Llevaba ocho años trabajando en la empresa.
Mi labor consistía en supervisar los diseños
finales de los anuncios que nos encargaban y dar una especie de pre aprobado antes de
que el jefe diera el visto definitivo.
Podía decirse que yo era su mano derecha, procuraba
ser lo más eficiente posible, aunque a veces me escapara para tomar un café o hacer una
llamada.
Pero bueno, nada, minucias.
Todo iba sobre ruedas hasta que llegó él, Daniel.
Era un chico joven y recién licenciado, repleto de ideas, brillante, una de esas personas
que desprenden energía y seguridad en sí mismos, algo que agrada a cualquier empresario
impresionable.
Todo hay que decirlo, el chaval estaba como un queso.
Pero claro, en el campo
de batalla, eso carecía de importancia.
Me negaba a terminar recluida en un segundo plano,
después de todo lo que había hecho por la empresa.
Yo tenía mi lugar, mi trono.
Quizá no siempre daba en el blanco, pero me sobraba la buena voluntad y no estaba dispuesta
a que un jovencito engreído me quitara mi puesto.
Daniel no sabía con quién se enfrentaba.
Durante los primeros tres meses todo iba sobre ruedas.
Daniel se dedicaba a lo suyo y yo
a lo mío, no interfería en mi trabajo.
Hasta que una empresa japonesa nos encargó un
spot para la televisión.
Probablemente era el encargo más importante que Dimension S.E.A.
había tenido en sus 12 años de trayectoria y mi jefe, Sebastián, no estaba dispuesto
a meter la pata.
Precisamente por eso terminaron encargándole la supervisión del asunto a
Daniel y no a mí.
Por supuesto que me enteré de ello por accidente y no tardé ni cinco
segundos en plantearme delante de Sebastián y pedirle explicaciones.
El pobre hombre se
encontró entre la espada y la pared y comenzó a buscar excusas baratas como el que yo no
estaba demasiado ocupada, que no quería agobiarme con un encargo de esa envergadura.
Por muchas
tonterías que dijera mi jefe, la verdad estaba clarísima.
Daniel había entrado en la empresa
para sustituirme.
Que se dejara claro que no estaba dispuesta a que yo terminara por
hacerse la realidad y que lucharía sin piedad para conseguir estar allí y seguir conservando
lo que era mío y lo hice y ya lo creo.
Me arrodillé ante Sebastián y sin miramientos
ni medias tintas abrí la bragueta de su pantalón.
Introduje la mano y agarré su polla con dos
dedos.
Decidí de hacerle una mamada que no iba a olvidar fácilmente.
Sebastián era
un hombre casado con seis hijos, por eso deduje que su vida sexual debería ser de lo más
aburrida.
Era un blanco fácil para mis planes.
Lograr una corrida era lograr la seguridad
de mi empleo.
A tu londado como estaba Sebastián me pidió que no lo hiciera, pero sus ojos
le delataban, sus ojos y su erección cada vez más prominente.
Decidí ser compasiva
con él y me limité a masturbarle.
Le sujeté con fuerza la polla y comencé a sacudirla
de arriba abajo.
Notaba cómo crecía dentro de mi mano, cosa que me ponía extremadamente
cachonda mientras con una mano recorría el tronco de un extremo al otro con el dedo de
un índice le hacía cosquillas en el lande, jugueteaba con él y Sebastián no cesaba
de gemir como un poseso.
Tardó muy poco en correrse, apenas unos cinco minutos.
Sus
huevos estaban repletos de esperma y cuando éste estalló salió disparado y se estrelló
contra mi cara.
Gemi gustosamente mientras la materia blanca y caliente recorría todos
los recovejos de mi rostro.
La polla de Sebastián perdía la erección entre mis dedos a la
velocidad del rayo.
Como ya es algo natural en los hombres de su edad y condición social,
los remordimientos le atacaron sin piedad en cuanto la sensación del orgasmo se había
apagado y mientras se llevaba la mano a la cara y se arrepentía de sus pecados, le expuse
mi condición.
Si quería que nadie se enterara de aquello, yo sabía lo que le tocaba, no
joderme, dejarme tranquila en mi lugar de trabajo y cederle los peores encargos a mi
oponente.
Así es como logré que las cosas volvieran a su cauce.
