Apagón en el metro
Se fué la luz en el metro... y un tipo me hizo una propuesta que me hizo sentir una fuerte atracción.
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Se fué la luz en el metro... y un tipo me hizo una propuesta que me hizo sentir una fuerte atracción.
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El metro se detuvo, las puertas se abrieron y entre. Dentro del vagón apenas había nadie, una anciana en un rincón, una pareja de novios abrazaditos y un tipo la mar de atractivo que leía la prensa.
Sencillamente me senté lo más alejada de cada uno de ellos, ya que mi destino era el final del recorrido y aún quedaba un buen tramo. Me entretuve pensando en todo lo que había hecho durante el día.
Tras varias paradas, más en aquel vagón, sólo quedábamos yo, la anciana y el tipo elegante que se leía devorando las páginas de deportes. De pronto las luces comenzaron a apagarse y a encenderse intermitentemente.
Me asusté. La energía eléctrica que movía el metro parecía agonizar y finalmente se detuvo. Apenas una luz tenue quedó iluminando el lugar.
La anciana ni se enteró. Al parecer se había quedado completamente dormida, en aquel sitio arrinconado. Muy al contrario, el hombre sí que parecía haberse puesto bastante nervioso con lo sucedido.
Me miró, me sonrió y se aproximó. No es que me apeteciera mucho hablar, pero en aquella situación poco más podía hacer, así que accedía a una charla y a hacer tiempo hasta que las líneas del metro se restrabilcieran.
El tipo me habló de su trabajo. Era corredor de bolsa. Al parecer llevaba una vida muy ajetada y bromeaba respecto a la fortuna que en cierto modo significaba ese súbito parón.
Así podía tomarse un descanso. Luego siguió hablando sin que yo apenas le devolviera la réplica a sus historias y me explicó que se había divorciado hacía un año y medio y que a causa de su trabajo no podía prestarle demasiada atención a conocer más chicas o a practicar el sexo.
En ese momento recuerdo que una frase pasó fugazmente por mi cabeza, pues es una pena. Y es que la verdad el tío estaba para mojar pan. Al menos a mí me lo parecía.
Era de rasgos faciales duros y secos. Llevaba el pelo encominado hacia atrás y tenía una planta de aquellas que impresionaban. Me había quedado embobada mirándole cuando me preguntó sobre mi vida.
Quería saber si tenía pareja y si como él el estrés me impedía gozar de algo más de tiempo para el placer. Durante unos segundos dudé en si mentirle.
Pero el haber encontrado una persona en una situación tan parecida a la mía, de soledad indefinida, me hizo sentir una especie de compasión mezclada con una fuerte e inexplicable atracción.
Durante unos cortos segundos ambos nos quedamos en absoluto silencio intercambiando las miradas y sabiendo perfectamente qué es lo que nuestros cuerpos nos pedían que ocurriera en aquel momento.
Solo se hacía urgente saber quién era el que debía dar ese primer paso y finalmente decidí ser yo misma. Me acerqué con lentitud y algo dubitativa a su rostro impasible y puse mis cálidos labios sobre los suyos.
Por unos segundos creí sentir su rechazo, pero no. Rodeó mi cuello con su fuerte brazo y apretó su rostro contra el mío dando forma así a un beso de los que nos acabó por encender la llama del deseo más absoluto.
Me senté en su regazo y comenzó a besuquearme suavemente el cuello. Aquello me daba unos gustosos escalofríos y mis manos se aferraban con mucha fuerza su cuerpo americana.
Mientras se entretenía con tal labor y yo me dejaba llevar cerrando los ojos y apuntando con mi cara al techo del vagón, fue desabrochando con rapidez y nervio los botones de mi blusa para así posteriormente introducir una fría pero firme mano dentro del sujetador y apretar delicadamente mi pecho izquierdo.
El sujetador se desabrochaba y el motor de nuestros cuerpos se puso en marcha. Estaba realmente excitada y más cuando notaba sus dedos juguetear con un rosado pezón que se endurecía por segundos y cuya sensibilidad al tacto era cada vez mayor y por tanto más placentero sus cariñosos pellizcos.
Mientras se entretenía con mis tetas dirigí mis manos a su bragueta. No sin cierta dificultad introduje la mano dentro del pantalón, traspasé el calzoncillo y palpando a ciegas sentí que daba con lo que buscaba.
Una palpitante polla que comenzaba a tener una erección a lo que estaba contribuyendo de buena manera mi mano. La agarré suavemente y estiré de ella hasta que la saqué por la abertura y la tenía.
De piel oscura y grueso capullo inició una pausada masturbación con el fin de lograr que se le pusiera dura por completo y así ocurrió. Fue entonces cuando aprovechando que mi falda se había desplegado sobre sus piernas agarré las bragas y las aparté con fuerza hacia un lado.
Él siguió mis mudas instrucciones, empujó su falo hacia adentrarse por esa improvisada abertura y dar contacto con la vulva de mis labios gruesos que adornaba en mi entrepierna.
Ese pequeño primer contacto me llenó de placer y solté un modesto gemido al que él respondió con otro en un acto casi de absoluta compenetración.
Entonces su polla se hundió lentamente hacia el interior con firmeza como cuando un cuchillo se clava en la piel terza. Sólo que si una hoja afilada corta el falo de mi improvisado amante acariciaba mis labios inferiores gozando más a cada segundo.
Mis glándulas sebáceas se habían encargado de dejar mi vagina bien lubricada. El acto resultaba de una sencillez y un eriotismo en extremis.
Ya bien penetrada y con nuestros cuerpos invadidos por todo tipo de infinidades de sensaciones agradables, comencé a votar sobre sus piernas rítmicamente con tal de sentir su polla hinchada bien clavada en mi almejo una y otra vez.
Mantenía mis dientes apretados y gemía cada vez con más fuerza. Él me sorprendió con un espontáneo mordisco en mi barbilla. No me molestó. Al revés incrementó el inmenso placer que en aquel momento sentía.
Noté que el orgasmo estaba próximo, muy próximo. El cosquilleo en cada una de mis extremidades así me lo ratificaba y deseaba sentirlo ya. Ya.
En aquel momento las luces volvieron a encenderse y tras un rotundo chirrear el vagón se puso en marcha. A medida que la velocidad del metro era mayor, también nuestros convulsionados cuerpos ardían y luchaban por no dejar escapar aquel mágico momento en el que notas como tu cuerpo estalla en una fuente de éxtasis.
Me corrí, chillé. Mis chillidos fueron ensordecidos por el estruendo del metro acercándose a la siguiente parada. Él también gritaba y dejaba caer su cabeza sobre mi pecho.
Ambos estábamos exhaustos, ambos estábamos sudando, borrachos de placer, felices entre el inesperado coito y poco nos importaba pensar que en breve el vagón se iba a detener e iba a abrir sus puertas, estropear ese momento de quietud tan sosegante hubiera sido echar por la borda uno de los mejores momentos de nuestra vida.
Afortunadamente y a pesar del parón nadie, absolutamente nadie estaba esperando el metro en esa parada. Ya vestidos y de pie junto a la puerta a punto de bajar del vagón, me acordé de nuestra amiga, la anciana dormilona.
Me gire y efectivamente allí estaba sentada con la cabeza caída. Sonreí y por unos momentos me convencí de que la muy pillina estaba fingiendo y se lo había pasado bomba, inspiándonos.
Al día siguiente mi amante y yo leímos en el periódico que una anciana había sido hallada muerta en un vagón de la línea 4 del metro. Cosas de la vida. El metro es un mundo aparente, un mundo oculto baja en la tierra donde puede pasar de todo.