Se abrió la ranura del pijama y sacó su boya flácida y cansada, la misma que llevo viendo
desde que nos casamos hace siete años.
Algo desganada, pero dispuesta a hacer de aquel
intento matutino algo inoblible.
Me arrodillé frente a él, ansiando llevarme ese pedazo
de jugosa carne a mi boca, porque para algo a una le gusta el sexo, aunque las circunstancias
no acompañen como era el caso.
Comencé a chupar, deslice mi lengua por el tronco, notando sus
hinchadas venas a punto de estallar, rodeé el capullo con toda la sensualidad posible y lo
apreté cuidadosamente entre mis dientes.
Con la punta de mi lengua golpeaba suavemente el frenillo,
mientras que con mi mano libre me masajeaba con cariño sus pélvudos testículos.
Jugueteando
con ellos al libre albedrío.
Como resultado a mi insistencia y saber hacer, obtuve una corrida
en la cara antes de lo esperado, justo en el momento de indecisión en el que había empujado
el aparato para obrar un paso distinto.
Pero ya se sabe, Fermin es así, imprevisible e impaciente.
En cuanto al pene, regresó a su estado inicial.
El hombre volvió a esconderlo tras la ranura de
sus pantalones a rayas y exclamó, me voy a duchar.
Si no es pedir demasiado, tenme para luego un zumo
de naranja y un par de tostadas con mantequilla.
Y salió por la puerta de la cocina.
Tendrías que
haberme visto, amigos y amigas.
Yo allí, arrodillada, con una expresiva mueca de asombro
en mi cara y la corrida todavía deslizándose por las mejillas en dirección al cuello.
No podía
creer tanta desfachatez.
Quizás que Fermin se pensaba que a partir de ese día el desayuno
incluiría una mamada de regalo.
Lo normal es que le hubiera enviado a freír espárragos al momento,
pero aquella época era muy tonta y llevaba soportando cuatro años el desprecio y las
malas maneras de un matrimonio que hacía aguas.
Por lo menos en lo carnal, la cosa se mantuvo
interesante, incluso cuando empezó lo malo.
Pero desde hacía un año nuestros polvos eran de lo
más insulto.
Y lo que es peor, Fermin los dirigía a su antojo.
Me limpié la corrida de la cara y me
puse a exprimir las naranjas para el zumo.
En cuanto Fermin salió por la puerta y cumpliendo con
mis supuestas obligaciones maritales, me dispuse a limpiar la casa, empezando por la salita y
terminando por el fregadero.
Pero ese día me iba a detener más de lo acostumbrado en nuestro dormitorio,
pues hacía año y medio que no lo limpia a fondo.
Decidí ordenar todas las cajas de cartón y
reposaban encima del armario.
Cogí una escalera y subí, pero entonces algo me llamó la atención.
Entre tanta caja polvorienta y gastada por la humedad, destacaba una de esas para guardar
calzado, que se mantenía limpia, era roja y os aseguro que llamaba la atención.
La cogí y me dispuse
a abrirla, esperando encontrar fotos olvidadas de alguna fiesta.
Pero no, lo que encontré en su
interior fueron unas cuantas revistas marranas.
Sí, sí, de esas pornográficas, con fotos a todo
color de chicas y chicos, fornicando en posturas que jamás llegué a imaginar que se pudieran hacer.
Bajé de la escalera y me senté en la cama.
Comencé a ojear las revistas con dedicación,
al principio muy infada de haber descubierto el secretillo de Fermín.
Pero al poco rato comencé
a notar como los calores hacían acto de presencia, me estaba poniendo muy cachonda.
Finalmente no pude
más y terminé por masturbarme plácidamente.
En los sucesivos días se convirtió en costumbre
pasarme un rato leyendo las revistas de Fermín, en cuanto éste se marchaba a trabajar.
Y un día
descubrí un anuncio al que nunca antes había prestado atención.
