mi pie tropezó con algo.
Un bastón.
Y entonces vi las gafas negras que había sobre la barra.
Le miré fijamente a los ojos.
Y entonces comprendí.
Era ciego.