Me gustaría que a veces todas esas historias que cuentan sobre la Navidad fueran ciertas,
le dije aquel joven y apuesto dependiente.
Llevaba ya un par de horas ahí dentro, intentando una de las proezas mayores a las que se enfrenta
el ser humano un par de veces al año.
Comprar regalos a los seres queridos cuando tienes la cuenta corriente algo torpedeada.
Y debes pelearte con los otros consumidores cuya meta es la misma que la tuya.
Pues no se crea, dijo él con un tono de voz muy amable.
No piense que todas esas historias que cuentan de los Reyes Magos y la Navidad son falsas.
Yo me quedé perpleja y sonriendo exclamé, como dice, me toma el pelo.
El chico mirió de un lado al otro, se aseguró de que nadie nos estuviera escuchando.
Volvió a centrar su mirada en mí y me preguntó, ¿le gustaría verlos?
Diga, insistió, ¿le gustaría o no?
¿A quién?
Dije yo.
¿A quién va a ser?
¿A los Reyes Magos?
No supe si reiró llorar.
¿Me estaría tomando el pelo?
¿Se ríe usted de mí?
Le pregunté de forma acusadora y algo molesta.
El chico negó con la cabeza.
Si viene conmigo, se los puedo presentar.
Son unos tipos muy majos.
Me puse a reír.
No estaba segura de que pretendía.
Por unos momentos se me pasó por la cabeza que lo que aquel tipo quería era follarme
y con franqueza.
No me importaba demasiado.
Así que decidí seguir con él el juego a ver cómo terminaba todo ese asunto.
Salió de detrás del mostrador y, tras soltar un seco, sígame, se puso a andar entre la
multitud.
Le hice caso y me pegué a sus pies.
Caminábamos a una velocidad mayor que el resto de la gente, cruzando de largo interminables
estantes adornados con motivos navideños, los que, en otro momento, me hubiera detenido
a mirar.
Nos fuimos alejando del murmullo, hasta llegar a un pasillo estrecho y vacío que conducía
a una puerta de la que colgaba un cartel tan claro y explícito como solo personal autorizado.
Mi caso.
Confieso que a mí el coño se me hacía agua.
Caminábamos dentro de un ascensor de carga enorme.
El chico cerró la puerta y apretó el botón de bajar el sótano.
El aparato se puso en marcha.
Entonces decidí atacar.
—Bueno, ¿qué?
¿Ahora es cuando quieres que te la chupes?
—le pregunté directa y sin tapujos.
Él se me quedó mirando con una extraña muerca de cierta perplejidad, como si algo se estuviera
cociendo en su cerebro, y esperara obtener un resultado.
Sin mediar palabra, apretó el botón de pausa.
El montacarga se detuvo en seco.
Se abrió la bragueta y sacó una polla flácida que pareció ofrecerme.
Ni corta ni perezosa, me arrodillé frente a él, ansiando llevarme ese pedazo de jugosa
carne a mi boca.
Comencé a chupar.
Deslice mi lengua por el tronco, notando sus hinchadas venas a punto de estallar.
Rodé su capullo con toda la sensualidad posible y lo apreté suavemente entre mis dientes.
Con la punta de mi lengua, golpeaba suavemente el frenillo, mientras que con mi mano libre
le manoseaba cariñosamente los cojones, jugueteando con ellos.
Me entregué a ello y como resultado obtuve una corrida en mi garganta de lo más dulce.
Tragué hasta la última gota de semen.
Me sequé la comisura de los labios con el pañuelo que llevaba en el bolso.
Lo curioso es que, después de aquella espléndida mamada, el chico había vuelto a apretar el
botón de pausa y seguíamos bajando en lugar de ascender de nuevo a la planta comercial.
Finalmente llegamos al sotano, salimos del Montacargas y nos dirigimos hacia una puerta.
Me miró sonriente y dijo, gracias por la mamada, pero yo lo que quería era enseñarte
esto.
Empujó la puerta y esta se abrió lentamente.
Ante mis ojos me encontré con tres tíos, tres tíos que jamás había conocido personalmente,
uno de los que creía saberlo todo.
Uno era negro y altísimo, estaba de pie apoyado en
la pared, solo llevaba unos extraños pantalones de color lila mostrando su poderosa musculatura,
el otro era más rechoncho, de quejada barba blanca, reposaba sentado en una silla fumando,
y el tercero era el de más buen ver, con barbare varios días y una preciosa melena
de color castaño recogida en una coleta, colgando a lo largo de su espalda.
Chicos, os traigo una fan vuestra.
Les miró mi enigmático acompañante con cierta
asonra, a lo que añadió, conoceros mejor, yo debo volver a mi puesto.
Antes de irse me agarró la mano, la besó y desapareció.
Ahí estaba yo, confusa, perdida,
y sola frente a lo que se suponía eran los tres reyes magos.
