Follar es como el comer
Si, estoy gorda, como lo que me da la gana y no me privo de nada...
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Si, estoy gorda, como lo que me da la gana y no me privo de nada...
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Mis amigas insisten en que haga régimen, que eso de estar gorda no es bueno para la salud, que es antiestético y que a los tíos, eso de los kilos demás no les pone nada.
Yo no les respondo, ni tan solo intento rebatir sus argumentos, aunque tampoco les doy la razón. No sé si acabaré sufriendo del corazón o cualquier cosa de estas, pero ser una esclava de la báscula, inadicta a los régimenes, puede acabar con los nervios de cualquiera.
Ya sé que las revistas de moda están repletas de fotografías de mujeres anoréxicas y que, para comprarme una falda y una blusa, he de ir directamente a la sección de tallas especiales de unos grandes almacenes.
No me puedo encaprichar con la ropa de los escaparates ni de los anuncios televisivos, pero como lo que me da la gana, y no me privo de los dulces, los embutidos, los fritos y los licores.
Es cierto que no tengo novio y que, con esos kilos demás, asusto a los hombres y que los pocos que se acercan a mí tan solo quieren conversación y nunca se plantean ser la pareja de una gorda, pero tampoco estoy ni tan sola ni tan necesitada.
Si hay algo que he aprendido con el tiempo es que los tíos solo piensan en meterla y cuando hace tiempo que no lo consiguen bajan su listón de preferencias hasta el mismísimo infierno.
Yo se lo pongo fácil y como soy muy mona de cara y tengo un par de tetas que no caben en el sujetador, ellos no dicen que no. También están los que se sienten atraídos por las tías macizas y rollizas.
A esos no tengo ni que darles la vara. Son ellos los que me persiguen mientras coqueteo y me hago la interesante. Hace un mes me presentaron a Francisco, un tipo agradable y simpático, con cara de brutote y una espalda del tamaño de un armario empotrado.
Naturalmente semejante percha tiene un buen gancho. Vamos que el tipo está muy pero que muy bien dotado y encima es incansable como las pilas alcalinas.
Físicamente es muy grandote. Es lógico que le vayan las chicas que pueden estar a su altura en la báscula y en la cama. Prefiere las más jamonas y los jamones, las patas de gallina que son solo hueso y piel.
Él es de los que piensa que follar es como comer y solo le gusta la carne. No se conforma con un bistec fino, muy hecho y sin guarnición, sino con un entrecot grueso y jugoso, terzo por fuera y blandito por dentro y acompañado de una patata bien gorda y un par de berenjenas.
Por ese motivo, Francisco busca incansablemente a la gorda de sus sueños, a la mujer que pueda saciar su apetito sexual con un coito que haga temblar las baldosas del suelo.
Cuando me vio por primera vez, su cara se iluminó y por lo que le sudaban las manos, noté que le gustaba de verdad, hasta el punto de provocarle más de una erección cuando me arrimaba él con cualquier pretexto.
Nos enrollamos rápido en un par de salidas, ya que no he perdido demasiado el tiempo en tirarme los tejos. Fue tan descaro que no me atreví a darle calabazas y aunque Francisco no es exactamente mi tipo, le seguí la corriente.
Tenía ganas de un buen revolcón, ya que el semental me lo iba a proporcionar. Me lo llevé a mi piso y no tardamos ni cinco minutos en quitarnos toda la ropa y entregarnos el frenesí sexual.
Quizá Francisco sea un poco sadomasoquista, ya que me pidió que me sentara encima de su enorme y venosa verga. Deseaba que la cabalgara, para poder así sentir encima suyo, en pleno movimiento, mis 90 kilos de peso.
Yo tenía tanta hambre atrasada que antes de la sesión de quitación me llevé su miembro a la boca para chuparlo a conciencia. Era tan grueso y largo que no me pude tragar por completo hasta el final.
Me conformé con mamar solo en la punta y pasar la lengua por el resto. Le lami los cojones mientras él no paraba de meter la mano entre mis piernas.
Estaba tan mojada que le pringue los dedos de jugos. Mis labios vaginales se habían hinchado por la excitación y el clítoris alcanzó tal tamaño que parecía la pecha flacida de un enanito.
Cuando puso la boca entre mis muslos creí enloquecer qué lengua tiene el tal Francisco y lo que le gusta comer una buena patata. Mientras él pasaba la lengua por la raja, yo recorría su pene con mis labios.
No fue exactamente un 69, pero aquel aperitivo sexual nos abrió aún más el apetito. Parecíamos dos caníbales impacientes por devorar los restos de un accidente aéreo.
Yo no sabía nada cerca de la vida amorosa de Francisco, pero por el ancha que tenía y por la pasión que demostraba, supongo que hacía bastante tiempo que no mojaba.
En cuanto a mí, tampoco podía alardear de una vida sexual rica y plena y abundante. Llevaba un par de meses de abstinencia con el único consuelo de mi mano.
A Francisco le costó meter su miembro en mi raja dado que el agujero no estaba muy acostumbrado a recibir visitas últimamente. Con un poco de voluntad por ambas partes, el pene fue adentrándose por la gruta carnosa hasta que los testículos toparon con los labios vaginales.
Cuando más entraba y salía, más se humedecía la vagina. Llegó un momento en que mis jugos vaginales fueron tan abundantes que pringaron mis lúteos y mojaron por completo mi ano.
Su pene también estaba completamente lubrificado y empapado. He de reconocer que Francisco se estaba dejando los riñones con el Meteisaca y cada vez era más.
Hubo un instante en que temí por su columna vertebral y por su corazón. Parecía que le iba a dar un pasmo en un momento u otro. Para darse un respiro, decidió cambiar de postura.
Yo me puse encima como me lo había pedido al principio. No le importaba que pudiera aplastarle con mi peso. El tipo está lo suficientemente cachas como para aguantarme a mí y a mi hermana gemela si la tuviera.
Me senté encima de su miembro y cabalgué hasta huir crujir los muelles del colchón. Su pene me estaba proporcionando mucho más placer que cuando me penetró en la postura del misionero.
Subí y bajé hasta que presentí que Francisco iba a correrse. Me levanté y le cogí el miembro con firmeza y lo agité como si fuera a prepararme un cóctel.
No tardó mucho en explotar y su semen salió en abundancia, cayendo sobre mis senos gordos y abultados. Tras ese inolvidable primer polvo, vino el segundo y el tercero y así hasta el quinto.
Y dado que el semental está colado por mis huesos y mis chichas, tras esa cita vino otra y otra. Quizá Francisco sea el hombre de mi vida, no lo sé.
Por el momento salgo con él y me acuesto con él y dentro de poco iremos a vivir juntos. Lo único que me molesta es que me está cebando para que engorde aún más. Me gusta estar gorda, pero no quiero ser un fenómeno de feria.