Cuando una es joven e ingenua tiende a enamorarse pérdidamente de su pareja.
Mi primer y único novio, fijo, se llamaba Ramón.
Le conocí hace siete años.
Yo tenía entonces dieciséis y el veinte y quedé totalmente prendada, casi de forma
inconsciente.
Me convertí en su esclava.
Todo lo que Ramón decía iba a misa.
Todo lo que me pedía lo conseguía.
Por eso, cumplido los dieciocho, me casé con él.
Y un año después, quedé embarazada de Javier, que actualmente ha cumplido cuatro añitos.
Contado así, parece un cuento de hadas.
Cierto, lo malo es que al cumplir un año Javier, Ramón nos abandonó por otra mujer.
El caso es que me vio obligada a cuidar yo sola de Javier.
No podía pedir favores a mis padres porque nunca aprobaron que me casara tan joven y
amigas no tenía ninguna porque durante los años que había vivido con Ramón apenas
salí de casa y tuve muy pocas oportunidades de desarrollar cualquier tipo de actividad
social.
Trabajé en todo lo que podía y hasta que un día decidí que tenía que intentar sacarme
algún título.
Un título que me ayudara a encontrar algún tipo de empleo mejor pagado.
Total que entré a estudiar en una academia nocturna.
Así que por el día trabajo y por la noche me culturizo.
Durante la semana tengo una canguro que cuida a Javier y los fines de semana lo reservo
para estar con él todo lo que puedo.
Y para el placer personal, de donde saco tiempo.
Ahí quería yo llegar.
Durante un tiempo pensar en el sexo era como plantearse un imposible.
Además todavía estaba dolorida por lo que me hizo Ramón y no quería saber nada de
los hombres.
Pero hace un mes entré a trabajar en un almacén donde somos tres musos.
Yo un chico muy joven que se llama Fernando e Iván, el encargado de unos 30 años.
Es guapo, soltero y muy simpático.
Nuestra obligación consiste en cargar y descargar y ordenar el material que nos llega de las
empresas que alquilan el almacén para guardar su mercadería.
Entramos a trabajar a las 8 de la mañana y a la una tenemos un descanso para comer
descaso 60 minutos.
Fernando aprovecha que vive cerca para ir a su casa, pero yo y Iván nos quedamos en el
almacén, como ahora.
Cagamos nuestros bocadillos y charlamos hasta que suenan las dos.
Posiblemente sería más práctico ir a un bar y comer como Dios manda, pero es que desde
hace ya no pocos días ese pequeño espacio de tiempo lo dedicamos a, bueno, ya sabéis,
a follar como se dice popularmente.
No hay ninguna intención de ir a más, no somos novios, no nos vemos el fin de semana,
sencillamente lo hacemos cuando nos apetece a ambos y teniendo en cuenta lo estresados
que vamos durante el día entero, dedicar un ratito al placer nunca viene nada mal.
Es algo que sale espontáneo.
A veces ni tan siquiera tenemos tiempo para comer los bocadillos, así que dejémonos
de chachara y vamos a lo que interesa.
Abrázame y disfrutemos del poco tiempo que nos queda.
Me encanta cuando me acaricias las tetas por encima de la camiseta sudada.
¿Cuántas veces te lo habré dicho ya?
Acércate.
Rodear tu cuello con mis brazos y olerte es algo que me excita de sobremanera.
Deslizo mis manos por tus robustos brazos.
Siento como tus músculos se hinchan cada vez que situas tu mano en mi cintura y doblas
el brazo para acercarme a ti.
Los cuerpos chocan.
Estamos cansados, sucios, pero nos entregamos este juego hasta el final.
Me besas el cuello y lo agradezco.
El calor de tu torso se inyecta en mis entremidades a través de los poros de la piel y recorre
en el camino hacia mis entrañas.
Me pongo a mil.
Me deslizo como una culebra hacia abajo.
Huyo de tus fuertes brazos en dirección a la bragueta.
Me apoyo sobre ella de forma cariñosa, pues resulta algo increíblemente dulce sentir
como tu sexo palpita debajo de esos enegrecidos tejanos.
Mis dedos palpan y encuentran un hueco por donde entrar.
Cruzo el umbral y ahí están tus calzoncillos siempre blancos, siempre reservándome sorpresas.