¿Su marido no le hace caso?
¿Es usted una mujer insatisfecha?
No se angustie más en nuestra empresa y ofrecemos una hora de
placer indescriptible en compañía de tres atractivos varones bien dotados, todo higiénico,
seguro, con discreción, a precios muy económicos.
Atendemos llamazas de carácter urgente.
Me quedé petrificada.
Jamás en mi vida había oído nada de sexo a domicilio.
Y aunque mi primera
reacción fue indignarme y dejar de leer las revistas para devolverlas a su lugar correspondiente,
durante los días que fueron pasando tuve fantasías en las que hacía el amor con tres chicos guapos,
jóvenes y bien paridos.
Me planteé numerosas veces la idea de llamar y pedirles que me hicieran
feliz durante una horita.
Pero el miedo y la timidez me podían más.
Una mañana ocurrió algo
que me empujaría a echar mano del teléfono.
En otra de mis ya rutinarias mamadas matutinas,
a Fermín la cosa no se le animó.
Y fue tal su enfado que lo pagó conmigo, insultándome y
montándome un nuero del que todos los vecinos se enteraron.
Se marchó sin decirme ni adiós.
Ante el disgusto corrí a refugiarme en mi cama, llorado desconsoladamente,
pero lo que en principio era una terrible sensación de tristeza y desesperación.
Poco a poco se fue convirtiendo en deseo y venganza.
Recuerdo perfectamente cómo salté
de la cama.
Me subí por la escalera hacia lo alto del armario y recuperé la revista
del anuncio de sexo a domicilio, dispuesta a llevarme la porción de la tarta que me
merecía por años de sacrificio y entrega.
Llamar y pedir una visita de 10 a 11 no me costó nada,
pues llevaba una sobrecarga de adrenalina que ni una bomba.
Lo malo vino después.
A lo largo del tránsito de 9 a 10, durante esos 60 minutos, me estuve planteando una y otra vez
si había hecho lo correcto.
Dudé de mi cordura y por poco no llamó para anular mi pedido,
pero me bastó visualizar de nuevo a Fermín echándome la bronca para recordar el motivo
de tal llamada, así que en apenas 25 minutos corrí a ducharme y ponerme guapa.
Quería
impresionar a los tres fornidos invitados que esperaba.
Sonó el timbre de la puerta y el
corazón me dio un vuelco.
De camino a la puerta me detuve en el pasillo.
Estás loca,
me repetía a mí misma de forma incesante, pero de nuevo volvieron a llamar y reemprendí la marcha.
Cuando abrí la puerta me quedé totalmente asombrada de la calidad de los tres maromos
que había frente a mí.
Los tres enormes, atractivos y los tres sonrientes y educados.
Les hice pasar a la salita.
Llevaban un mono blanco con el logotipo de la empresa estampado
en la espalda.
Resultaba una situación de lo más extraña.
Les ofrecí algo para beber o picar,
pero los chicos se excusaron cortesmente ya que después de mí tenían otro servicio,
así que iban un poco justillos de tiempo.
Lo más adecuado era ponerse manos a la hombra,
y cuanto antes mejor.
Llegó la hora de la verdad.
Pensé, me quité la albornoz y me
quedé en ropa interior.
Situé mi figura frente a ellos y les pedí que hicieran conmigo lo que
quisieran.
Que lo quería todo, sin límites, quería gozar y de una vez por todas ser feliz.
El rubito teñido fue el primero que se acercó a mí.
Me acarició la mejilla y me susurró al oído.
No te preocupes por nada.
Somos profesionales.
Déjalo en nuestras manos.
Tú, límitate a disfrutar
lo máximo que puedas.
Rezaba para que así fuera.
El segundo chico, uno morenito, bajo la cremallera
del mono, y sacó su enorme y jugoso falo, que no tardó en nada en introducirme en la boca.
