Hola, me llamo Penélope, soy actriz y no me he instalado en Hollywood como me tocaya.
Tampoco tengo su éxito, aunque espero tenerlo porque estoy mucho más buena.
Tengo 20 años y acabo de empezar en esta profesión.
Mi agente artístico me ha convencido de que yo también soy muy mona y quedo mucho morbo.
Soy rubia, muy alta, con unas piernas largas y finas.
Yo estoy tan delgada que se me marcan las costillas y las abdominales.
Afortunadamente tengo un buen pecho y un culo grueso y poderoso de aquellos que invitan al pellizco.
Mis ojos son azules, tengo la piel morena y mis labios son gruesos e insinuantes.
Con un cuerpo como el mío puedo llegar al estrellato
y si en mi recorrido he de visitar la cama de algún productor, tampoco me importa.
Quien algo quiere, algo le cuesta.
Además, me gusta el sexo con locura, tanto que no le hago ascos a ningún hombre.
En estos momentos me gustaría estar al lado de un buen mocetón, joven y saludable y bien dotado.
Me muero de ganas de ocoriciar un buen pene, largo y grueso.
Estoy verdaderamente cachonda, muy, pero que muy excitada y sudorosa.
Tengo tanto calor que el chiche me arde y me pide una buena flauta
por lo que me toque la melodía sexual que me lleve hasta el orgasmo.
Me van los hombres, me va el vicio y me va el cachondeo.
Si tuviera alguien cerca pondría mi mano sobre la cremallera de su pantalón para bajarla
y así liberar su enorme pájaro y antes de echar a volar jugaría con él.
Le bajaría y le subiría la piel del cuello con dulzura hasta que se pusiera duro.
Sería increíble llevarme a casa a un muchacho inexperto,
uno de esos universitarios con gafas y cara de empollón que saben mucho de matemáticas, pero nada de sexo.
Uno de esos chicos tímidos que solo han visto a una mujer desnuda en los anuncios de jabón
que se meten en la pequeña pantalla.
Si lo tuviera aquí lo sentaría en una silla completamente desnudo
y le haría un striptease para ponerlo a tono.
Me agudaría como un cerdo cada vez que me acercara él para tocarle y quitarle la ropa,
despacio y al compás de la música.
Cada vez que me acercara él le soplaría en la oreja por lo que temblara como un flan.
Porque temblas chavalín, eres tímido, no tienes miedo,
estás nervioso o estás impaciente.
Imagínate al chaval sentado y a mí bailando desnuda a su alrededor.
Imagínatelo, imagínatelo.
Parece que la estoy viendo con el culo enganchado al asillo en pelotas
y más salido que un perro en celo.
Veo que tiene ganas de introducirme su tren de alta velocidad.
Yo tan solo llevo puestas los braguitas y el sostén.
Ahora me siento en un sillón y le pido que se acerque.
Me obedece sin rechistar y cuando le tengo delante,
acerco la boca a su pene y me lo trago.
Mmm, qué bueno sabe a Novato.
Lo succiono con gula, me lo trago con apetito
y recorro con la lengua toda su superficie.
El niñato es todo un semental, está mejor dotado de lo que yo suponía.
Pongo todo mi empeño en chupárselo, pero teniendo cuidado,
no vaya a hacerlo tan a conciencia que se corra en mi boca
antes de penetrarme.
Para que el universitario se enfríe, le sugiero que me coma el sexo,
por lo que me abro de piernas.
El, muy obediente, se arrodilla ante mis muslos,
saca su lengua, hunde su cabeza y relame los rabios de mi vulva.
Mmm, como si fueran gominolas.
Oh, qué bien lo hace.
Y eso que es la primera vez, es la primera vez, ¿no?
Calla, calla, no digas nada, no abras la boca
y sigue lamiéndome que yo me voy, sigue chupando.
Oh sí, sí, así, yo...
Yo...
Para, vole, vole, ya vale, para.
Que te vas a correr antes de que puedas sentirle toda dentro de mí.
Después de los lametones, el chico se merece un respiro,
así que lo siento sobre el sillón y yo me coloco encima de él
de forma que su miembro se clave en mí y me pone entre como una daga.
Mmm, ha entrado toda.
Ahora te acabo algo, cariño,
mientras siento como tus 18 centímetros de masculinidad
se mueven en mi interior.
Así, así, sí, qué gusto me das.
Mientras subo y bajo, me acaricio el clítoris.
Oh, qué bien, qué placer.
Bajo un poco más la mano y toco sus testículos,
los cojo con firmeza y les arranco los pelillos.
Mmm, te duele, ¿eh?
Sufre y sufre mientras sufres, no pares de clavármela.
Le beso en la boca y le introduzco la lengua
como si quisiera llegar a su estómago.
Me muevo encima de él.
Qué aguante tiene este macho.
¿Y eso qué es la primera vez que lo hace?
O por lo menos eso creo.
Mmm, cambiamos de postura, rápidamente,
no sea que el chico se deshinche,
pues por los ojos de sapo que pone,
parece que está a punto de correrse.
Me levanto, me inclino y apoyo las rodillas en el respaldo.
Él se coloca detrás mío
y me la introduce nuevamente en el coño
con impaciencia y brusquedad.
Oh, qué puntería tienes.
¡Y qué patoso eres!
Sigue, sigue metiéndola.
Continúa moviéndote, que ya no aguanto más.
Así, así, más adentro.
Sí, hasta los testículos.
Mmm, no quiero que dejes ni un cacho fuera.
Quiero sentirla toda.
Mmm, parece mentira.
Con el aspecto de enquencle que luches
y el aguante que tienes.
Los apariencias engañan.
Sigue moviéndote, sigue moviéndote.
Y no pares.
Por lo que más quieras, no pares.
No, no, no, no te corras aún.
Oh, lenta.
Quiero que me atravieses con tu lanza.
El universitario ya no puede más.
Está cansado.
Y parece que le fallan las fuerzas.
La extrae rápidamente de mi húmedo conejo.
La agita con firmeza y me salpica de semen.
Así, así, cariño, lo quiero todo.
Así.
Mmm, así, no te dejes ni una gota.
Todo esto es lo que yo haría
cuando yo no chacho en la habitación.
Ahora estoy completamente sola.
Y debo de imaginármelo.
Y mientras lo hago me acaricio.
Me toco y me introduzco los dedos en la raja.
Hasta que mis mejillas se enrojecen.
Y tengo un orgasmo.
Una de las ventajas de la profesión de actor
es que te despierta la imaginación.
Tanto que ya no necesito nombre a mi vera
para pasármelo bien.
Me basta con recrearlo en mi mente.
Y dejar que la mano haga el resto.