El asunto de los japoneses
volvió a mis manos y tras cuatro meses de intensa labor terminó siendo un éxito.
Era
feliz.
Una tarde del viernes, Daniel se acercó a mi mesa y me felicitó por mi labor.
Duré
durante unos segundos y estaba riéndose de mí o si era sincero, pero la curiosidad me
empujó a seguirle la corriente.
Me bañó en elogios, habló de mi talento, de mi buen
gusto, de mi saber hacer.
Fue tanta su adulación que comenzó a caerme simpático.
Por unos
momentos perdí la desconfianza hacia él y acepté su invitación para ir a tomar unas
cervezas en un bar y conocernos mejor.
Resultó ser un chico de lo más agradable, educado,
guapo.
El tipo ideal casi me atrevería a decir.
Creí aprender la lección que no se
ve jugar a las personas sin conocerlas y sentí remordimientos por todo lo malo que había
dicho y pensado de él.
Tras una charla distendida y amistosa se acercó a mí con la misma
falta de vergüenza con la que hacía unas horas me había felicitado.
Ahora me pedía
para hacer el amor.
Ahí mismo en el lavabo de ese bar, rápido, directo, sin contavisas.
Daniel estuvo vayasallándome durante horas con miles de palabras bonitas, fruto de un
arte para el trato social impecable.
También funcionó que no pude negarme a sus deseos.
Al fin y al cabo os recuerdo que era de lo más atractivo y seguro que follando era una
pasada.
El tío de aquellos a los que le gusta dominar durante el polvo, a mí eso me encanta.
No recuerdo cómo, pero en apenas un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos metidos
en el servicio, bien protegidos del exterior por un pestillo echado y entregados a la pasión
sin freno.
No habíamos tardado nada en desprendernos de nuestros pantalones y de la ropa interior.
Me había desabrochado la blusa para que Daniel pudiera besar mis pezones y con su polla
bien dura y erecta se ve colocado por entre los labios de mi raja.
Mis brazos se aferraban
a él mientras su sexo penetraba de forma salvaje, con fuerza, con el fin de que me
sintiera crecer aún más dentro de mis entrañas.
Y todo aquel ardor pasara a formar parte de
mí.
Jadeaba como nunca ningún otro hombre me había hecho jadear.
Daniel no conocía
el cansancio.
Seguía un ritmo imparable que no parecía tener fin en busca del placer
mutuo.
Primero el suyo, eso sí, después el mío.
Las cavidades de mi coño no iban
a resistir aquella embestida.
Los escalofríos que recorrían todo mi sistema nervioso eran
a vez más fuertes.
El coño me ardía a la par que el placer me embriagaba por completo
y me obligaba a tensar todos mis músculos.
A punto ya de correrse, sacó su verga de
mi coño y con cierta rudeza me obligó a rodillarme frente a él.
Bastó un fuerte
gemido para anunciar que iba a yacular encima de mí.
Dedicó a su falo algunas sacudidas
brutales que finalmente dieron su fruto.
Una explosión de semen blanco, brillante,
dulce y repleto de vida hecho contra mi cara.
El esperma retozaba alegremente por encima
de mí y fue aquel calor y mis dedos acariciando mi raja lo que lograron arrancarme un sonoro
grito de placer.
La cuenta final de un orgasmo.
El sexo por el sexo, carne por la carne.
No
valían las cortadas sentimentales.
Únicamente nos habíamos entregado el placer del coito
por pura y simple necesidad.
Jamás ningún hombre fue más sincero que Daniel y yo lo
agradecía.
Hay que joderse, pero es un hecho.
En este mundo existen personas que destacan
por constancia y por miles de cualidades.
Atractivo físico, inteligencia, simpatía,
creatividad, estilo, personalidad.
Y así y todo eso añadimos saber follar como nadie.
Entonces nos encontramos ante alguien sencillamente único.
Una persona tan especial que merece
el honor de poder pisar a los demás si eso acelera su llegada a la meta.
Yo estoy dispuesta
a ser pisoteada por alguien como Daniel.
Le he cedido a mi puesto y soy su esclava.
Hago lo que él quiere cuando quiere.
Lo único que le suplico a cambio es un polvo.
Y aunque
cada vez me folla menos, cuando lo hace me siento como si volviera a nacer.
Creedme,
chicas, vale la pena.