No hay nada que me excite más que explicar mis aventurillas sexuales a un extraño.
Suelo ponerme bastante cachonda cada vez que hablo sobre sexo, que recuerdo y enumero las ocasiones en las que me he acostado con un hombre,
o las locuras que suelo cometer para conseguir llevármelo a la cama, todo lo que allí sucede después entre las sábanas.
Me gusta provocar y escandalizar, y para conseguirlo suelo exagerar la verdad o soltar alguna mentirijilla.
No puedo evitarlo.
Me pongo a cien cada vez que noto que alguien le incomoda lo que le cuento, e intenta sonreír mientras piensa que soy una fresca de tomo y lomo,
o simplemente disimula y se pone cachonda al oír mis relatos, eróticos, claro.
Siempre se llevan una opinión errónea, piensan que soy una guarra, una ninfómana, y que no ando muy bien de la azotea.
Pero lo que ellos no saben es que cuando llego a casa me quito la falda, me bajo las bragas y juego con mi conejo mientras recuerdo sus caras de bobo
y esos ojos de besugo que ponen cada vez que he suelto algún taco o hago un comentario a su vez.
Mi ideal de víctima suele ser aquel mojigato o mojigata que opinan del sexo.
Es demasiado y que es pecado.
Tampoco es divertido, y como suelo ser bastante explícita en mis monólogos cachondos, pongo en un aprieto a más de uno y una.
Los hombres suelen cruzar las piernas cuando notan como el pene se les hincha y les crece sin poder evitarlo.
Más de uno se ha puesto cardíaco al describirle lo que uno siente cuando una buena polla le atraviesa la raja.
Una y otra vez y se hunden sus entrañas.
Se me humedece el chiche al pensar en un tío macizo con un buen cipote.
Lo de explicar y reinventar mi vida sexual viene de lejos de cuando yo era una pollita.
Por aquel entonces iba a un colegio de monjas y una buena forma de escaquearse de las clases era acudir al confesionario
donde un cura, reprimido y cuarentón, paraba las orejas para escuchar cuatro chiquillerías largándonos un sermón
y recetándonos unas cuantas oraciones como remedio y penitencia a nuestros pecadillos.
Ninguna de nosotras tenía novio, ni la posibilidad de tenerlo, pues estábamos internas y no hacíamos vida fuera del internado.
Tampoco sabíamos nada de los chicos y muy poco sobre el sexo.
Nunca habíamos visto a un hombre desnudo y mucho menos un buen rabo en elección.
La más afortunada, la pillera de su hermano pequeño cuando iba con sus padres a la playa en verano.
A pesar de toda nuestra ignorancia sobre temas promiscuos y carnales, yo me las ingeniaba para parecer una experta.
Mentir como una bellaca y soltar una trola atrás de otra al pobre párroco.
En esos días la calenturienta imaginación hizo que le confesaba, que le tonteaba con un chaval de 15 años.
Narré con todo lujo de detalles como ese buen muzo saltaba la tapia del patio con cierta asuidad y se veía conmigo a escondidas.
Le aseguré que me había tocado mis portes pudientes y que no solo se lo hacía conmigo, sino que también se encontraba con algunas compañeras de clase.
Naturalmente todo aquello era una sarta de mentiras y yo era más virgen e inocente que una gitana antes de la noche de bodas.
No estoy segura de que se creyera todo lo que le contaba ni que hiciera caso o me hizo del secreto de confesión para ir con el cuento a las monjas.
Ellas nunca me preguntaron sobre los chicos y me castigaron por esas supuestas confesiones, aunque se preocuparon de alzar los muros y poner alambre de espino para impedir que nadie pudiera saltar.
Hay ocasiones en que me levanto de la cama nostálgica y con un poco de gamberrismo, con ganas de rememorar aquellas chiquilladas.
Así que selecciono un besuario discreto, quico, pudroso y algo beato.
Me visto, salgo a la calle, entro en alguna iglesia y busco a culpárrako con cara de bonachón y crédulo para sueltarle algunas de mis trolas.
El otro día encontré uno que además de todo eso era joven y muy guapo.
Aquel tipo de sotana parecía una estrella de Hollywood, estaba como un queso y como las ocasiones las pintan calvas, lo aborde en medio de la calle.
