Giro a la esquina y le veo saltar por encima del capodio y un coche aparcado.
No me lo
pienso dos veces, sigo sus pasos, corro tras él, cruzando la calle principal sin apenas
tener en cuenta los coches que en ese momento circulan por ella.
Soy insultada por varios
conductores enfurecidos que me dedican innumerables bocinazos.
¿Qué injusto es el mundo?
Yo
solo estoy trabajando.
Es él a quien deberían pitar.
En fin, no tengo tiempo de explicárselo.
El tiempo que persigo se ha infiltrado entre el gentío y apenas veo su cabeza cada vez
más lejana.
Es lo malo de la Navidad, las multitudes acudiendo al reclamo de los grandes
almacenes.
No quiero ni pensar el caos que se formaría si me diera por sacar mi pistola.
Aceleró aún mis pasos y por pelos diviso al perseguido subiendo unas escaleras de incendios
que llevan hacia el tejado de un edificio de seis plantas.
Corro en dirección a ellas
y a medida que me acerco calculo los metros que me quedan para impulsarme en el aire de
un certero salto.
Ahora me elevo lo suficiente como para conseguir sujetarme a la barandilla
oxidada.
Noto como me cruje el brazo.
Antes de que empeore levanto el otro brazo y me
aferro a la misma barandilla.
Luego una pierna y un impulso y ya estoy dentro.
Miro en lo
alto y distingue una silueta contra luz entre los barrotes.
Me lleva cuatro pisos de ventaja.
Tengo que cazarle antes de que sea demasiado tarde.
Ya descansaré luego.
Mientras mis
pies parecen cobrar vida propia, mi cerebro piensa en muchas cosas.
Miles, millones de
imágenes se cruzan ante mis ojos.
Marcas de ropa deportiva, animales diferentes, tipos de comida
enlatada, perfumes y mi padre, que no sé de qué demonios pinta ahí.
Llego hacia el tejado y mis
pensamientos desaparecen.
Los cinco sentidos despiertan y se ponen en guardia.
No le veo.
¿Dónde se habrá metido?
Es imposible que haya saltado el tejado contiguo porque el trecho de uno
al otro es largo.
Tiene que estar escondido detrás de algún respiradero.
Saco la pistola y la sujeto
con fuerza en la mano.
Estoy sofocada.
Hace frío, pero mi cuerpo suda de manera exagerada.
Tengo la
espalda empapada.
Me duele el costado y jadeo costosamente.
Cualquiera diría que no me entrenó
desde hace más de un mes por lo menos.
Una gota, desciende por la sien, cruza la ceja y termina
plantándose en una de las pestañas del ojo izquierdo.
Odio estas situaciones.
No dudo un
instante en deshacerme de ella con la mano, pero no es buena idea.
Mi presa se vale de ese mínimo
instante de distracción y se abalanza sobre mí, tirándome por el suelo.
La pistola rueda unos metros.
Intento recuperarla, pero el tío me tiene bien sujeta.
Menuda fuerza.
Situado encima,
me mira y sonríe burlonamente.
Va directo hacia mi cuello y lo lame por entero.
Menudo hijo de
puta.
Me ha dejado completamente mojada.
Suelta un brazo, pero aún así me resulta imposible
moverlo.
No se lo piensa dos veces y, como una fiera, se dedica a rasgarme la blusa.
Siento su
mano presionándome la muñeca sobre la arenilla que inunda por completo el suelo del tejado.
Su
mano grande y de dedos largos.
Magrea mis tetas por encima del sujetador.
Debería matar a este
zardo.
Tira de ellos y ambos senos quedan completamente a su merced.
No parece disgustarle.
Grandes,
torgentes y con dos pezones gruesos y rosados que suelen hacer las delicias de mis amantes.
Me los chupa con esa lengua inhumana que esconde tras los labios y una extraña y inoportuna
sensación de placer me invade por entero.
Estoy a punto de dejarme follar entre sus brazos,
pero de pronto recupero el sentido de la realidad y reacciono como cualquier mujer
reaccionaría en un momento así.
Le propino un rodillazo entre las piernas y mi agresor
cae de espaldas, gimiendo y retorciéndose.
Me alejo de él lo suficiente como para recuperar
mi arma y en cuanto la sostengo en la mano, me giro y le apunto directamente entre los ojos.
