Relatos Hablados

Follando en una isla desierta

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Hace un tiempo mi amigo Julián y yo vivimos una experiencia parecida a la de los protagonistas de la famosa serie de televisión Perdidos. Bueno, en realidad la única semejanza con la serie es que nuestra historia se desarrolló en una isla, porque yo todavía no he visto a ninguna de las protagonistas con una polla en la boca...

Hace un tiempo mi amigo Julián y yo vivimos una experiencia parecida a la de los protagonistas de la famosa serie de televisión Perdidos

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Voz por BellaPerrix
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Desde que naufragamos y llegamos a esta isla hace casi un año, las cosas no han sido fáciles. Julen y yo salimos en un yate recién adquirido en busca de aventuras y emociones fuertes.

Lo que no nos esperábamos era que el motor de E-ST se incendiara y tuviéramos que echar mano del bote salvavidas. Antes de partir, Julen estaba más que seguro de sus dotes para guiarse por el mar.

Pero después del accidente, sin comida y sin apenas ropa y sin mapa alguno con el que guiarnos, el destino le demostró que las cosas no son lo que parecen.

Estuvimos dos días flotando a la deriva, vimos pasar un par de barcos, pero estábamos demasiado lejos para vernos. Y por cosas del destino, una mañana de, creo que viernes, nos despertamos viendo esa isla aparecer en el horizonte.

No dudamos en instalarnos para hacernos la espera más cómoda. En algún momento tendría que venir alguien. Incluso estuvimos explorando la isla y no encontramos la más mínima señal de vida.

Aparte del animal, claro. Por suerte, lo que sí encontramos fue comida. Al principio recolectábamos frutos de los árboles. Pero tras dos semanas y media de comer lo mismo, Julen se atrevió a cazar animales, pájaros y, de nuevo, pudimos disfrutar del sabor de la carne.

Y hablando de carne, para cuando nos dimos cuenta, llevábamos un mes y medio sin hacer el amor. Hizo falta que nos adaptáramos a nuestra pequeña, pero cómoda cabaña construida a base de cañas y hojas para comenzar a disfrutar del sexo como en los buenos tiempos.

Hoy, hace como he dicho, casi un año que estamos aquí. En todo este tiempo no hemos divisado ni barcos ni aviones. A veces echamos de menos la tele, pero cuando eso ocurre recurrimos al sexo.

El sexo se ha convertido en nuestra medicina. Un modo de combatir las carencias. Una manera de luchar contra las preocupaciones y el miedo a morir solos en esta isla.

Desde que estamos aquí, Julen y yo hemos ampliado nuestra imaginación en ese campo. Antes follábamos como todo el mundo, pero ahora, cuando el día es propicio, lo hacemos en la playa, desnudos bajo el sol o en el riachuelo.

Hay que sacarle partido a todo lo que tengas. Y ahora mismo se me está ocurriendo un modo de combatir el frío. Julián respira profundamente aquí a mi lado.

No sé si duerme. La manta es gruesa, pero sigo teniendo frío. La brisa me está helando los huesos y no puedo conciliar el sueño. Se hace esencial echar mano del remedio infalible.

En este caso se hace esencial echar mano del sexo de Julián. Así que Rauda me dirijo a él. La poca ropa que llevamos no dificulta mi camino.

Lo agarro con una mano y lentamente lo acaricio. Tiro la piel hacia atrás descubriendo el glande y Julián empieza a reaccionar con una erección que crece lentamente.

Me acerco a su rostro y beso su mejilla, escondida bajo una barba de varios días. No se lo reprocho. Afeitarse con una navaja mala afilada debe ser un infierno.

Y Julián retrasa el afeitado cada día más con tal de ahorrarse esa tortura. Mis labios se pasean por encima de su piel. Primero la cara, luego el cuello.

Entonces él se gira y con una complaciente sonrisa me observa directamente a los ojos. Su mano acaricia mi pelo y desciende para repetir el gesto con la mejilla.

Me besa en los labios con cariño. Estamos tan ensimismados en mostrarnos nuestro afecto que no nos damos cuenta de que su pene se encuentra en plena erección y arde en la palma de mi mano.

Reinicio nuevamente las caricias al tronco mientras él desliza su mano bajo la manta para rodear mi pecho y pellizcar mi pezón. Me estendurece de forma inmediata.

