Relatos Hablados

Follando entre bambalinas

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Me encargo del vestuario de una revista de moda, elijo lo que han de ponerse las modelos que van a posar para nosotros. Pero en el caso que nos ocupa, tuve que ser yo la que posara para uno de los modistas, y la verdad es que ambos quedamos sumamente satisfechos.

Me encargo del vestuario de una revista de moda, elijo lo que han de ponerse las modelos que van a posar para nosotros

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Voz por BellaPerrix
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Me llamo Lola y lo que mejor se me da es hacerle la pelota a los jefes y a las jefas. Me encargo del vestuario de una revista de moda. Con ello no quiero decir que sea una simple empeada de guardarropía.

Elijo lo que han de ponerse las modelos que van a posar para nosotros. Voy a buscar las colecciones personalmente y cuido de que lleguen en perfectas condiciones y se entreguen igual de bien a sus modestos.

Estamos hablando de un lote de trapitos que cuesta más de lo que gana cualquiera en un año. Durante las sesiones de fotos doy el visto bueno al maquillaje e incluso tengo potestad para tirarle de las orejas al fotógrafo cuando no me convence su trabajo.

Pero ya te digo, lo que mejor se me da es dorarle la píldola a las modelos. Decirles lo divinas que son, aguantar los aires de grandeza de los artistillas que las retratan con la cámara, reírle las gracias a la directora de las publicaciones y sonrearle aún más al editor.

Toda esa paciencia tengo con ellos no es nada comparado con lo que tengo que tragar por parte de los reyes de la pasarela. La mayoría de los modistas son realmente insoportables.

Se creen el centro del universo tan solo porque son los que dictan lo que está de moda y lo que no. Recuerdo hace un par de semanas cuando fui al taller de uno de ellos a recoger una colección que necesitábamos con urgencia para una sesión.

Habíamos hecho venir a un par de top models de las que se hacen pagar y hubieran vestidos o no ellas iban a cobrar igual y sus honorarios no eran precisamente baratos.

Cuando llegué me di cuenta de que la colección no estaba preparada. Pedí explicaciones y los empleados me contestaron que hablará con el modista.

El hombre estaba sentado en una silla, cabiz bajo y con síntomas de surgir una crisis o una depresión de caballo. Le pregunté por la colección y me respondió que no me la iba a entregar.

No le satisfacía en absoluto. Para él era una auténtica porquería. Otra le hubiera pegado un par de gritos y lo hubiera mandado a la porra por hacerle perder el tiempo.

Yo, sin embargo, me dirigí hacia las perchas y observé sus creaciones. Le comentó que no estaban mal, que los colores eran muy bonitos, muy sensuales, excitantes, tanto que podían despertar la líbido de cualquier hombre o mujer.

Él me pidió que no le hiciera más la pelota y que tampoco le mintiera. Me acerqué a él, le pasé la mano por la nuca y le pedí que se animase.

También le comenté que era demasiado duro consigo mismo, que no siempre se podía dar en el clavo, pero que el éxito de su colección no radicaba en su opinión sino en el criterio de la prensa especializada.

Los críticos, las grandes boutiques... Y a que todos ellos les iba a encantar, pues se veía que era innovadora, arriesgada, juvenil, elegante, muy práctica y para nada pretenciosa.

Empecé a desnudarme y a probarme los vestidos y entre ponerme uno y quitarme otro, noto que su miembro empezaba a hincharse por debajo del pantalón.

Le estaba poniendo cachondo. Quizá un poco de sexo era la mejor solución para levantarle la moral. La última vez que me quedé en ropa interior delante de él, me bajé las bragas y le enseñé el coño tal cual.

Él estaba sentado y yo de pie. Le puse la pelambrera en todos los modos y empezó a lisquearla como si se tratara de catar vino. Poco a poco lo besó tímidamente e incluso pasó la lengua.

Como aún no le vi muy predispuesto, decidí pasar al ataque. Me agaché justo enfrente de sus piernas, le bajé la cremallera del pantalón y le extraje el miembro.

Lo tenía gordo y largo y en perfecta erección. No cabía duda de que estaba tan caliente como yo. Pasé la lengua por el helandé, lo agité un poco y me lo introduje en la boca.

Se lo comía con ciencia y podía haber seguido chupándoselo si no fuera porque uno no es de piedra. El mordisquito ese que me había puesto muy cachonda.

El tipo estaba bien armado. Un cacharro como el suyo no se ve todos los días ni todos los años ni tampoco de vez en cuando. Quería sentirlo en mi interior.

Así que dejé el sexo oral para indicarle que se levantara de la silla. Una vez de pie le pegué un morreo en todos los labios y le desconcertó aún más.

Luego me giré, le di la espalda, apoyé las manos en el despaldo de la silla y me incliné de manera que le puse el culo en pompa. Abrí las piernas, todo lo que pude y le invité a entrar.

Metió los dedos en la raja y jugó un poco. Palpó la rugosidad de mis paredes vaginales con sus yemas y alcanzó más de un punto de placer. Estaba mojada y no sabía que esperaba para introducir toda esa artillería.

Pronto se dejó de juegos para dedicarse a cosas más serias, es decir, para penetrarme. Sentí su estaje entre las nalgas. Primero la pasó por las pantorrillas, luego por los labios vaginales y casi sin darme cuenta me cruzó en la diana.

Empezó despacio, introduciendo la punta y empujando con paciencia y lentitud. Metió los 20 centímetros milímetro a milímetro como si estuviera... como si no tuviera prisa para llegar al final.

Yo me derretía de placer y mis muslos temblaban como un flan. Por un momento temí que mis rodillas flaquearan o que la silla se viniera abajo.

Él debió de darse cuenta de que me fallaban las fuerzas, por lo que me agarró firmemente por la cintura para follarme como nunca me habían follado antes.

Me tenía atrapada y apenas me dejaba mover. Él, en vez de empujar, me atraía hacia su miembro como si yo fuera un objeto. Apenas culeaba, ni se molestaba en entrarla y sacarla.

Le gustaba tenerla ahí, en ese refugio tan calentito. Su grosor era tal que me llenaba por completo. Mientras él permanecía detrás mío, estático e impasible, yo me acariciaba el clíderis y jadeaba como si me faltara la respiración.

Cuando la extrajo, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se corrió. Volví a vestir, mientras él se colocaba bien la camisa. Me comentó que no estaba muy satisfecho de la colección y que me confiaba a mí el criterio.

Así que me dijo que elegiera lo menos malo y que descartar el resto. Así lo hice y dado que tenía parte de razón, me quedé con cuatro vestidos. He de reconocer que no eran ninguna maravilla, pero salieron bien en las fotografías. El fin y al cabo, se trataba de eso, ¿no?

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