El negro y alto se me acercó, pasó su grueso dedo índice por mis labios y me preguntó,
¿eres otra de las putitas de ese chaval?
Apuesto a que se la has chupado en el Montacargas
y te ha dejado caliente.
La verdad es que tenía razón, pero no me atrevía a decir
que no.
Deja que nosotros lo arreglemos, siguió.
Esta
noche vamos a tener mucho trabajo, pero antes nos gustaría pasar un rato agradable.
Y más si es con una chica tan hermosa como tú.
Ni corto ni perezoso y ante el beneplácito
y las risas contenidas de sus compinches.
Comenzó a desnudarme, me desabrochó la blusa,
me quitó la falda, todo con máxima delicadeza y de forma sensual.
Yo estaba como una moto y deseaba ser follada hasta la extenuación.
Una vez me había quedado
únicamente con las bragas puestas, el tipo volvió a mirarme fijamente diciendo, yo soy
Baltasar, el gordito es Melchor y ese del fondo es Gaspar, y estamos ansiando hacerte
sentir más placer del que nunca hayas sentido en tu vida.
Yo rezaba para que fuera así.
Baltasar sacó su enorme negro falo, que no tardó en introducirme en la boca casi
a la fuerza.
Mientras yo paseaba en mi viscosa lengua por aquel hinchado y venoso falo, otro
de los reyes, en este caso Melchor, no perdía el tiempo y se concentraba en arrancarme las
bragas casi a mordiscos.
Con mi mano libre masturbaba fenéticamente al tercero y último,
Gaspar que había clavado su mirada en lo alto y cerraba los ojos con fuerza, dejándose
hacer por mi pericia en estos asuntos.
Era realmente excitante sentir su músculo crecer
y palpitar en mi mano.
Mientras le sorbía los enormes y pesados huevos a un Baltasar
que había perdido la corona, Melchor ya había llegado a mi coño, y su lengua se precipitaba
dentro entre mis labios, humedeciéndome el clítoris y volviéndome loca.
Seguidamente
pasó a introducir su lengua en mi recto y la hizo girar con la intención de dejármelo
bien, bien mojado.
Al mismo tiempo la polla del rey negro se clavaba en mi paladar, golpe
a golpe, y a ratos me la sacaba de la boca para que le besuqueara cada rincón de una
verga casi única.
Ven atrás, vena, y el frenillo que pedía ser pellizcado con la
suavidad por mis labios.
Gaspar con su aparato más que duro se hizo sitio debajo de mí
y una vez se sintió cómodo, me penetró con cuidado.
Las paredes de mi vagina se abrieron
y dejaron sitio a su miembro, que empezó a sacudirlo adentro y afuera, adentro y afuera,
sin descanso, sin cesar.
Otro que repetía el mismo mecanismo, pero con otra parte de
mi cuerpo era el bueno de Melchor.
Su polla me estaba haciendo sentir un placer indescriptible.
Mi ano parecía estar a punto de rasgarse y no pude hacer otra cosa que gemir, expresar
mi dolor y mi placer a gritos, pero aquello no les contuvo.
Cada uno prosiguió con su
tarea, Gaspar debajo de mí follándome por el coño sin descanso, pringando mis tetas
de babas, chupándome y pellizcándome los pezones, rojos de tanto ser apretujados entre
sus dedos.
Delante de mí tenía Baltasar, cuya polla parecía estar a punto de atravesarme
la cabeza a cada chupada que le dedicaba.
A ratos se la manoseaba un poco con la intención
de hacer descansar mi dolorida lengua, pero para las lenguas, las de Melchor, que a pesar
de parecer el más mayor, me estaba dando una marcha que hacía peligrar mi salud mental.
Hoy no cesaba de sodomizarme aferrándose con cada uno de sus manos a mis nalgas y arañándome
con sus uñas.
Aquellos seis cojones estaban repletos de semen, un semen cálido y caliente
que ansiaba salir al exterior.
Los tres dejaron de follarme, me rodearon en un coro y comenzaron
a masturbarse frenéticamente.
Yo les ayudaba como podía, agarrando sus rojos y los brazos
falos y sacudiéndolos.
Finalmente el tan deseado semen surgió a chorro por la punta de cada una
de aquellas hermosas pollas.
Fui bañada en esperma, literalmente.
Mi cara, mi pelo, mi
pecho, todo quedó pringado de tan deliciosos huevos.
Y el semen se me acercó a mi mamá
de sustancia, mientras con la lengua degustaba las gotas que habían alcanzado mis labios,
miraba a los tres hombres que me habían follado, feliz y satisfecha por un lado y triste por
otro.
Triste porque sabía que iba a tener que esperar un año entero para poder volver
a ser follada de ese modo tan increíble.
Pero la paciencia es una de mis mejores virtudes.