Relatos Hablados

Mi terapia particular

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Soy una mujer muy atareada, tanto que llego a estresarme en algunos momentos. Entre el trabajo, mis hijos, y la casa me pongo de los nervios. Suerte que he descubierto una terapia que me funciona la mar de bien, la masturbación dactilar. Me va tan bien que me he redactado un manual de uso y todo.

Soy una mujer muy atareada, tanto que llego a estresarme en algunos momentos

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Voz por BellaPerrix
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Como toda mujer moderna, vivo en continuo estrés. Ya sabes, el trabajo, la familia, mis hijos... Un cúmulo de responsabilidades que no me permiten ni un segundo de respiro.

Incluso en mi tiempo libre me veo absorbida por la presión de ser una madre. Tengo dos hijos en plena edad conflictiva, es decir, cuando están más insoportables.

Y en los últimos meses apenas he podido echarme tranquilamente sobre una tumbona y poder degustar la calma de un soleado domingo. La verdad es que hubiera estallado.

De no ser porque encontré una solución al problema. Cada vez que siento como se me disparan los nervios, me encierro en un lugar tranquilo, sin gente y me masturbo.

Sí, lo que has oído, me masturbo. No es que sean grandes momentos de arte onanístico. Sencillamente son escuetos instantes de placer, pajas funcionales que no a largo demasiado.

Tal cual, con las manos, sin estimulantes externos, únicamente la imaginación. Son esencialmente útiles a finales de mes, cuando se juntan las prisas, las reuniones de personal y demás aspectos típicos de trabajar para una gran corporación.

El pasado día 30 fue uno de esos. Si no recuerdo mal, me masturbé a lo largo del día unas tres veces. Es más, de hecho, a consecuencia de aquello, hice un plan en el que, por si se repite la situación, por ejemplo, este mes o el que viene, describo paso por paso la hora y el momento más apropiado para recurrir al dedo.

Y de paso, ¿cuáles son mis fantasías favoritas según las circunstancias? ¿A qué ritmo debo acariciarme? Y la sensación de satisfacción y relax que me produce el orgasmo según las condiciones y el lugar en el que realizo el asunto.

Ya que no es lo mismo masturbarse en el lavabo que hacerlo en tu despacho o en una cabina telefónica. Cada situación varía y en función de los riesgos la paja puede saber mejor o peor.

También las hay que adormilan más, por ejemplo. No es recomendable hacerlo inmediatamente después de comer porque a esa hora el cuerpo se relaja.

Es el momento de la siesta y si te sacudes la entrepierna, la sensación posterior de gusto contribuye a que tus ganas de tumbarse y dormir sean mayores.

Y eso no es nada bueno cuando se trata de ser productivo. La primera paja del día, de un día especialmente ocupado, la realizo una hora después del almuerzo.

En ese momento el cuerpo se encuentra en plena actividad interior y por eso conviene una sesión de un anismo rápido y contundente, sin freno.

El lugar no importa mucho, no es necesario que sea cómodo. Por ejemplo, en mi despacho me siento empujando el cuerpo hacia abajo de manera que la mesa me cubra un poco la zona conflictiva.

Me subo la falda y mientras que con la mano libre empujo de las bragas hacia un lado, ayudando a que mi coño quede libre de obstáculos, con la otra inicio las primeras caricias por encima de los labios exteriores, de modo que ante la situación de placer deviene más intenso.

El material ideal para un instante así es el sexo oral. Por ejemplo, imaginarse una mamada, recrear en tu mente que se la estás chupando a tu novio, esposo o amante.

Es excitante imaginar como mis labios rodean el caliente tronco de su polla. Suben y bajan, ascienden y descienden, tal como si fuera un anillo perfectamente encajado en el grosor de su sexo.

Seguidamente saco la lengua y con ella doy un buen repaso a los huevos, jugueteo obscenamente con ambos. Ya sabes, te sirves de la punta de tu lengua para golpearlos cariñosamente y sentir como van de un lado al otro dentro del escroto.

