Unas tienen la fama y otras cardan la rana.
Yo hago las dos cosas.
El título de la más fresca de la universidad me lo he ganado a pulso.
Y a golpe de riñones.
Mis notas son las mejores.
Y todos quieren prestarme los apuntes, darme clases de repaso,
hacerme los trabajos y presentarse a los exámenes por mí.
Saben que siempre pago mis deudas.
Y que devuelvo los favores.
Tengo la mandíbula dolorida y los labios amoratados,
al corresponder a los compañeros de pupitre.
Y algún que otro profesor.
No creas que no pego ni golpe.
He de sacrificarme mucho para ser considerada la más fresca del campus.
No soy ninguna ninfómana.
Aunque me guste el sexo, simplemente tengo la cara muy dura.
¿Para qué me voy a ganar el pan con el sudor de mi frente
si puedo comer solomillo con el esfuerzo del de enfrente?
A mis 20 años tengo muy claro que voy a sacarle partido a mi cuerpazo y mis curvas.
Y mientras las chicas me aguanten, espero que sea por mucho tiempo.
Conseguiré todo lo que me proponga.
Cuando acabe los estudios, como mis papas tienen dinero e influencias,
que me coloquen en una empresa donde pueda trepar con facilidad.
Mientras prospero laboralmente, espero ser la querida de dos o tres tíos podridos.
Cuando cumpla los 40, cerraré el chiringuito y a vivir de renta.
Tendré mis defectos, pero el despilfarro no es uno de ellos.
Estoy orgullosa de ser una auténtica hormiguita.
Si mis padres supieran lo que tengo en el banco, alucinarían.
Mi madre piensa que no tengo moral, que soy una desvergonzada,
que me visto y me comporto como una buscona de tres al cuarto.
Y que ella a mi edad no actuaba de ese modo.
Me alegro de no hacerlo.
Siempre demostró ser una mojigata y una tonta.
El verano pasado decidí pasarme tres pueblos
y divertirme todo lo que me viniera en gana.
Ya tendría tiempo de enderezar mi vida.
Solo sé joven una vez y quiero llegar a vieja con un montón de gente.
Quiero atesorar un buen número de vivencias sexuales
para ponerme cachonda recordándolas en mis momentos de soledad y masturbación.
Mis padres habían invitado a nuestro chalet al Primo Antonio,
un tiarrón del norte con aspecto de cazurro
y que tiene fama de estar muy bien dotado.
Yo las he visto de todas las formas,
tamaños y colores y he de reconocer que la suya vale la pena tenerla entre las manos,
la boca o las piernas.
Además, Antonio es un auténtico semental.
Uno de esos hombres cuya única habilidad es el sexo.
Así que me dispuse a aprender lo poco que me faltaba por saber.
Aunque las clases me parecen muy raras,
aunque las clases me supieran acabar con la espalda y los genitales hechos cisco,
aparentemente el primo es un personaje tranquilo,
al que le cuesta entrar en calor o excitarse con facilidad.
A mí no me preocupaba en absoluto.
Podía darme un poco más de trabajo, pero al final iba a ser mío.
Cierta mañana mis padres se ausentaron
para ir de compras al hipermercado y pasar casi todo el día fuera.
Me dejaron a solas con Antonio.
Las ocasiones las pintan calvas y aquella no se me iba a escapar.
Me puse a tomar el sol, me bañé en la piscina
y al salir me quedé en pelotas delante de él.
Antonio no quería ni plantearse un revolcón conmigo,
por lo que tuve que lanzar más leña al fuego.
Le pedí que me pusiera crema solar en la espalda
y entre friega y friega se le despertó el pajarito.
Aquel ave rapaz de un par de cojones quería escapar de su jaula
y asomaba la cabeza por debajo del bañador.
Yo que siempre he sido muy considerada con los animales.
Decidí liberarlo y una vez fuera de su jaula de algodón
le hice la respiración boca a boca hasta atragantármelo por completo.
Primero engullí la cabeza y luego seguí por el cuello
hasta llegar a los testículos.
Mmm, qué buena estaba.
Tenía el inconfundible sabor de pollo frito.
Pero no era pollo, sino una polla gorda y larga
que me iba a introducir por la raja en la primera ocasión.
Antonio estaba estupefacto.
No sabía si pegarme un bofetón o dejarse querer.
Como yo llevaba la iniciativa opto por lo segundo.
Puso cara de despiste y me dejó hacer.
Por lo mucho que yo abría la boca
y por lo rápido que me llegaba hasta el final de la garganta
se trataba de un pájaro en vías de extinción.
Así que me dispuse a mimarlo.
Un ave prehistórica como aquella me iba a proporcionar
mucho más placer del que había conseguido hasta el presente.
Mmm, ya me he hartado de chupar, lo dije muy decidida.
Y con ese mismo ímpetu,
le cogí por los hombros y lo tumbé al borde de la piscina.
Ahora que la tenía bien tiesa
podía cabalgarle y gozar hasta el límite.
Tan solo el pudor me lo impedía.
Y yo, como no tengo de eso,
me senté encima sin pensarlo
y a mi tiempo él va a decir que no.
Me la enchufé hasta el final en un solo intento.
Estaba tan excitada y mojada
que era como si me hubiera introducido antes
una barra de mantequilla.
Su pene resbalaba en mi interior
como si estuviera empapado de aceite.
Era extremadamente grueso.
Mmm, y los labios vaginales
le prenderían a él como ventosas.
Esto provocaba que mi clítoris
se descapullara por completo.
Así, de este modo, podía acariciarme con mayor soltura.
Tener aquel portento en mi vagina
y masturbarme al mismo tiempo.
Pero la leche...
Mmm, a todo esto, Antonio permanecía inmóvil.
Sin moverse ni abrir la boca.
Ni tan siquiera suspirar.
No ponía resistencia alguna.
Miraba al cielo fijamente como si contara las nubes
que sobrevolaban nuestras cabezas.
Podía haberme puesto las manos encima,
sobado el culo, magreado los pechos.
Podría haberme lamido los pezones
o besado en la boca, introducido la lengua.
No hizo nada de eso.
Permaneció impasible, como si aquel polvo
no se le hubiera dejado de apretar.
No importaba un rábano su actitud,
mientras su pene permaneciera rígido como una roca.
Cabalgaba sobre él con un ritmo frenético,
como si estuviera impaciente porque se corriera.
Y tal fue mi entrega que no tardó demasiado en hacerlo.
Me llenó por dentro
y tal fue la cantidad de esperma
que cuando me levanté, el semen mojó
y resbaló por mis muslos.
Cuando él se puso en pie, me miró fijamente
a los ojos y me dijo.
No deberías haberlo hecho.
Y me dio un bofetón
que casi me tiró al suelo.
Me llamó puta y se fue al interior del chalet.
Se duchó, hizo las maletas y se despidió a la francesa,
o sea que se marchó como folló, sin abrir la boca.
Me quedé de piedra
y no supe qué decirle a mis padres.
De eso hace ya unos meses
y el primo Antonio sigue cabreado con la familia.
Papá y mamá no saben el por qué
y yo no se lo voy a explicar.