Cada mañana me levanto a las seis y media, me ducho, me tomo un café con leche y salgo
de casa a las siete y cuarto.
A las siete y veinticinco cojo el metro y a las siete
y cuarenta llego a mi parada.
Me encuentro con luz y dedicamos veinte minutos a charlar
en el bar tomando un café con un donut o un croissant hasta que entro a la oficina cuando
el reloj da las ocho.
Trabajo de secretaria en una empresa de marketing.
Me paso el día
atendiendo llamadas, ordenando archivos, voy a buscar el café a mi jefe, hago recados
importantes cuando los hay, etc.
Para esta empresa trabajan setenta personas y de estas
solo somos ocho mujeres.
¿Cómo se explica eso?
No lo sé y tampoco quiero ahora comenzar
con un importunio y aburrido discurso sobre los derechos de la mujer porque no es mi estilo.
Teniendo en cuenta que me paso ocho horas aquí sentada, hay veces que por la razón
que sea no hay mucho que hacer y el día se me hace eternamente largo.
Antes me entretenía
leyendo prensa del corazón, durante un tiempo me dio por escribir un diario y ahora he
adoptado lo que quizás algunos llamarían una fea costumbre, cosa que a mí no me lo
parece.
En días inactivos como el de hoy, mi fórmula secreta para combatir el aburrimiento
es puntuar a los tíos que pasan de vez en cuando por delante de mi mesa, del uno al
diez.
Hay que tener en cuenta que como he dicho antes, en esta empresa hay sesenta y
dos hombres, así que el género abunda, hay de todo y para todos los gustos.
Como Jaime,
que viene por el pasillo todo atolondrado mirando su reloj con preocupación, el primer día que
le vi lo califique con un ocho, aunque reconozco que se merecía un nueve.
Es un tío muy resultón,
rubio, pelo corto, facciones geométricas y unos andares rápidos y nerviosos que le dan un encanto
especial.
La verdad es que Jaime es el típico tío sobre el que te gustaría sentarte, meterle
el coño en su cara.
Puedo imaginármelo perfectamente.
Veo como se me abren los labios de la vulva con
dos dedos mientras introduce su húmeda lengua directa y sin freno hasta rociar mi almeja de saliva.
Llevo la mano hacia su cabeza y la agarro por el pelo.
Incrementa la velocidad de su comida con
los labios mojados.
Beso cariñosamente por la zona del clítoris, lo que me hace sonreír placentemente
y crea una serie de dulces escalofríos que suben desde mis piernas hasta la cabeza.
Tengo la sensación
de que todo el vello de mi cuerpo se ha erizado ante tal gesto y lo agradezco acariciando la mejilla
de Jaime que sigue ensimismado trabajándose mi coño.
Ha dejado un momento la lengua de lado para
acariciar el clítoris con un dedo intensamente mientras que con un par más de la mano libre traspasa
la abertura hacia lo más profundo de mi raja.
Todo mi cuerpo es víctima de una descarga eléctrica y
me tenso como si me fuera a partir en dos.
Aprieto los dientes y los ojos con fuerza cuando noto como
el primer tímido cosquilleo crece y crece hasta convertirse en una onda expansiva como recorre
de arriba abajo.
Esto es lo que algunos lo llaman orgasmo.
Y qué decir de Marco.
Con su oronda figura y su entrañable simpatía al pobre le di un 3D calificativo
y no se lo merece entre otras cosas porque está colgado por mí.
Siempre que puede se pasa a hablar
conmigo y me cuenta las historias más estrambóticas y absurdas.
Es un encanto.
Se dice que los hombres
tirando a rellenitos no suelen estar muy bien dotados pero la verdad es que estoy absolutamente
convencida de que es un tópico sin sustancia.
Hay estrellas del cine porno que están gorditos y sin
embargo tienen una polla que espanta.
¿Y sabes qué te digo?
Que seguro que Marco es uno de esos.
Seguro que
le da igual que los demás compañeros de la oficina se rían de sus kilos de más.
Estoy segura de que
Marco en el fondo sabe que él la tiene mucho más grande que el resto de los tíos que hay aquí.
Lo
que pasa es que en lugar de decirlo como si fuera un vulgar macarra él se lo calla y se reserva la
sorpresa a la que haya de ser su chica.
Imaginemos que fuera yo.
No niego que tengo curiosidad por
descubrir si mi teoría es real o no.
Me gusta imaginar como Marco me conduce al váter y me arrodilló
frente a él observo atenta como Marco se abre la bragueta y me invita a introducir mi mano para aclarar
todas las dudas posibles.
Me cuelo por el agujero y voy directa a los slips.
Palpo y noto algo flácido
que lucha por crecer.
Un cúmulo de formas curvas del que no puedo encontrar nada que sea familiar.
Tiro de los calzoncillos y agarro lo que queda colgando.
Lo empujo hacia fuera y...
¡oh!
Decepción.
Marco tiene una verga de lo más corriente y su buen aspecto actual seguramente se debe a que el proceso
de la erección está muy avanzado.
Entonces pienso ¿y qué?
Tengo un rabo pero para mí hay delante,
que más de así mide 14, 16 o 20 centímetros.
