Tengo 27 años y en mi vida solo he visto nevar dos veces.
La primera fue hace muchos años.
Yo tendría la edad de nueve.
Y fui con mis padres a pasar la Navidad a casa de mi tía Carmen.
La hermana de mi padre estaba forrada.
Tenía mucha pasta y se había comprado una torre en plena montaña.
Tenía dos plantas, una escalera de caracol y una piscina en la que me bañaba cuando la visitábamos en agosto.
Aquel día hacía mucho frío.
Me levantó mi madre toda feliz y sonriente y no cesaba de insistir en que me asomara por la ventana.
Salté de la cama y cuando miré al exterior me encontré ante algo maravilloso.
Un campo totalmente nevado.
Como si alguien hubiera tendido un manto blanco sobre el bosque.
Además, el sol hacía brillar la nieve y todo parecía pertenecer a un cuento de hadas.
Me pasé el día entero retozando entre la nieve y jugando con mis padres a guerra.
Haciéndonos y tirando bolas de suave hielo.
Los recuerdo como uno de los momentos más felices de mi infancia.
Tanto fue aquella experiencia que me dejaría marcada para el resto de mi vida.
Desde entonces cada invierno soñaba con volver a ver la nieve caer del cielo.
Como volver a experimentar la dulce sensación de estar flotando sobre algodón.
De romper la monotonía de los colores y olores diarios con ese baño de fantasía.
Pero nunca más ocurrió.
No al menos donde yo vivía.
A medida que fui creciendo, perdí interés por visitar a mi tía.
Porque las probabilidades de presenciar una nueva nevada disminuían.
Eran poquísimas las veces que la nieve había caído sobre la ciudad.
Así que me hice la idea de ello y aunque cada invierno miraba hacia las nubes al salir de casa por la mañana,
era consciente de que no podía esperar un imposible.
Entonces le conocí.
Estudiábamos los dos en la misma academia.
Se llamaba Antonio.
Aunque le gustaba que le llamara Tony.
Aquello fue una historia de amor como las que uno puede ver en las películas.
El mutuo interés por la astronomía hizo que comenzáramos a hablar apasionadamente de nebulosas, agujeros negros y constelaciones.
Hasta que al final Tony superó su timidez y se me declaró.
Ese fue el segundo día más feliz de mi vida.
Justo después de aquella gloriosa mañana en casa de tía Carmen.
Un año después nuestra relación estaba más que consolidada.
Pero Tony no parecía muy feliz y no quería decirme por qué.
Le insistí durante varias semanas, pero siempre rehúía del tema cuando le pedía que me explicara qué le pasaba.
Hasta que un día me lo dijo.
Se trataba de nuestra vida sexual.
Al parecer, la resultaba monótona.
A nivel de sexo, nunca nos destacamos por dejar volar la imán inclinación.
Eramos más bien clásicos.
Y Tony se había aburrido de aquello desde que era un adolescente.
Tenía fantasías y sus amigos del trabajo le llenaban la cabeza de las historias más obscenas.
Que seguramente eran inventadas.
Pero al parecer surgía en efecto.
Mi pareja quería probar con juegos eróticos de diversas síndoles.
Pero lo que más le obsesionaba era el hecho de poder yacular en mi cara.
La verdad es que suena un tanto raro.
No es que yo nunca me hubiera negado tajantemente.
Es decir, practicábamos el sexo oral y no me molestaba hacerle una filación a Tony.
Pero siempre como preludio al coito en sí mismo.
Nunca se corrió en mi boca y mucho menos en mi cara.
Lo estuve pensando durante días.
Y finalmente llegué a la conclusión de que no había nada de malo.
Pensé que podíamos probarlo.
Al fin y al cabo, Tony y yo estábamos enamorados.
Y el amor, para bien o para mal, consiste en sacrificarse un poco, si es necesario, por la felicidad del otro.
Así que, sin decirle nada de antemano, aquella fría noche de diciembre, comenzamos a besuquearnos cariñosamente.
Señal de que nos disponíamos a disfrutar de una deliciosa sesión de sexo.
Una de las partes que más enciende mi líbido es cuando Tony me desnuda con paciencia.
Y a medida que se quita las prendas, sus dedos van acariciando mi cuerpo.
