Relatos Hablados

Psicóloga para todo

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Estudié psicología con la intención de indagar en la vida íntima de los demás, pues soy algo cotilla, además de morbosa. Ahora me tocaba ayudar a un paciente que había sufrido una desagradable experiencia con una prostituta. Estaba dispuesta a ayudarle, de la forma que fuese necesario...

Estudié psicología con la intención de indagar en la vida íntima de los demás, pues soy algo cotilla, además de morbosa

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Voz por BellaPerrix
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Conseguí el título de psicóloga siendo muy joven. Supongo que era algo parecido a una especie de superdotada. El caso es que si lo logré fue porque, desde mi más tierna infancia, siempre me había gustado eso de indagar en el cerebro de las personas, de sentarme a escuchar sus paranoias y sacar mis conclusiones.

Me parecen especialmente divertidas e interesantes las historias de transfondo sexual. Llámalo morbo, llámalo curiosidad. Sea lo que sea, me encanta.

Y Antonio, Tony, era uno de mis pacientes favoritos. Llevaba un par de meses viniendo semanalmente. Era un chico de unos veinte y poco atractivo.

Bueno, al menos a mí me lo parecía. Y sufría de lo que él se emperraba en llamar un trauma sexual. No sé si era para tanto, pero desde luego la historia tenía amiga.

Todo se remontaba al día que perdió la virginidad. Normalmente, cuando no se tiene una novia solvente, los chicos atrapados por la curiosidad de aprender se desvirgan visitando a una prostituta que les instruye muy superficialmente en las artes del sexo.

Aunque sea a esta una práctica más habitual de cuando nuestros padres eran adolescentes, Tony lo hizo yendo con un grupo de amigotes y algo empujado por un pequeño exceso con el alcohol.

A diferencia de los otros chicos de su grupo, él era más sensible y tímido y no le resultó una buena experiencia. La mujer que le tocó le trató muy mal y eso acabó por marcarle.

Le hizo sentirse humillado y ridiculizado, lo que acabó por influir negativamente en sus relaciones posteriores. Ninguna le ha funcionado bien en niveles de cama y estaba francamente convencido de que jamás iba a disfrutar del sexo de forma normal, sin tapujos.

Claro que para eso me tenía a mí, psicóloga para todo y predispuesta a curarle fuera como fuera. Aquella tarde de jueves se presentó a la consulta como cada semana.

Le hice estirarse en el diván e iniciamos nuestra larga conversación, siempre girando sobre lo mismo. Volvió a emprenderla con la historia de la prostituta, con lo mal que se lo había hecho pasar, con las desagradables expresiones que utilizó para degradarle.

Luego pasó al tema de sus frustradas relaciones sexuales, de las varias chicas que había dejado insatisfechas en la cama y de las numerosas peleas.

Y terminó bromeando con la posibilidad de hacerse a la idea de su condición y vivir una vida casi de monje. A mí aquello fue lo que me decidió.

No podía soportar la idea de ver a alguien tan joven y tan lleno de vida renunciar de aquel modo al placer de la carne. Así que actué en consecuencia.

Me acerqué a su oído y le susurré. ¿Hoy vas a salir de aquí? Jurad. Tal como estaba sentada, dejé mi libreta de apuntes. Separe mis piernas, me quité las bragas ante su perpleja mirada e inicié una lenta y placentera masturbación.

Guié mi dedo hacia el clítoris y di paso a una serie de presiones que me volvieron loca. Me dediqué un tiempo al masaje en los labios de mi vagina.

Empuje tres de mis dedos hacia dentro. Hacia lo más profundo que pude. Aquello era placer puro. Disfrutando de una sublime paja. Recuerdo que le animé a que él siguiera mis pasos.

Que no pensara en si tenía vergüenza o algún tipo de complejo. Y que sencillamente él lo hiciera. Fue un buen presagio ver como se desabruchaba la bragueta y sacaba una gruesa polla que crecía intensamente por segundos.

Inició el ritual del sube y baja mientras su mirada se clavaba entre mis piernas. Las cuales estaban temblando por la furia de las embestidas que le dedicaba a mi vagina.

Estaba tremendamente cachonda. Y a mí en ese estado no hay quien me pare. Dejé de masturbarme y me aproximé hasta su falo. Antes le besé de un modo extremadamente húmedo en la boca.

Mojándole los labios con mi lengua. Dedicándole unos sonados lametones que no parecían sentarlo en nada mal. Seguidamente me centré en su polla.

Comencé chupando frenéticamente mi lengua. Se deslizó por aquel hinchado tronco. Estaba muy caliente. Con solo rozarlo notaba como se estremecía.

Rodé el capullo con mi lengua y lo lamí por completo hasta dejarlo brillante. Así mientras mi boca se dedicaba ahora a juguetear con sus huevos.

Agarré aquel poderoso instrumento con la mano y clave el dedo pulgar de nuevo en su capullo. Con la suficiente fuerza para convertir el dolor punzante en el auténtico placer.

A base de descender hacia su frenillo y no dejarle ni un momento de respiro. Cuando estaba ya bien gruesa y dura. Y antes de que se corriera me senté sobre él.

Aquel diván era el lugar ideal para un buen polvo. Y confieso que tampoco era la primera vez que lo ponía en práctica. Con la mano le agarré aquel vigoroso músculo trempado.

Y lo introduje suavemente dentro de mi vagina. Lo noté rozar mis labios vaginales. Mientras se deslizaba sinuosamente hacia dentro. Y un notable gustito acariciaba mi cuerpo.

Comencé a moverme, a contorsionar mi cintura. Para así incrementar nuestro placer. Continué con un clásico arriba y abajo. Mi cuerpo empezó a notar un cosquilleo muy intenso.

Que subía desde mi entrepierna hasta mi cabeza. Me agaché hasta que mis labios quedaron a leves centímetros de los suyos. Sentí su aliento.

Los dos jadeábamos como posesos. Su polla era todo lo que en aquel momento necesitaba. Me estremecí de placer. A la par que sentía la necesidad de gritar.

¡Sí! ¡Voy a correrme! El... el... el... El... el... ¡Voy a correrme! El... no se contenía de soltar algún esm... tremecedor quejido. Nuestros cuerpos sudaban.

Y estaban tan entregados a la materia. Que parecía fusionarse en uno solo. ¡Sí! ¡Sí! ¿Sentía todo eso? Y más. La estancia parecía arder. ¡Mmm!

¡Oh! Mis gemidos suplicaban por el... ¡Oh! Momento del orgasmo. ¡Oh sí! ¡Yo! ¡Ahora! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

¡Oh! ¡Oh! Ambos... chillamos de placer... infinito... ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Mientras nos retorcíamos, cansados... extasiados... pero más que satisfechos...

¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Aún sentada sobre él, me incliné para besarle una vez más y apagar nuestros sentidos jadeos. ¡Oh! Luego nos quedamos unos minutos en aquella posición y en silencio.

¡Mmm! Él se había curado, sin duda. El problema es que se había enamorado de mí, dado que aquél había sido casi su único polvo en condiciones y con resultados satisfactorios.

¡Oh! Bueno, por mí no había problema. Lo malo era cómo le podía sentar saber que él era uno de mis varios pacientes con traumas sexuales a los que había curado con idéntica técnica. El siguiente trauma fue el de los celos.

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