Nunca me duran mucho tiempo los trabajos por una sencilla razón, que enseguida me aburro.
Bueno, ni los trabajos ni nada más.
Parece como si fuera adicta a cualquier tipo de emoción.
Y en cuanto la fea cara del tedio asoma por algún sitio, tomo las de Villadiego y huyo a toda velocidad a donde sea, con quien sea.
He trabajado de secretaria, de manicura, de camarera, de bibliotecaria, hasta de jardinera.
Y nada, no hay manera de que nada me dura más de un par de meses.
O me duraba.
Porque fíjate, donde llevo ya más de medio año trabajando en el mismo puesto.
Y no es nada del otro mundo.
Recepcionista en una agencia publicitaria.
Quizá uno de mis trabajos más árduos.
Y la paga, ya te la puedes imaginar, una miseria.
Al fin y al cabo, de lo único que estoy aquí, ese adorno.
Queda muy bien una carita como la mía y un colo como el mío en una empresa tan pija.
Pero es que he encontrado un truco.
Tengo un secreto para aguantar con el mayor estoicismo las situaciones más coñazo.
Lo encontré por casualidad.
Se me ocurrió sin yo buscarlo.
Te cuento.
Uno de estos días larguísimos y aburridísimos en que estás especialmente puteada, no por nada en concreto, sino por el asco, la desidia, que todo te produce, por lo lento que pasa el reloj.
Un día que en realidad estaba tan harta que más que aburrida, lo que era, estaba cabreada.
Pues vino un adolescente con granos que tenemos de mensajero y me dio un sobre para producción.
Hasta ahí todo normal.
Pero de pronto se me fue la olla.
Mi imaginación se desbordó, no sé por qué.
Y le vi desnudo delante mío, tocándose la polla y sudando la gota gorda.
Aguanté como pude la risa, a fin de cuentas, sobre el producto de mi imaginación.
Y tampoco quería empezar a crearme problemas con un tipo, aunque, lerdo perdido, tampoco era tan maltío.
En cuanto se marchó, volví a mi fantasía.
Y ahí estaba de nuevo, masturbándose sin escrúpulos y boqueando como un beso.
Cerré los ojos y me fueje en él, como su mano subía y bajaba, en cómo me miraba las tetas, en cómo acercaba una mano a mi entrepierna y la posaba ahí sin dilación.
Joder, de pronto estaba calentísima.
Me fui al lavabo y me alivié como buenamente pude.
Dios, qué ganas tenía de que alguien me metiera un buen pollazo.
Cuando salí mucho más calmada del lavabo, sólo me quedaban veinte minutos para salir del trabajo.
Veinte minutos que se me pasaron volando.
La masturbación como forma de entretenimiento.
Nada nuevo ahí.
Lo novedoso era la capacidad para calentarme con el más mínimo esfuerzo de concentración.
Al día siguiente lo intenté de nuevo con el jefe de cuentas.
Le miré a los ojos un instante y vi esos ojos a diez centímetros.
Mirándome fijamente mientras me penetraba en el suelo de su despacho, aplastándome por fuera y desgarrándome por dentro.
¡Uf, vaya calentón!
Llegué hacia el lavabo cuando decidí darle otra vuelta de tuerca a mi nuevo jueguesito.
Y si en vez de dejarlo todo a la imaginación, pasaba la acción directamente.
Al fin y al cabo, me podía echar la bronca si me pasaba un cuarto de hora encerrada en el lavabo.
Pero no me iba a decir nada si me había estado reunida con el jefe de cuentas el tiempo que me apetecía.
Solo tenía que probar mi suerte.
Y con lo valiente que iba, tirarme al jefe de morras me apetecía de veras.
Iba de un salido que no veas.
Y él era uno de esos tipos chulos que no deja pasar una oportunidad por tener demasiados escrúpulos.
De los que saben lo que es bueno cuando se lo pones delante.
Me acerqué a su despacho y llamé a la puerta.
Me hizo pasar.
Él estaba al teléfono.
¡Perfecto!
Me senté en la silla delante de su escritorio, frente a él, cruzando las piernas de forma que mi diminuta falda se subiera al máximo y mostrara todo mi muslo y un trocito de mis bragas negras.
