Lo venía sospechando desde hace tiempo y un buen día lo supe.
Mi marido me engañaba con la secretaria.
Me dio tanta rabia que estuve tentada de montarle una escena de celos.
Cuando me calmé, pensé que lo mejor era pagarles con la misma moneda, así que me las ingenié para ponerle los cuernos a él y a ella, o sea, acostarme con el novio de la secretaria.
El muchacho en cuestión trabajaba de camarero en una cafetería del centro de la ciudad.
Era alto, moreno, delgado y con un par de brazos fuertes y musculosos.
No estaba mal, pero que nada mal.
La venganza iba a ser todo un placer.
Cada mañana acudía puntualmente al local para tomarme un café con un bollo.
Me hice una clienta habitual.
De ese modo pude ir ganándome su confianza.
Poco a poco y día tras día le fui dando conversación hasta dejarle muy claro que podía ligar conmigo cuando quisiera.
Finalmente el chico se armó de valor y me pidió una cita.
Yo se lo puse tan fácil que enseguida se imaginó que buscaba rollo.
Le dije que estaba recién divorciada, que mi marido nunca me satisfizo en la cama y que tenía ganas de recuperar el tiempo perdido.
Le llevo a un hotel cerca del bar donde trabaja.
Cuando llegamos al dormitorio, él empezó a desnudarme sin prisa pero sin pausa, entreteniéndose como un niño para dar más morbo a la situación.
Sus dedos desabrochan los botones de mi blusa, el cierre de mi sujetador y baja la cremallera de mi falda casi sin darme cuenta.
Sus manos iban palpándome como queriendo reconocer el terreno antes de iniciar el juego.
Él estaba muy excitado y yo me mantenía fría e inmóvil, dejándole hacer y sin tomar partido.
Quería estar plenamente consciente y no abandonarme a la lujuria para así saborear mejor la venganza.
Él me besaba en las mejillas, en la frente y en la boca, mordisqueaba mis labios.
Sus manos me rozaban suavemente en los pechos que poco a poco iban respondiendo a sus caricias.
Pues cada vez se iban poniendo más duros.
Con tanto soveteo y como una nuez de piedra dejué jugar yo también.
Por lo que moví la ficha.
Palpé el bulto de su paquete por encima del pantalón y fui estrojándolo hasta notar cómo iba endureciéndose aún más.
Aquel miembro parecía que fuera de piedra.
Nunca antes había tocado un pene tan largo y tan duro.
En ese precioso instante supe que me iba a gustar.
Me cogió del brazo y me arrastró hasta la cama.
Una vez allí me empujó con suavidad y yo me dejé caer con los brazos en cruz.
Dejé que él se colocara encima mío y me cubriera el cuerpo de besos.
Empezó por los pómulos, siguió por las mejillas, me dio uno en la barbilla y al llegar al cuello me mordió.
Y me dio un chupetón de los que dejan marca.
Vos y yo con sus zalamberías, recorriendo mi geografía con sus labios.
Cuando los posó sobre mis pechos yo ya estaba deseando bajarle los pantalones.
Por un momento pensé en hacerlo, pero no.
Ya que estaba disfrutando tanto, que sé que las cosas siguieran como estaban.
Me besó la tripa, me mordió con los incisivos la primera de las costillas falsas e introdujo la punta de la lengua en el ombligo.
Cuando iba a empezar el recorrido por el pubis, le aparté la cabeza y tomé la iniciativa.
Le tumbé sobre la cama y me cuidé de quitarle la ropa con la misma lentitud y parsimonia de la que él hizo gala.
Primero le desabroché la camiseta y descubrí su pecho varón y lilanudo.
Me trató de enrizarle los pelos que tenía alrededor de los pezones.
Los fui enredando en mi dedo anular.
Luego le bajé la cremallera del pantalón e introduje la mano para acariciarle el miembro por encima del calzoncillo.
Lo tenía enorme, tieso y erecto, a punto de estallar, pero muy, pero que muy caliente.
Le bajé los pantalones, le bajé los calzoncillos y descubrí aquel cacho de carne alargada y cilíndrica.
Se lo alargaré con la mano y lo agité suavemente, solo un poco para ver si aún crecía más.
No aumentó de tamaño, pero se puso todavía más caliente.
Lo olí y lo besé y me lo introduje en la boca.
Le di tan solo tres chupadas, pues no quería que se corriera antes de proporcionarme el placer que me había prometido.
Me hice una pausa.
Y en ese instante él volvió a tomar la iniciativa.
Me besó todo el cuerpo y devoró con sus dientes mis pezones.
Pasó la lengua por mi vientre y pringó de saliva mis caderas.
Después de los mimos colocó su boca en la entrada de mi vagina y la mío hasta volverme loca.
Disfrutaba tanto de el guionilingus que ni me di cuenta cuando él se colocó encima mío.
Me penetró con un golpe certero y en un solo intento me llegó hasta el fondo.
Los labios de mi raja impidieron el paso de sus testículos.
Estábamos unidos, fundidos el uno con el otro, y sentí como la temperatura iba elevándose en la zona del cuerpo.
Sí, en esa zona del cuerpo.
Él no dejaba de acariciarme los pechos, el cuello y me besaba la boca.
No pasó nada a mente, pero sin perder la concentración.
Lo metía y la sacaba a un ritmo diabólico, como si quisiera que saltaran chispas de mi vulva.
Dado el roce tan intenso al que se veía sometida, los dos jadeábamos como dos burros dando coces.
Yo me derretía de placer, y a él le costaba lo suyo no venirse abajo.
Mis piernas se aflojaron y mis pupilas se dilataron.
Puse los ojos en blanco y noté cómo me faltaba la respiración.
Y una especie de corriente eléctrica recorría cada una de las vértebras de mi columna.
Estaba teniendo un orgasmo, una sensación que hacía ya tiempo que no experimentaba con mi esposo.
Tuve un orgasmo fabuloso.
Cuando estaba acabando de disfrutarlo, pronto vino otro, pues su pene seguía machacándome por dentro.
Entrabas y salía con el ritmo frenético y constante.
Mi lugar de nombre parecía que estaba haciendo el amor con un automata,
con un robot fabricado para dar placer a las mujeres más exigentes.
Lamentablemente, nada es eterno.
Sobre todo, lo que concierne a sexo.
El muchacho no padecía de eyaculación precoz precisamente.
Tenía más aguante que un profesor de primaria.
La metía y la sacaba sin cansarse.
Daba la sensación de que aquel polvo iba a demorarse durante dos horas más.
Pero no fue así.
Se le agarrotaron las piernas y se le pusieron tan duras como las patas de la cama.
Y tuvo que parar de demorarse para apoyar la palma de la mano en la colcha.
Echó la cabeza hacia atrás como si quisiera contar las bombillas que tenía la lámpara
en forma de araña que colgaba del techo.
La sacó de mi interior con rapidez.
Mientras el semen resbalaba por su glande, acababa de correrse.
Lamentablemente, no pudimos repetir la experiencia.
A mí se me hacía tarde.
Eso suele ocurrir cuando una hace el amor escondidas y engaña a su cónyuge.
Naturalmente, repetimos otro día, y otro día, y otro día, y otro, y otro.
Vamos, que llevamos siendo amantes un par de años.
En cuanto a mi marido, yo no sé si sigue pegándomela con la secretaria
o con cualquier otra pelandúscula.
Lo cierto es que me importa un pimiento.
Yo a lo mío, que es disfrutar y ponerle los cuernos.