Relatos Hablados

Follando en el lavabo del trabajo

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Yo trabajaba en una agencia de seguros (esas agencias que timan a la gente), y se me mojaba el coño pensando en Sebastián, uno de mis compañeros. Un día, para mi sorpresa, me llevó a los servicios y empezó a meterme caña. Pero no fue esa la única sorpresa que me llevé aquel día...

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Voz por BellaPerrix
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Llevo tres años trabajando en seguro sordoñez S.A. Un empleo rutinario y aburrido como pocos. Me paso horas sentada frente a una mesa rellenando papeles y atendiendo llamadas.

Soy consciente de que pocas personas soportarían tal monotonía. Probablemente yo tampoco hubiera podido con ella, de no ser, por la presencia en la oficina de Sebastián.

Sebas para los amigos. El hombre más atractivo, considerado y simpático que había conocido en mi vida. O por lo menos eso creía yo. Hay que tener en cuenta que cuando trabaja en una empresa de seguros no era lo que se dice la chica más popular de la oficina.

Y cuidado, no es que fuera fea o antipática. No es eso. Afortunadamente, en ese sentido la naturaleza se ha portado bien conmigo. Lo que ocurre es que siempre he sido un poco introvertida y cerrada.

De efectos que vuelven mayores cuando me enamoro. Exactamente lo que me ocurría con Sebastián. Cada mañana al llegar y entrar en el vestíbulo, no sé, notaba como el corazón se me aceleraba irremediablemente.

Bastaba con imaginarme sus ojos mirándome fijamente o sentir su presencia cerca para perder todos los papeles. Probablemente los demás empleados de la oficina solo imaginaban porque se me notaba una legua.

Nunca he sido buena para disimular mis sentimientos y mis deseos más ocultos. Creo que la cara de tonta me dilataba. Pero yo siempre he sido una chica muy realista.

Desde que era pequeña he tenido tendencia a pisar tierra firme. Incluso cuando iba al colegio, los demás compañeros de aula me miraban de forma extraña porque nunca supe unirme a sus juegos fantasiosos.

Así que desde el primer momento estaba convencida de que Sebastián y yo nunca seríamos novios. Ni tan siquiera tendríamos una aventura. Entre otras cosas porque ella tenía compañeros sentimental.

Pedro, un chico muy dulce y afectuoso, pero que con el que estaba viviendo una pequeña crisis en estos momentos habíamos decidido tomarnos unas vacaciones el uno del otro para ordenar las ideas y la verdad es que únicamente le echaba de menos cuando llegaba la noche, en la cama sola y ya sabéis, los peligros de la luna.

Esa es una hora propicia para pensar demasiado y darle mil vueltas a todo lo que no es nada bueno. Todo seguía según la rutina hasta ese día de diciembre, fecha que jamás en mi vida olvidaré.

Estaba completamente absorbida por el trabajo. Ni tan siquiera me daba cuenta de que casi era la hora de comer y lo hubiera sabido de no ser por Sebastián que para mi sorpresa se detuvo delante de mi mesa.

Yo que le vi desde ojo fingiendo darme cuenta como queriendo restar la importancia, pero era inevitable que habláramos, así que decidí romper el hielo.

Aparté la mirada de la hoja de cuentas para centrarla en su imponente figura y de mis labios salió un tímido hola que él me devolvió cortesmente.

Me preguntó qué iba a hacer y obviamente le hablé de un modesto restaurante chino de la esquina al que solía desplazarme los martes y los jueves.

Ese día era martes. Se aproximó peligrosamente hasta mi cara y me se usurró algo que me dejó de una pieza. Aseguraba tener un plan mejor y mucho más emocionante para él, cual no hacía falta trasladarse a ningún restaurante.

Bastaba con irse a los lavabos de la oficina. Traje saliva y dudé, pero Sebastián me agarró de la mano y con una sonrisa prácticamente me arrastró pasillo abajo.

Entramos en el lavabo. No había para hombres y mujeres, sólo disponíamos así de uno en plan comunitario. Sebastián me apoyó contra la pared y se lanzó directamente a besuquearme el cuello.

Recuerdo perfectamente cómo me electricizaba sentir sus labios entrando en contacto con mi piel. A pesar de lo mucho que comenzaba a disfrutar, noté algo extraño en todo aquello.

No lo veía normal. Lo deseaba, sí, pero no me parecía lógico. Así que detuve a Sebastián y le pregunté con toda la sinceridad que... que mi mirada podía desprender que...

que, bueno, si de verdad estaba seguro de lo que hacía. Ni tan siquiera me contestó. Sencillamente sonrió, casi como acusándome de tonta, no sé, por pensar mal, y prosiguió besuqueándome mientras su mano se afirraba a uno de mis senos.