Eso me vuelve loca.
Empezó por deshacerse del sujetador.
Y a la vez que éste caía, pezco los pezones sensualmente, besándome el cuello al mismo tiempo.
Mientras su mano derecha había hecho preso mi pecho y lo presionaba entre sus dedos, la mano izquierda descendió lentamente a través del estómago hasta las baragas.
Cuanto más cerca estaba, más se abrían mis piernas.
Introdujo todos los dedos menos el pulgar por dentro de mi fina ropa interior.
Y corrieron entre el vello en dirección a la vagina.
Yo tenía los ojos cerrados y me dejaba atrapar por todo aquel placer, correspondiendo a cada uno de sus gestos, con un suave gemido de complacencia.
Tony se entretuvo jugueteando entre mis piernas durante el rato suficiente hasta que sentí unas refrenables ganas de tener su verga ante mí.
Tire de él para que se pusiera en el lugar adecuado y me dediqué cariñosamente a la labor.
Me deshice rápidamente de los tejanos y tardé todavía menos en repetir idéntica mecánica con los calzoncillos.
Su falo colgaba en medio de una erección, lo jugué entre mis manos y lo acaricié cuidadosamente mientras miraba a mi pareja.
Él me estuvo devolviendo la mirada unos segundos hasta que con los escalofríos pudieron más y tiró hacia atrás la cabeza, cerrando los ojos plácidamente.
Abrí la boca y me introduje la verga bien hacia dentro, lami por entero el tronco y pasé la lengua por el glande hasta que noté como el músculo estaba todo lo tenso que podía estar en un momento como ese.
Empuje a Tony hacia abajo, abrí de nuevo las piernas para él y me penetró cuidadosamente, alargando el placer de todos esos gestos cuanto más mejor.
Inicio el adentro y afuera a la par que nuestros cuerpos comenzaban a ser invadidos por todas las dulces sensaciones que producen un momento como aquel.
Él me besaba intensamente mientras yo le acariciaba los brazos, igual de tensos que el resto de su anatomía.
El sudor hizo acto de presencia, los jadeos por las dos partes aumentaron alarmantemente mientras cada vez estábamos más cerca del orgasmo.
Habíamos olvidado por completo que fuera en la calle, el frío era extremo.
En ese instante nuestros cuerpos ardían, quemaban como una máquina de vapor a punto de estallar.
Entonces, tras un apasionado rato de entrega al placer carnal, Tony exclamó entre dientes, voy a corredme.
Y en un gesto totalmente inesperado para su parte, le empuje hacia afuera, corrí a situarme ferente a una verga al rojo vivo y entonces se lo pedí, a diudu encima de mí.
Durante unas décimas de segundo, durante una fracción mínima de tiempo, quedó desconcertado.
Sin duda, le pillé por sorpresa y solo necesitó ese escaso tiempo para asimilar lo que le había pedido.
Por fin se iba a hacer realidad su sueño y como era lógico, pensaba aprovechar aquella oportunidad que le rendía de modo más absoluto.
Su mano sacudía la polla frenéticamente, mientras me apuntaba directamente a la cara.
La excitación del momento no impedía que se me escapara una leve sonrisa de complicidad, de satisfacción.
Solo esperaba sentir el semen de mi pareja estrellarse sobre mí, pero al parecer le costaba.
Abrí los ojos unos segundos y lo vi.
Justo en ese momento se corrió, vació el contenido de esos huevos sobre mí.
Y de la punta del falo salió disparado un chorro blanco, blanco y brillante que se elevó en el aire unos segundos.
Lo suficientes para dividirse miles de gotitas, igual de blancas y brillantes, las cuales cayeron sobre mi rostro, tal y como estaba planeado.
Mojaron mis ojos, mi pelo, mi boca, mis labios.
No pude evitar sacar la lengua esperando poder saborear aquel dulce líquido.
Curiosa por descubrir a qué sabía.
A un jadeante Toni se dejó caer sobre sus rodillas.
Para mí apenas había pasado el tiempo y seguía clavada con la misma postura, los ojos cerrados y la cabeza levemente erguida,
dejando que las gotas de semen descendieran por todo mi cuerpo.
Y aquella fue la segunda vez que vine a bar.