El tío todavía se retuerce de dolor, pero me mira con los ojos inyectados en sangre y se pone en pie,
haciendo un notable esfuerzo.
Le obligo a retirarse hasta apoyar la espalda en un respiradero y bajarse
los pantalones.
No parece querer entenderme, así que le repito la orden, elevando el tono de voz
amenazante y apuntándole más cerca con mi pistola.
Ahora es mi turno y te vas a enterar.
Después de los pantalones, le esfuerzo a repetir la acción con esos slips rojos tan orteras que
me lleva.
Y ahí la tengo, una polla a media erección, con el pellejo lo suficientemente
retirado para dejar asomar un glande más rosado de lo habitual.
Me acerco a él y con la punta
de la pistola acaricio el tronco.
Paseo sensualmente el cañón del arma por sus genitales.
Los
sitúo entre los testículos y haciendo por la parte inferior del falo en dirección al glande.
Con la mirilla de mi arma golpeo suavemente el frenillo de su sexo.
Intento imaginar la sensación
que debe dar el contacto del frío acero con la palpitante y caliente piel del rabo de mi
prisionero.
Me pongo muy cachonda.
Oh, si la herramienta de este cerdo tiente las piernas,
crece y crece hasta alcanzar una erección perfecta que apunta directa hacia mi cara, concretamente
hacia mi boca.
Me pide que quiere ser chupada y yo no soy quien para negarme a ese placer.
Me arrodilló hacia el sexo y sitúo el cañón de la pistola apuntando directamente a los testículos
de mi amante y prisionero.
Como intente algo va a perder su hombría.
Agarro el sexo con la mano
libre y lo sacudo con contenida violencia.
Resulta cómico ver al mareado glande girar de un lado para
el otro.
Lo detengo entre mis manos y mamo sonoramente la puntita.
Esto es tan morboso.
No se trata de un juego.
Se trata de darle... no lo sé.
Pero no le voy a dar
placer a él.
Se trata de que yo disfrute con este juego erótico.
Y mentiría si dijera que no me
gusta tenerle bien agarrado por las pelotas.
Y en este caso casi resulta algo literal.
Desciendo
por el tronco hacia la base, mientras mi lengua desde dentro lame cada uno de los recovecos.
Es
difícil tragarse un aparato así entero, pero me encantan los retos.
Haciendo a lo largo del
camino venoso hasta llegar a la punta.
De nuevo acaricio el glande a mi paso, pero esta vez me
alejo unos centímetros más y mantengo el extremo de la lengua clavada en el pequeño orificio que
todo macho tiene al empezar la polla.
Casi sin darme cuenta dejo de apuntarle con la pistola y
poco a poco la voy acercando hasta mi raja tal como si fuera un consolador.
Presiono con el cañón por
encima del pantalón en busca de la parte más sensible de mi coño.
Es difícil con tanta ropa de
por medio, pero estoy tan caliente que el mínimo roce contribuye a que la experiencia resulte todavía
más excitante.
Dejo de mamársela y prosigo con la mano.
Sacudó el sexo de arriba abajo sin freno.
Está lo suficientemente mojada como para resbalar por la sensible piel de la verga.
Con la lengua
repaso mis labios esperando de esta manera degustar el suave sabor del placer que produce una buena
sesión de sexo oral.
Siempre me ha gustado lo dulce.
Sí, mi prisionero se tensa, echa la cabeza
para atrás y gime, mientras que por la punta de su falo sale expulsado violentamente un chorretón
de esperma.
Pero no es un semen corriente, es más brillante de lo normal, casi fluorescente y además
muy abundante.
Sus testículos se vacían velozmente mientras el líquido chorrea por mi mano y salpica
la solapa de mi americana negra.
Esta corrida parece no tener fin, así que aprovecho el momento para
extraer del bolsillo un pequeño recipiente de plástico.
Lo acerco al glande aún eyaculando y
recojo algunas muestras de tan usual sustancia.
Finalmente concluye, mi prisionero pierde la
erección de forma instantánea y cae al suelo totalmente inerte.
En fin, ha valido la pena el
esfuerzo.
Seguro que los del laboratorio estarán contentos, pero antes creo que me pasaré por la
tintoarería.