Ahí sí que ya no pude hacer nada. Pensé que... caramba. Y me predispuse a disfrutar de todo aquello sin pensar ni en porqués ni en nada. Al fin y al cabo, la vida son cuatro días.

Sebastián descendió hasta quedar agachado. Tiró de la falda de cuadros hacia arriba y lavó sus labios entre mis piernas a través de las bragas.

Tuvo unos escalofríos terribles. Mis manos buscaron dónde agarrarse y lo primero que encontraron fue su pelo, al que me aferré como si mi vida dependiera de ello.

Tras dedicarme a unos lametones por encima de la suave seda, tiró de la prenda hacia abajo y dejó mi raja al aire. Sentí una... troncada sensación de placer, a la vez terrible vergüenza.

Estaba sonriendo. Y era todo, no sé, tan atolondrado. Ah, cuando tendría tiempo para pensar en ello. Ahora no, por supuesto. Empujó uno de sus dedos hacia el interior de la vagina.

Cerré los ojos y solté un sonoro gemido. Inició un prolongado masaje por mi sexo, que casi me hizo perder el equilibrio. Su dedo mágico hurgaba en las cavidades de mi coño, de forma juguetona y descuidada, lo que me proporcionaba un costillo sencillamente indescriptible.

Al su so dicho dedo siguió su lengua. Sebastián se agarró con fuerza a mis muslos. Sentía sus dedos presionar violentamente sobre la carne.

Y el trabajito que me estaba dedicando en las zonas bajas creó una onda expansiva de éxtasis que subió por todo el cuerpo hacia la cabeza. Y miraba.

Andaba perdida. Recuerdo que vi muchas cosas y no vi nada. En aquel momento me había desconectado totalmente de la realidad. Ni tan siquiera oía voces de un coro angelical, ni falta que hacía.

Oh, concluida su faena. Entre las piernas y de nuevo se puso de pie, abrió la bragueta del pantalón y sacó del interior una polla creciente.

Cogió mi mano y me empujó a sujetarle el falo, meneándoselo esperando, así que la erección fuera total. De mientras y por no perder el ritmo, sus hiperactivos labios se acercaron hacia los míos.

Y sin sutilezas de ninguna clase, introdujo su húmeda lengua dentro de mi boca. La verdad es que ese hombre no conocía el descanso. Mientras mi mano derecha miraba su rabo, mi lengua se enroscaba con la suya en un placentero juego de intercambio de saliva.

Excitante y divertido, sentía crecer su miembro en la palma de la mano mientras un ardor sencillamente insoportable me rodeaba por completo.

Lo sentía por todo el cuerpo en mis entrañas, pero sobre todo en mi cabeza. Jamás había estado tan cachonda como en aquel momento. Ahí estaba el hombre, al que había deseado tantas veces.

Todo para mí entregado al juego más carnal. Por supuesto, en ningún momento se me pasó por la cabeza que tuviera un novio esperando al lado del teléfono.

Pedro aguardaba el sentimiento de culpa para luego. Ya duro su falo, del todo procedió a ver cómo se debe ahorgar en el bolsillo de su pantalón, de donde extrajo un oportuno preservativo que corrió a abrir como un rayo y acopló en su debido lugar.

Acercó el rabo hasta mi reja y cuidadosamente lo introdujo hacia el fondo, iniciando el clásico inevitable ritmo del dentro fuera, de forma acelerada y jadeante.

Ambos nos entregamos a ello sin trabas ni manías. Rodé su cuello con mis brazos, mientras sus embestidas me arrancaban sonoros gritos que retumbaban en el cerrado habitáculo.

El roce de nuestros sensibles sexos nos llevaron irremediablemente a disfrutar sin barreras de un tan deseado como agradecido orgasmo. Los dos tensamos nuestros cuerpos, los músculos se contrajeron y quemimos de éxtasis durante unos agradecidos segundos.

Seguidamente no pude más que sonreír ante todo aquello. Acerqué mis labios al rostro de Sebastián dispuesta a besarlo cuando para mi sombro se echó hacia atrás, despreciando mi gesto.

Algo extraño pasaba. Me miró riendo con una mueca poco habitual en situaciones como esta y preguntó, ¿sabes qué día es hoy? Francamente ni tan siquiera contesté.

Me había desmontado preguntándome tal estupidez, tan fuera de lugar, no me hizo falta contestar. Él tenía la respuesta, es 28 de diciembre.

No, la puerta del lavabo se abrió de golpe, el flash de una cámara de fotos me cegó unos segundos entre destellos de luz. Pude verlos a todos, a Ana, Luis, Carmen y Alfonso, riéndose sin remilgos de mí. Y Sebastián, por supuesto, su risa cruel nunca la olvidaré. Aquel día perdí mi trabajo y el sentido del humor.

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