Le pregunté de qué parroquia era y le dije que tenía muchas ganas de confesarme, que el remordimiento por mis actos de lasciaduría no me dejaba dormir y concentrarme en el trabajo, claro.
Otro me hubiera mandado a paseo, pero aquel bendito me dijo que para confesarme no hacía falta ir a su iglesia, que lo podía hacer en cualquier lugar apartado y discreto.
Entramos en un portal viejo, amplio en Loughborough, oscuro y bastante sucio, típico de un edificio de finales del siglo pasado.
Aquella escalera contaba con un portero automático y los vecinos, con tal de ahorrarse un sueldo, debían de haber prescindido de los servicios de un portero o conserje.
Así todo, el despido debía ser bastante reciente, pues no habían desmontado la conserjería, que estaba completamente abandonada.
No tuvimos ni que forzar la puerta, entramos allí con facilidad.
Había un pequeño tabique de madera que llegaba a la altura de nuestro pecho.
Cogimos un par de sillas y nos sentamos a cada lado de la separación, de tal modo que solo nos veíamos las caras.
Vamos, que parecía que estuviéramos en un confesionario.
Yo empecé a alargarle el rollo, a explicarle cochinadas, a decirle que era una perdida y una viciosa,
y que abordaba a los hombres para hacerles de todo, para comerles la polla,
y dejarme follar luego por delante y por detrás, por donde hiciera falta y por donde ellos quisieran.
Mientras hablaba y hablaba, empecé a notar cómo se acariciaba el pene por debajo de la sotana.
Estaba cachondo y yo deseaba que lo estuviera aún más.
Por lo que he hecho, madera a mi historia, y pasé del erotismo a la pornografía más dura y suez.
El párrago empezó a masturbarse sin ningún miramiento, sin importarle que yo pudiera darme cuenta de ello.
Por otro lado, yo ya estaba tan mojada que me introduje los dedos en la raja con la misma poca vergüenza que él.
Tal era nuestra mutua excitación que ambos perdimos los papeles.
Salté la separación, me abalancé sobre él y le lamié el miembro como si fuera una gata que se limpia las patas.
Se lo chupé, lo relami, lo saboreé y lo ensalí bien hasta la base, y consiguió ponerlo tan duro como el cemento.
Como estaba a punto de correrse, le di un respiro y le morré como en las películas,
o sea que conseguí tocarle la campanilla con punta de la lengua.
Cuando nuestras bocas se separaron, me mordió las tetas y los pezones,
y me dio tanto gusto que me puse a gemer en voz alta, pasando de que pudieran oírme o no los vecinos.
Me levantó la falda, me acabó de bajar las bragas y me la introdujo en el coño con decisión y sin funda,
algo que no me hizo mucha gracia, por lo que no le permití que le diera mucho al meteísaca.
Me convencí para volver a los juegos manuales.
Le aseguré que cinco dedos sabios y eruditos en lo concerniente al toqueteo eran mucho más sabios que una vagina.
Así que le agarré como quien coge el testigo de una carrera de relevos y lo agité con una coctelera.
Él hizo algo parecido y aprisionó el clítoris entre el corazón y el anular,
y le hizo un buen masaje que me volvió loca de gusto.
Así estuvimos toqueteándonos hasta que noté que su leche resbalaba por mi muñeca.
Cogí un pañuelo de papel y le limpié el pene.
Me limpié la mano y le pedí perdón por seducirle.
Él me contestó que la culpa era suya, que no había respetado ni los hábitos ni el voto de castida,
y con una cara muy seria se puso en pie, se arregló la ropa y salió de la conserjería.
Abre la puerta de la calle y se marchó tan rápido que parecía que estaba poseso por el diablo.
A mí me supo mal haber jugado con el párroco.
Me supo mal hasta que me enteré de que aquel tipo no era un religioso, sino un cobrador de morosos,
que se disfrazaba de párroco para seguir a incordiar a los tipos que no pagan sus deudas.
Vamos, que como aquellos del cobrador del fraco o los que se disfrazan de pantera rosa, pero con sotana.
Y yo que creía que le estaba tomando el pelo y os resulta que fue él que me tomó la cabellera.