Es divertido y sobre todo excitante. Mientras todas estas deliciosas imágenes cruzan mi mente, procuro mantener el ritmo de mi mano. Cada segundo es vital.

Que el dedo entre y salga de la vagina. Si me detengo podría estropearlo todo. Por eso mismo es esencial seguir manteniendo la figura del falo grabada en el cerebro.

E irá por el glande. Un momento especialmente dulce para ambos. Si con los labios en forma de o me recreo en las caricias producidas junto justamente donde el tronco y el capullo se unen, siento como crece la excitación.

Luego rechupeteo la punta de la rosada cabeza del pene, tal como si fuera comer una fresa. Ese es el momento apropiado para imaginar como este adquiere un tono tirando más agranate.

Soñal de que la corrida está próxima. Y es que en ese preciso instante, cuando procuro hacer coincidir el orgasmo imaginado con el mío real.

Y mientras mis piernas se cierran empujadas por el placer más extremo, me recreo la mirada con un brillante chorro de esperma volando hacia el vacío.

Genial. La sensación posterior que queda es de mayor claridad. En serio. Tal como si tú hubieras tomado un café y los nervios se encontraran en su momento más álquido.

Es precisamente en este instante cuando te ves capaz de todo, de enfrentarte a cualquier reto, incluso una reunión con los jefes. Tras ello, si todo ha bien y el tiempo ha transcurrido, según lo previsto viene la hora de comer.

Le dedicas 60 minutos al momento de reponer las energías. Y posteriormente vuelves a tu despacho a seguir cumpliendo con tus responsabilidades.

90 minutos después llamas al móvil de tu pareja y charlas un rato con ella. Y luego, cuando has colgado, llegó el momento de la segunda paja.

Para lo cual, tendrás que trasladarte al servicio. Deja las bragas en un cajón de tu mesa o en el bolso y métete en uno de los váteres. Lo bueno del lavabo es que nadie puede controlarte.

¿Tienes todo el tiempo del mundo para practicar el unanismo más externo? Porque ahí todo vale. No hay miedo a que te pillen con las piernas abiertas.

Porque en ese lugar todo el mundo termina en dicha postura. Así que es el sitio perfecto para un acto onanista, relajado y sin prisas. La fantasía ideal para acompañar al juego es la penetración vaginal clásica.

Así que mientras empiezo mojándome el dedo con la lengua e introduciéndolo por la ranura de mi reja, una imagen se forma en mi mente. El hombre ideal, que ni es musculoso ni tiene la polla inmensa, porque para tópicos ya está al cine, introduce su hereque taverga dentro de mí.

Está situado encima, apoyando los brazos a cada lado de mi cara, y me besuquea el cuello apasionadamente, que es algo que me excita muchísimo.

Desciende por entre las tetas, se detiene en uno de los pezones, para rodearlo con la lengua y ensalivarlo metódicamente. Mientras se estendurece, me retuerzo de placer a la por que gimo gustosamente.

¡Oh, sí! Es tan caliente el momento que no puedo reprimir algún jimoteo que otro, mientras le doy lo suyo al clítoris. En mis fantasías el ritmo no se detiene, todo es perfecto.

El hombre que me posee sigue besando mis labios mientras sus embestidas me tambalean, y los escalofríos que preceden al orgasmo me castigan todas mis extremidades.

Tengo las piernas abiertas de par en par, y sus huevos chocan cada vez que la polla cruza el umbral de mi vagina, en busca del placer inmediato, lo que en un principio era un ritmo pausado, se ha convertido en algo endiablado, exactamente igual que mi mano.

Y es que en esos últimos momentos, antes de llegar a la cumbre, son los más importantes. Nada importa, solo tú y tu orgasmo, y entonces llega de forma sonora.