Mientras yo paseaba mi viscosa lengua por aquel hinchado y palpitante rabo, el tercero del grupo,
también rubio pero con perilla, no perdía el tiempo y se concentraba en arrancarme las
bragas casi a mordescos.
Con mi mano libre, masturbaba frenéticamente al primer rubito,
que prestó al placer, echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos con fuerza, dejándose hacer
por mi pericia en estos asuntos.
Porque, aunque Fermín no lo dijera, era una experta en cuestiones
amatorias.
Resultaba muy excitante sentir su músculo crecer e hincharse en mi mano.
Mientras le sorbía los enormes y pesados huevos al moreno, el primero de ellos, el más atento,
ya había llegado a mi coño y su lengua se precipitaba dentro, entre los labios,
humedeciendo el clítoris y volviéndome loca.
Seguidamente pasó a introducir su lengua en mi
recto y la hizo girar y girar con la intención de dejármelo bien mojado.
Mientras el de la perilla,
más caliente que el palo de un churrero, y sujetando su aparato totalmente recto,
se hizo sitio debajo de mí y, una vez se sintió cómodo, me penetró con cuidado.
Las paredes de
mi vagina se abrieron y dejaron sitio a su miembro, que empezó a sacudirlo hacia dentro y hacia fuera,
sin descanso, sin cesar.
La polla del rubito se encontraba en el interior de mi recto,
sacudiéndolo de forma abrasadora.
Me estaba haciendo sentir un placer indescriptible.
Mía no parecía estar a punto de rasgarse y no pude hacer otra cosa que gemir y expresar mi dolor
y mi placer a gritos.
Preocupados por mi bienestar, los chicos se detuvieron y me preguntaron si
aquello estaba resultando excesivo.
Yo les supliqué que no cesaran de darme placer ni un segundo,
ya que estaba disfrutando como nunca en mis 38 años de vida. 34 si no contamos los cuatro últimos.
Cada uno proncillo con su tarea, el de la perilla, debajo de mí follándome por el coño sin descanso,
chupándome y pellizcándome los pezones rojos de tanto ser apretujados entre sus dedos.
Delante
tenía el morenito cuyo apoyo parecía estar a punto de atravesarme la cabeza a cada embestida
que me dedicaba.
A ratos se le amasoseaba un poco con la intención de hacer descansar mi dolorida
lengua, pero para caña la del amigo que tenía detrás de mí.
Su sexo no dejó ni un descanso a
mi culo mientras se aferraba con sus manos a las nalgas, el reloj corría y el sudor se deslizaba
por nuestros cuerpos.
Era la maravillosa hora del semen.
Los tres dejaron de follarme, me rodearon
en un coro subrealista de penes erectos y comenzaron a masturbarse frenéticamente.
Yo les ayudaba como
podía agarrando sus ojos y densos falos y sacudiéndolos finalmente.
El esperma hizo acto
de presencia a chorro por la punta de cada una de aquellas hermosas pollas.
Fui bañada en leche,
caliente, sabrosa, repleta de vida.
Mi cara, mi pelo, mi pecho, todo quedó pringado.
Me dejé
caer sobre la moqueta y respiré profundamente, ahogada de felicidad, mientras los chicos se daban
prisa en hacer los números pertinentes.
No fue barato, pero valió la pena.
Aquella experiencia
me hizo ver que podía ser feliz sin Fermín, así que comencé a tratarle como se merecía.
Él incluso cambió de comportamiento y se volvió dócil y empalagosamente cariñoso,
pero ya era tarde.
Cuatro años de mala vida bien justifican un acto inmoral.
Una tarde,
mientras sojeaba de nuevo las revistas de Fermín, ahora visibles sobre la mesita que tengo junto a
la cama, descubrí que la misma empresa, que semanas antes me había hecho gozar tanto,
disponía de un departamento de sexo a domicilio dedicado exclusivamente a clientes homosexuales.
Y entonces una idea diabólica recorrió mi enfermizamente.