Relatos Hablados

Mi prima es una perra

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Tengo una prima que va más salida que los faros de un 600 y desde que perdió su virginidad con 17 años se ha vuelto una de las tías más putas que conozco. Además, la muy cabrona está podrida de dinero, por eso estoy segura de que cualquier día de estos se opera las tetas y se pone una como las de Yola Berrocal. Bueno, pues lo que os quiero contar es que una tarde, nos montamos las dos un trío...

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Voz por BellaPerrix
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Tengo una prima que es un auténtico diablillo. Se llama Francisca y siempre tiene ganas de un buen revolcón. Es una fresca. Le gusta el sexo con locura.

Desde que perdió la virginidad a los 17 años, no ha parado de hacer el amor con todos los que se le han cruzado en su camino y entre sus piernas.

Además, sus padres están podridos de dinero. Detalle que lo hace aún más atractiva a los ojos de los muchachos. No le faltan pretendientes que revolotean alrededor de ella con los molos moscones atraídos por la miel.

No se conforman con llevársela a la cama, pues también desean conducirla hasta el altar. Ahora tiene 25 años y el tripe de propuestas de matrimonio.

La muchacha es guapa de cara, delgada, no muy alta y no tiene apenas culo. Su busto es pequeño, pero tierno y hermoso, con unos pezones grandes y redondos que le cubren casi todo el busto.

A mí me parecen un par de tetas muy bonitas y bien puestas y a ella le deben gustar bastante, pues cuando llega el tiempo aprovecha cualquier ocasión para enseñarlas.

Tampoco le vendría mal que se le vas a agrandar un poco. Tiene pasta para eso y para una docena de liposucciones. Con lo que le van los hombres, si no fuera porque está podrida de billetes, se metería puta.

Quizá no está bien que yo diga eso de mi prima. Tampoco quiero insultarla, pero es que va todo el día salida. Tanto que, como me tiene confianza, más de una vez me ha propuesto ciertos jueguecitos cuando voy a verla.

Hasta la fecha no le he dicho nunca que no y es que a mí también me gusta el sexo, para qué voy a negarlo. La semana pasada decidí ir a visitarla.

Llegué hasta la mansión donde vive con sus padres y crucé la verja de la finca para encontrármela jugando al mini golf con Miguel, uno de esos muchos pretendientes.

Más que jugando al golf, estaba haciendo la golfa, deporte que se le da bastante bien y es el que más le gusta. Como había interrumpido el juego, mi prima propuso cambiar de escenario porque no entramos en casa, dijo ella con una sonrisa muy pícara.

Miguel conoce un deporte mucho más animado, el que también hay que menearla y meterla en un agujero, añadió con bastante descaro. Subimos las escaleras de la mansión corriendo, compitiendo entre nosotros, para ver quién jugaba antes al dormitorio de Francisca.

Entramos los tres a la vez y nos lanzamos sobre la cama al mismo tiempo. Mi prima, con cierta malicia, puso su mano sobre el paquete de Miguel y alardeó sobre las medidas íntimas del muchacho.

Tiene una polla tan larga como un palo de golf. ¿La quieres ver? El chico no quiso contrariar a Francisca, por lo que se bajó la cremallera del pantalón para dejar al descubierto su pene, el cual ya estaba en plena erección.

Tan duro y rugoso como el cemento. Se me iluminó la cara al comprobar como las medidas íntimas de aquel portento de la naturaleza se correspondían más o menos a las descripciones de mi prima.

¡Qué barbaridad! Era tan largo que no se acababa nunca y tan grueso que parecía un salchichón. Para cerciorarme de lo que veía no era fruto de mi imaginación y que allí tampoco había ni trampa ni cartón ni látex ni silicona.

Empecé a acariciarlo, tocarlo y manosearlo. Miguel no puso ninguna objeción. Se sentía muy orgulloso de su masculinidad y siempre le había seducido la idea de tener a dos peliquitas de veinte años a merced de su pene.

Como tienes pinta de tener más hambre que yo, dejaré que te penetre a ti primero, me dijo mi prima al oído. Por supuesto acepté de buen grado la invitación y me puse de espaldas al muchacho para que me la introdujera desde atrás.

Francisca no perdía detalle del coito y se metía los dedos en la vagina para masturbarse y para que fuera humedeciéndose. Se estaba preparando para albergar ese enorme y kilométrico vagón de tren.

La exigación de ambas iba en aumento y Miguel tenía el miembro y los testículos rojos como tomates. Y como ponía todo su empeño en satisfacerme, ni se quejaba.

No quería dar al traste con su fama de semental, de macho ibérico, de toro bravo. La metía y la sacaba con furia y debía descocerle los genitales con una penetración tan violenta.

Pero él seguía y seguía. Estaba cumpliendo su viejo sueño de beneficiarse a dos mujeres a la vez y no quería parar. Me estaba empalando literalmente.

Y en cada golpe de riñones notaba que aquel cacho iba creciendo y creciendo. Yo no paraba de gemir y poner los ojos en blanco. Me estaba corriendo de gusto y mi prima empezaba a impacentarse.

De pronto me introdujo para que le dejara participar en el coito. Aparta prima que quiero que mi conejo se coma esa zanahoria de un solo bocado, dijo un poco malhumorada.

Saltó y cayó sobre el miembro de Miguel y en menos de una centésima de segundo ya lo tenía todo adentro. Aquel cohete viajaba por una galaxia vaginal a toda velocidad con la intención de llegar hasta el infinito.

Estaba tan caliente que al recibir todo aquello gritó violentamente. Puso los ojos en blanco y agitó la cabeza. ¡Sí, qué bien! Yo tenía yo ganas de disfrutar de esta maravilla.

¡Qué gusto! ¡Sigue así! ¡Méteme la masa dentro! ¡Atravésame! ¡Sí, así, así! gritaba como una loca. Al principio me reí mucho con sus comentarios, pero después temí que nos descubrieran sus padres, si vociferaba de aquel modo.

Hubiera sido muy humillante si nos hubieran pillado así, completamente desnudas y encima jodiendo con un invitado. No quiero ni pensar qué habrían dicho mis padres.

Lamentablemente la diversión le duró muy poco a ella. Me voy a correr gritó el muchacho que no podía retrasar por más tiempo lo inevitable.

Y así fue. Como a las dos ya habíamos conseguido un par de buenos orgasmos y Miguel no tenía mucha más cuerda. No nos importó rematar la faena haciéndole una paja a cuatro manos.

Se la agitábamos y chupábamos al mismo tiempo. Nuestros dedos y bocas se alternaron como si jugáramos a la ruleta rusa. La afortunada que ganara recibiría como premio y en la garganta toda la munición de esperma que contenía el cargador de aquel pistolón.

Aquella arma de placer disparó y sus balas blancas impactaron en nuestras tetas y cuello. Compartimos aquel hombre como dos hermanas, como dos colegas, como dos buenas amigas.

Mi prima sonrió y dijo, ¿Hemos empatado? No ha ganado ninguna. Tendremos que desempatar. Miguel sonrió y nos aseguró que estaba dispuesto a empezar de nuevo, a sacrificarse por el bien de la competición. Aquel día volví a casa muy tarde.

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