El tipo no me quitaba los ojos de encima.
Asentía el teléfono.
Me ofreció un cigarrillo.
Me incliné para adelante para que me diera fuego, dejándole que echara una buena hojada mi escote.
Sonreí.
Me movía en la silla mostrándole más descaradamente toda la mercancía que tenía a su alcance.
Le miraba fijamente.
¡Dios!
¡Qué excitada estaba!
Por fin colgó.
Se acercó a mí sobre la mesa.
Me sonrió y me preguntó qué podía hacer por mí.
Le dije que me iba a andar sin rodeos, que no quería un aumento de sueldo o promoción de ningún tipo.
No estaba puteada por mi trabajo.
Solo aburrida.
Solo quería pasar un buen rato.
Mientras se lo comentaba, me iba desabrochando la blusa poco a poco para mostrarle lo que tenía que ofrecerle.
No llegué al tercer botón.
De un salto se había puesto a mi lado y ya estaba él finalizando la tarea.
Con la cabeza entre mis tetas, baveándome y retorciéndome los pezones con sus labios,
desuqueándolos hasta que se me pusieron enormes y duros como un par de aceitunas negras.
Lo aparté un momento con la mano y me levanté a cerrar la puerta con llave.
Aproveché para subirme la falda hasta la cintura, dejar caer y gritarme las braguitas.
Me giré y le vi de rodillas en el suelo, una mano en el paquete mirándome con los ojos muy abiertos,
como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
¡Joder, chaval!
Tampoco es para tanto.
Le sonreí para animarle y me senté en su silla, con las piernas bien abiertas, echando la cabeza hacia atrás.
Me toqué con un dedo el clítoris hasta que estuvo bien duro.
Notaba cómo me chorreaba todo.
Notaba cómo él me miraba y, de pronto, noté una mano caliente que me empezaba a trajinar ahí abajo,
que enviaba escalos fríos a mi cerebro, que hacía olvidarme de todo.
Me hizo como si fuera una pluma y me recostó en el escritorio.
Sentí blocs y otras cosas que se me clavaban en la espalda.
Sentí una polla enorme que se me clavaba muy adentro, que me abría en dos.
La cabeza me daba vueltas y supe que me iba a correr demasiado pronto.
Me aparté como pude y me puse de rodillas delante suyo.
Cogí su enorme aparato con las dos manos, lo introduje en mi boca y me empecé a chupar,
como yo sabía, como había aprendido ya en el colegio.
Cuando vi que estaba a punto de correrse, me la saqué de la boca y me giré ofreciéndole el culo.
El pavo debió pensar que la invitación no era válida,
pues con un movimiento brusco lo que hizo fue metérmela por detrás, por la vagina.
Bueno, con la excitada que estaba, también me valía.
Ya habría otras ocasiones para que me sondomizaran a gusto.
Estaba a punto de caramelo y sabía que a la tercera hora de metida yo también me correría.
Ya notaba las primeras palpitaciones, ya notaba como mi coño se cerraba en torno a su polla,
como se inundaba con cada una de sus descargas.
Me desplomé sobre el escritorio y así permanecido durante unos segundos.
Los necesarios para recuperarme un poco mientras él se debía estar limpiando con un Kleenex.
Me giré, le sonreí y le guiñé un ojo.
Tengo que volver al curro, le dije riéndome.
Él me miró perplejo y asentió con la cabeza.
Empecé a recomponerme atuendo despacio.
Cogí un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa y lo encendí con un mechero de plata.
Esto no es nada, les recordé.
Solo una forma de que la mañana no sea tan muermo.
A lo mejor vuelvo otro día, si a ti no te importa, cuando quieras.
Desde entonces no he vuelto a aburrirme en mi trabajo y no solo por el jefe de cuentas,
el de personal, el chico que hace las fotocopias, el contable y hasta la lesbiana de internacional.
También han puesto de su parte buena gente que me ayudan a pasar el rato.
Y además cada vez aprendo alguna que otra cosa, como cuando tuvimos reunión quintuple en el archivo.
Pero eso ya os lo contaré otro día.
Pues ya es otra historia.
Gracias por ver el vídeo.