Cierra los ojos y gimo tímidamente como muestra de agradecimiento. Julián tira la manta hacia atrás y con su boca rodea mi pezón. Lo chupa y lo lame con pasión.

Retuerce su lengua siguiendo el círculo que éste dibuja cada segundo que pasa. Estoy más excitada. Mi mano se aferra a su brazo, fuerte y robusto.

Me siento tan segura junto a él. Sería capaz de hacer cualquier cosa. Le amo y suplico que me haga el amor. Su pene duro y erecto resbala por encima de mi muslo.

Una turbadora gota le sale del orificio del glande. Reposa sobre mi piel. Nuestros cuerpos arden. Clavados el uno en el otro, le empujo de modo que quede boca arriba y le beso el pecho.

Poco a poco dirijo mis sedientos labios en dirección a su ombligo. La caricia que éstos provocan hacen que Julián gima sonoramente y su cuerpo sufra algún que otro leve espasmo.

Llego hasta su zona genital y rodeo el falo besando toda la parte del vello. Me pongo especialmente cachonda ante la visión de su sexo. Erguido y a punto para cometer el acto.

Pero antes dediquemosle un poco de afecto. Prosigo mi paseo con los labios que se inició en su pecho y por lógica terminará en la punta de su pene.

Beso el tronco paso a paso. Cada beso son unos centímetros más hacia mi meta. Julián me mira, sonríe y cierra los ojos para dejarse arropar por el placer.

Finalmente llego al glande al que abrazo con mis labios y chupo tal como si se dispusiera a saborear un jugoso fresón. Mientras despliego mis manos por encima del estómago de Julián.

Quiero que disfrute como nunca. Dejo atrás el falo para ascender hacia los brazos de mi hombre que se pliegan sobre mi espalda. A la vez que con una mano y ayudada por el instinto agarro su sexo y lo introduzco dentro del mío, hambriento de lujuria.

Lo mejor está casi por venir. Mi cuerpo reposa encima del suyo y le miro a la cara. Sigue con los ojos cerrados y su boca entre abierta suelta sonoros suspiros.

Sus manos se aferran a mis brazos que reposan sobre su pecho y ruegan porque inicia el mecánico movimiento del vaivén. ¿Cómo puedo negárselo?

A medida que el ritmo crece y el roce entre los sexos se acelera, las descargas de placer se dispersan por las extremidades. Nuestros nervios disparados acumulan toneladas de agradables sensaciones.

Solo hay un fin, estallar en el éxasis más absoluto. Y solo es en momentos como este cuando los amantes se ponen de acuerdo para arribar al mismo fin.

Mi cuerpo se retuerce sentada sobre Julián. Hace rato que he dejado de tener frío. Ardo como una llama inagotable. Cierro los ojos y aprieto los dientes.

Hecho la cabeza hacia atrás. ¡Oh! Estoy cansada. Pero no puedo detenerme. No debo hacerlo ahora. Tengo que seguir hacia el final. Es en momentos como este cuando me convierto en una egoísta.

Casi de forma involuntaria me olvido de mi pareja. Solo busco mi orgasmo, mi éxasis. Sentir la indescriptible sensación de estar explosión de placer.

Y a cada segundo que pasa, me acerco más y más a ella. Sí. Sí. Oh, sí. Voy a correrme. ¡Oh! Me encanta. Ahora, ahora, todo mi entorno se borra por completo.

Desaparece Julián. Desaparece la isla. Ahí estoy, sola, rodeada de luz blanca brillante. Mientras siento como si mi cuerpo se expandiera. Como si mis brazos y piernas adquirieran vida propia y decidieran desaparecer.

Estoy corriendo como una loca. Ojalá esto no terminara nunca. Pero por desgracia, termina. Incluso antes de lo que hubiera deseado, regreso a la realidad.

Justo a tiempo para ver a Julián retorcerse de placer. Él también ha logrado disfrutar de su orgasmo. Guardar el secreto de que durante la corrida me he olvidado de que él estaba ahí conmigo.

No sé cómo se lo tomaría. Supongo que a veces ser egoísta está justificado. Muchas veces se trata de una simple razón de supervivencia.

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