Yo únicamente lo que deseo es chuparlo y me voy a
dedicar a ello en cuerpo y alma.
Lo sacudo levemente mientras me mojo los labios de la boca con la
lengua.
Siempre facilita un poco el que los movimientos sean más dinámicos.
Sin más rodeo
el glande y lo encierro en mis fauces.
Me preocupo de acariciarle la rosada cabeza del sexo un par o
tres de veces, justo antes de situar ciegamente mi lengua, justo donde el tronco se une con el capullo,
en el cacareado frenillo, la diminuta pieza clave para entender una buena mamada.
Si le pasas la
punta de tu lengua por ahí a cualquier hombre verás cómo aprieta los dientes, cierra los ojos y
aspira profundamente, aunque de manera entrecortada, exactamente como hace Marco.
Mi mano izquierda se
entretiene magreando el escroto y mareando los testículos, mientras la derecha sujeta el falo
por la base con el propósito de facilitarme la felación.
Recorro todo el tronco insistentemente
de arriba para abajo.
Me detengo y una vez más redondeo el glande con la lengua numerosas veces.
La erección del sexo es total.
En mi mano izquierda siento cómo los huevos vibran sin cesar,
igual que un depósito recalentado a punto de soltar todo su contenido.
Así que contribuyo a
esta liberación, masturbando la polla y colocando mi lengua en el escroto.
Tío hacia arriba el
falo de manera que me sea más cómodo tratar con los huevos.
Estos quedan colgando, lo que
facilita mucho que pueda llevarme cada uno de ellos a la boca e individualmente rodearlos con
mis labios y dedicarles unos cuantos toques de lengua.
Lo suficientemente excitantes como para
que marco me avise de que la lluvia que se cierne sobre mí con un sonoro gemido.
Mantengo el sexo
apuntando hacia arriba cuando un chorro de esperma sale disparado por el orificio del glande y el
escroto se contrae mecánicamente.
Puesto que todo lo que sube tiene que bajar, miro en lo alto y
cierro los ojos esperando y deseando sentir la corrida caer sobre mi rostro.
Cuando eso ocurre,
estoy en la gloria.
Ricardo y Roberto, las dos herres suman entre los dos 20 puntos y es que están
riquísimos, igualitos a los tíos que salen en los anuncios de Colonia.
Auténticos figurines vanidosos
que dedican más tiempo a mirarse al espejo que a sus vidas.
Los típicos yuppies del nuevo milenio
aficionados a las clenchas siempre van juntos durante mucho tiempo en la oficina.
Se dijo que
eran una pareja de guys, que eran novios, pero nunca se ha demostrado de forma oficial.
El tema
ha dejado de ser importante, seguramente porque ya todos los otros se han habituado a verlos de aquí
para allá en pareja.
Pues la verdad, guys o no, a mí me encantaría que se me follaran a la par.
Mira lo que te digo, sería genial, de verdad.
No me cuesta nada visualizarlo.
Estoy segura de que,
desnudos, este par deben estar igual de buenos que vestidos.
Para algo se pasa en el día en el
gimnasio para disponer de un bonito cuerpo vibrado, pero no hay tiempo que perder.
Me
estiro sobre Ricardo y este palpa con su polla está a encontrar la capidad de mi raja.
Empuja
hacia dentro y gracias al grosor de su sexo mis labios menores se estimulan más rápidamente.
Aún queda lo mejor, Roberto.
Asoma por detrás y noto como su rabo se clava sobre mi culo y sigue
idéntico procedimiento al de su amigo.
El hinchado y ardiente capullo se hace paso a través de mi
ano mientras Ricardo hace ya un buen rato está machacando mi vagina con un irevenir de ritmo
frenético.
El dolor punzante y el placer más total dan como resultado un cóctel explosivo que
me hace perder el raciocinio.
Las facciones de mi cara se deforman dando paso a las muecas más
espeluznantes de placer mientras me retuerzo entre el escaso espacio que me brindan los cuerpos de
los dos hombres que me están jodiendo sin freno.
Ambos se dedican sin miramientos al castigo corporal
más brutal tal y como si se hubiesen puesto de acuerdo con seguir idéntico compás e idéntica
furia en sus embestidas.
Mis dedos se aferran a los brazos de Ricardo y las uñas se clavan sin
compasión en su moldeada carne.
La postura tomada por los tres no es lo que se dice cómoda pero la
situación resulta francamente excitante.
Empujados por un ardoni limitado y sin barreras de ninguna
clase y aquí seguimos mientras los segundos y los minutos cruzan velozmente entre nosotros y cada
posición de tiempo significa el éxtasis más absoluto.
El orgasmo puede ser apocalíptico y lo
será.
Uy, a lo tonto, a lo tonto, ya es la una del mediodía.
Después de mi ración de sexo, la verdad
es que no me han quedado muchas ganas de ir a comer.
Más bien de otra cosa.
En fin, me marcho ya
pero un día os tengo que contar las fantasías más retorcidas que me monto con las otras siete chicas
de la oficina.
Ni la imaginación más calenturienta sería capaz de superarme.