Una vez más recuro la palabra placentero para degustar lo que en mi cabeza ha sido un polvo maravilloso. Perfecto, ha durado lo que tenía que durar.

Él ha sido afectuoso, y yo me he dejado amar, y su esperma ahora flota en mi interior. Ya se sabe, soñar es gratis. Supongo que durante este rato habrán transcurrido unos diez o quince minutos, un corto plazo de tiempo durante el que he estado desconectada de mi entorno.

Así que antes de salir del váter, no es mala idea repasar la situación en que nos encontrábamos antes del acto masturbatorio, para que nada nos pille por sorpresa, claro.

Es que una paja agradable, efectiva y que te dejas húmeda en una sensación de positividad constante, así las próximas o tres o cuatro horas laborables van a resultar de lo más asépticas.

Y llegamos a la tercera. Normalmente esta es útil para un relax completo. Es hora de marcharse y... llegar a casa. No hemos parado en todo el día.

Tenemos ganas de llegar, sentarnos en el sofá, y dedicarnos una cerveza o un vaso de gaseosa antes de hacer la cena y acostar a los niños. Pero el cuerpo de una está crispado por la tensión, así que esta última paja tiene que ser especialmente dulce.

A veces incluso es recomendable echar mano de ella cuando ha terminado la jornada laboral. Media hora más no hace daño a nadie, y menos cuando se trata de algo tan bueno como eso.

Así que se recomienda encerrarse en un lugar en el que sepamos seguro que nadie nos verá, pero evitando la sensación de claustrofobia que da el lavabo a esa hora.

Hay quien opta por el almacén de la empresa, otros incluso se van a la terraza, cuando el tiempo es óptimo, pero yo lo que hago es meterme en el despacho de mi secretaria, porque sé que no volverá hasta mañana, y porque el elemento morbo también contribuye a que la velada sea algo único.

Una vez estoy situada con las bragas fuera y las piernas echadas una para cada lado, los hay que ante la necesidad de sentirse libres de presiones se desnudan por completo.

Abro mi imaginación, aquellos actos sexuales que más me agradan y que resulta más emocionante que alguien te coma el picoño. El insuperable momento del cunnilingus más sexo oral.

Cuando uno se emplea a fondo con el único fin de transmitir placer al otro, a mí me encanta que Juan me coma las zonas bajas, por eso en la última paja del día, sin freno, me recreo en aquellos momentos en los que mi marido puso su lengua a mi disposición durante unos deliciosos minutos, y mientras de nuevo los dedos locos toman la iniciativa lanzándose contra la entrepierna, cierro los ojos, echo la cabeza para atrás y veo claramente como su lengua sacude mi clítoris con cariño, si sacude mi almeja por encima, sensualmente, no estremezco, seguidamente se clavan mi clítoris, juegutea con él, lo menea, y mientras cierro los ojos, este responsable a los estímulos, sí, qué gusto, esta vez el ritmo del acto ononístico es pausado, caricias relajantes, un sencillo baño de placer que recorre mi sexo ponentero, mientras sus labios se cierran sobre los labios externos de mi vagina.

Oh, en realidad las artes para el cunnilingus de Juan son tan increíbles, aunque ya se sabe, cuando una está enamorada ensalza los actos de su pareja, sean cuales sean, sobre todo cuando con su lengua penetra hasta la uretra, chupando al paso sin compasión cada rincón.

No me deja descansar, sí, los pelos semerizan, los poros de mi piel se abren, y estalló en un orgasmo sin fin que disfruto sin prisa, pero sin pausa.

Oh, qué rico, una manera perfecta de cerrar de un carpetazo la jornada laboral, y si es viernes ya no te digo, hay una cosa que es importante que sepas, si cada fin de mes recurres religiosamente a este planning onanista para hacerte el día más soportable, no te sorprendas si por la noche haces oídos sordos a los ojos de tu pareja, por muy tierno que se ponga. Se podría decir que se trata de algo natural.

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