Relatos Hablados

Cómeme el higo

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Me vuelve loca el sexo oral, que me chupen el coño, y por suerte, la lengua de mi novio es la lengua ideal que toda hembra quisiera tener entre las piernas. Casi prefiero que me chupe el coño a que me folle, fijaros los que os digo. Os voy a contar la primera vez que nos dimos gusto el uno al otro.

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Voz por BellaPerrix
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Hasta conocer a Francisco no supe realmente lo que era el con elenguos. Sí, hombre, sí, esa palabrita que proviene del latín, con un lingüere o algo así, llamére el coño, vamos.

Pues eso, hasta conocer a mi actual novio no sabía lo que era una buena lamida. De hecho, la suya raspa como la de un gato. Es pegajosa y se adhiere a mis carnes como la de una vaca.

Es tan grande como lo de un caballo y se mueve como la de una sorpiente. Es la lengua ideal que toda hembra desearía tener entre las piernas para que lo hicieran un buen trabajito.

Ese músculo sabe la forma de entrar en mi orificio, mientras sus labios succionan mis labios mayores y menores y su dedo me acaricia el clítoris.

Francisco me da un gustazo cada vez que me chupa el coñito. Yo me corro sin tener que llegar a la penetración. Es más, en alguna que otra ocasión le he tenido que pedir que no me folle, que con la chupada ya he tenido bastante.

Bueno, para serte sincera, en una o dos alusumo, pues no me gusta dejarle con el caramelo en la boca. Comprendo que eso es una amarranada. Después de estar dale que te pego con la lengua, su pene ya alcanza el máximo de reacción y su corazón latea un ritmo próximo al infarto, por lo que paso de egoísmos y le dejo que me la meta.

Tampoco va a ser una tan desconsiderada. La relación de pareja es un tirallafloja constante, por lo que unas veces por él y otras por mí, y quien no claudica de vez en cuando, tiene todos los números para quedarse soltera, ser una divorciada o para que le pongan un buen par de cuernos.

Todavía me tiemblan las piernas y me mojo cada vez que recuerdo la primera vez que nos dimos gusto el uno al otro. Estábamos en mi casa charlando de ya no sé ni me acuerdo, cuando me dio un beso en la boca a traiciones sin avisar.

Aquel simple morreo fue el detonante de un par de horas de lujura y pasión en el que se franquearon todos los límites habidos y por haber. Sin saber cómo ni cuándo, él se bajó la cremallera del pantalón y me mostró lo que guardaba dentro.

Aquel tesoro estaba a punto de caramelo, tan tieso y orgulloso que daban ganas de chuparlo. Francisco me miró a la cara y me dijo que dejáramos la charla para más adelante.

Me cogió de la nuca, empujó mi cabeza hasta sus genitales y me dio a mamar esa hermosura. Se la comí con auténtica gula. La deseaba toda dentro de mi boca.

Y mientras la mía y la mía, ambos nos íbamos despojando de nuestras respectivas prendas hasta quedarnos medio desnudos. Nos tumbamos como pudimos en el sofá, uno encima del otro.

Lo hicimos el 69. Yo se la comía él y él me lo comía a mí. Introducía su lengua en la raja con mucha habilidad. No le costaba mucho abrirse paso hasta su interior, pues la tenía abierta y lubricada, de manera que parecía que aguardaba con impaciencia la besita de algo mucho más gordo y largo.

Su lengua reptaba del mismo modo que una serpiente y se tiría a las carnosas paredes de mi vagina como si estuviera impregnada de cola. Aquel músculo húmedo y rasposo exploraba mi interior y me preocupaba más placer con el más largo y grueso y experto de los penes.

Francisco me lamió la vagina con pericia, la ensalivo y preparó para la penetración. Impacientándola con tanta caricia, estuvo un buen rato chupando mis juegos vaginales y cuando se cansó de aquel agujero, buscó otro mucho más pequeño y redondo.

Se detuvo en el ojete y empujó la lengua con firmeza hasta franquear la trastienda. Me lamió el interior del culito con mucha suavidad y dulzura y me puso tan cachonda que no me hubiera importado que me sodomizara.

Con tantos lametones, yo ya me había corrido un par de veces y él estaba a punto de hacerlo por primera vez en aquella noche. Se reprimía, aguantaba como podía, pues no quería hacerlo sobre mis labios.

Bueno, lo cierto es que no quería hacerlo y punto. Sobre todo tan pronto y sin haberme follado antes. Claro está. Apartó su miembro de mi boca, me cogió de la cintura, me elevó y me tumbó boca abajo.

Te la voy a meter estilo perro, me dijo él con un tono bastante suez y así lo hizo. Me la clavó en el chocho de un golpe certero e inició el mete y saca pertinente.

Al mismo tiempo que me acariciaba el clítores con la mano derecha y sus testículos chocaban contra mis nalgas. ¡Qué placer! ¡Cómo gozaba! Tenía la almeja al rojo vivo, al igual que un pimiento morrón, mientras su pene entraba y salía a un ritmo frenético.

Iba tan deprisa que no iba a tardar mucho en eyacular. Afortunadamente, hacía ella tiempo que tomaba la píldora por lo que no me importó que lo hiciera dentro de mí.

Uno, dos y tres y me inundó. Respultó tanto semen que parte de él resbaló por mis muslos. Descansamos durante un rato, vimos la televisión, tomamos un par de copas y reanudamos la conversación.

Y por supuesto la volvimos a interrumpir cuando yo comprobé con la mano que la tenía otra vez tiesa. Esta vez fui yo quien tomó la iniciativa.

Me levanté del sofá, me senté encima de su verga y quise cabalgarle hasta que reventara. Meneaba mi culo y mis caderas como si estuviera posesa, del mismo modo que la niña del extorcista.

Estaba fuera de mí, por lo que él, para tranquilizarme, me cogió por el cuello y acercó mi boca a la suya y me dio un beso de tornillo. Su lengua, su maravillosa lengua, se enroscó en la mía y fue moviéndose en el interior de mi boca hasta rodar con suavidad la campanilla.

Yo subía y bajaba como si estuviera haciendo una tabla de gimnasia y sentía ese pene dentro de mí, como si se tratara de una barra de acero.

Me dolía el clítoris y las paredes de mi vagina ardían. Deseaba que me atravesara, que me partiera por la mitad, que llegara hasta el fondo y su punta saliera por mi boca.

Él no podía más y no paraba de gemir. Tenía los testículos muy hinchados, enrojecidos de sangre a punto de estallar. Pero yo no tuve compasión de él y seguí cabalgándole con el único propósito de conseguir un nuevo orgasmo.

No paraba de moverme mientras él me masajeaba las tetas, me las sobaba con delicadeza, suavemente, hasta que me las cogió con firmeza y las apretó con furia.

Haciéndome daño, acababa de curirse. Lo comprobé enseguida al notar una cascada de líquido pringoso que volvía a bajar por mis piernas. Ese fue el último revolcón de la noche y el primero de mi relación de noviazgo con Francisco.

No sé si es el hombre de mi vida, aunque yo le quiero con locura y le deseo sexualmente como nunca desee a otro antes. He de reconocer que me pone su físico y me chifla su lengua, sobre todo cuando me lame ahí debajo.

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