Te miro y te veo cerrar los ojos y apretar los dientes, víctima de los primeros escalofríos.
Tu cuerpo se tensa.
Tu polla crece bajo el efecto de mis caricias.
La quiero para mí.
Va a ser mía.
Tengo el estómago vacío y es hora de la comida.
Mis nervios se alteran y mi corazón se acelera cuando, palpando detrás del telón, siento
un músculo crecer debajo de mi mano.
Adoro este momento.
Durante la filación no puedo evitar sentirme como la especie dominante, el pez grande que
se come al pez pequeño.
Aunque el falo de Iván poco tiene de pequeño, es grueso y robusto, una máquina viva de
dar placer, exactamente como mi lengua, que no conoce la compasión, y menos cuando se
trata de devorar un sexo como ese.
Los próximos minutos vas a sentir lo que no has sentido en tu vida, aunque realmente
sea lo que no has sentido desde el miércoles pasado.
Apresiono el pelo entre mis labios y lo sujeto con fuerza como si fueran cadenas.
Me deslizo por el tronco hacia abajo y me detengo en el poderoso glande al que le dedico
no pocos besos y algún que otro sano mordisquito.
Mmm, te gusta.
Y me gusta.
Preparo el miembro para ese momento culminante del coito y mi vagina se abre mientras la
espera se hace eterna.
Mmm, como a mí.
No te voy a permitir disfrutar de un segundo más de esto.
Quiero ser partícipe.
Me sientas en la caja grande sin que tan siquiera tenga que pedírtelo.
Me gusta que pienses en mí.
Yo pienso en ti, por eso mis pantalones han desaparecido tan rápidamente.
Tiras de mi pierna izquierda hacia un lado y con una mano te agarras la polla que diriges
sabiamente en dirección a mi coño.
Esperas que te facilitará las cosas.
Tiro de mis labios hacia los lados y espero el roce, el momento mágico del contacto.
Oh, sí, es tan delicioso, tan sabroso.
Me dejo caer pesadamente sobre la improvisada tumbona de cartón y mi primer gemido se escapa.
Mmm, el cuerpo se me parte en dos.
Cuando penetras de forma violenta y decidida, me castigas con las sacudidas mientras tu
sexo entra y sale del mío, cada vez más acelerado, más desbocado.
Oh, sí, así no pares ahora.
Fúyame hasta que reviente.
Unece tus manos por el tobillo, la pierna que tengo en lo acto con fuerza y a otra mano
has dejado de reposarla sobre las costillas para conducirla hacia mi pecho que agarras
fuertemente y estrujas casi sin percatarte de que ese dolor se transforma automáticamente
en un placer inexplicable y que casi lo hula hacerme perder los sentidos.
Mmm, milas de descargas cruzan por mi columna en todas direcciones.
Estoy agotada y a la vez no quiero que cese, solo quiero que te corras, córrete encima
de mí y bañame con tu esperma.
Oh, sí, así.
Ahora.
Oh, sí.
El capullo expulsa toda la materia contenida en tus testículos sobre mi estómago.
El éxtasis es total, como para concentrarse en el dolor aún palpitante de tu salvaje penetración.
Únicamente quiero enviagarme más de ti y del placer que me estás dando.
Oh, el semen está caliente y se desliza por encima de mí en direcciones opuestas,
mientras mis gritos no dejan un hueco libre en el vasto almacén.
Jadeamos libremente casi de forma simultánea.
No voy a retener ninguno de mis quemidos ahora.
Oh, mira el reloj.
Son las dos y cinco.
Nos hemos entregado tanto al asunto que hemos perdido la noción del tiempo.
De hecho, Fernando ya tendría que estar aquí hace rato.
Mejor será que nos vistamos antes de que venga.
En el lavabo me limpio lo mejor que puedo con el agua del grifo tras checarme con la roñosa toalla amarilla.
Salgo del servicio y está el chaval que me saluda de forma exageradamente gesticulante.
Hay algo que no va bien.
Casi de manera instintiva bajo la mirada hacia su bragueta
y distingo una sospechosa mancha grisácea junto a la abertura de sus tejanos.
Sonrió, le miro y le guiño un ojo y Fernando me devuelve el gesto de la esposa.
Rufo zuerizándose de forma alarmante.