Ya suele ser normal en mí que me levante por las mañanas de un humor de perros, pero lo de hoy roza la humanamente comprensivo.
Cada paso que doy, blasfemo.
Odio al tipo que da las noticias en la radio.
Si aún viviera con mis padres, les odiaría a ellos, pero a falta de progenitores he decidido detestar a mi pareja.
En la cocina, mientras preparo el nocafé con leche con notable desgana, Luis viene, me da un beso en la mejilla y se va al lavabo sin recibir nada a cambio.
Estoy harta de todo.
Parece como si hoy me hubiera despertado dándome cuenta de algo que es una triste evidencia desde que empecé a comportarme como una persona madura.
Mi vida no lleva a ninguna parte.
Solo hay rutina y más rutina.
Y no parece que la cosa vaya a cambiar.
Lo que decía, estoy hasta las narices de este plan y precisamente hoy, 1 de mayo del 2001, he decidido romper con todo y remarco el todo para que quede claro.
Mi primer ataque de rebelión será contra el desayuno.
Me largo de la cocina mientras la leche comienza a hervir en el fuego.
No me importa.
Abro el armario en busca de ropa.
Siempre la misma historia.
¿Qué me pongo?
Da igual.
Elijo las prendas básicas sin tan siquiera mirarlas y me visto.
Eso sí, la ropa interior, la de ayer.
No me la pienso cambiar.
También me rebelo contra el dogma de la higiene.
Esta mañana no pasaré por la ducha.
Ni me peinaré siquiera.
Me largo.
Cruzo la puerta del baño y oigo a Luis canturrear feliz bajo el agua.
Pobre desgraciado.
Luis es feliz así, haciendo siempre lo mismo y sabiendo lo que le espera al girar la esquina.
Yo no puedo más.
Que se vaya la mierda.
Ya estoy en la calle.
Ni me he tomado la molestia de saludar a mis vecinos.
Al fin y al cabo, nunca me han caído bien.
Me siento en un banco y se me ocurre una idea maliciosa.
Me pongo en pie.
Me levanto la falda y me quito las bragas ante el estupor general.
Es demasiado pronto.
Y para muchos, lo que están viendo debe ser parte de la alucinación resultante de una mala noche.
Camino unas manzanas abajo con las bragas en la mano.
Me acerco a un viejo y se las ofrezco.
El tipo me mira espantado y comienza a insultarme mientras se aleja de mí.
Mejor, no me hubiera gustado que se las quedara.
Sigo dispuesta a acabar con todas las normas sociales impuestas.
Así que al cruzar ante las mesitas exteriores de un bar café, me acerco hasta un par de niñatas.
Por la horrible decoración de sus carpetas deduzco que deben ser estudiantes universitarias.
Me lanzo directamente sobre el dono de una.
Lo cojo.
Me como un buen pedazo.
Se lo devuelvo y me alejo degustando el dulce sabor del azúcar.
Estas no se han atrevido a decirme nada.
Aburrida, decido meterme en unos grandes almacenes y llevarme algo sin pagar.
Cuando de pronto, me encuentro con Roberto, un viejo amigo de la facultad.
Casi sin darme cuenta, olvido mi ataque de ira y me limito a seguir los convencionalismos sociales habituales.
La diferencia es que esta vez me salen del corazón.
Roberto siempre me ha caído bien.
De hecho, hace 7-8 años nos enrollamos durante una noche de juerga.
Lo hicimos debajo de las escaleras de casa de un colega y fue una auténtica pasada.
Tras los dos besos de rigor me intereso por lo que hace el sol a las puertas de un gran almacén.
Me comenta que su día libre, y que a falta de algo mejor, ha decidido ir de compras para pasar el rato.
Le comprendo.
Yo también era una persona enfermizamente consumista.
Hasta hoy.
Le invita a tomar una copa y acepta encantado.
Mientras nos dirigimos al bar más próximo, comienza a inquietarme la idea de que Roberto me vea con este aspecto tan desaliñado.
Notará que no me he duchado hoy.
Espero que no.
Buscamos el sitio más arrinconado del bar.
No está muy lleno y tampoco muy iluminado.
Así que nos situamos tras una columna, lejos de los ojos curiosos del aburrido barman y un par de ancianos que juegan al domino.
Apenas llevamos un minuto de charla, cuando comienzo a notar que mi cuerpo se acalora.
Miro a Roberto y mentalmente visualizo aquel polvo estudiantil que mantuvimos en tiempos mejores.
Me encantaría repetir.
Hoy es el día perfecto.
Estoy dispuesta a no pensar en las consecuencias.
Ni en Luis.
Ni en nada.
Lo único que quiero es que Roberto me clave su polla.
Supongo que habrá que hacerlo entender, así que estiro mi pie y lo apoyo sobre el paquete de mi acompañante.
El tío se ha quedado helado.
Me mira sorprendido, le sonrío y él me sonríe.
Así nos quedamos unos minutos, mientras de fondo oigo el murmullo de la gente y siento su polla crecer bajo la planta de mi pie.
Roberto me lo sujeta por el tobillo, lo aparta, se desabrocha el pantalón a la vez que me hace un gesto para que me acerque.
Ni me lo pienso.
Me arrodilló a su lado y observo su polla aún creciente.
Cae hacia un lado y el capullo lucha por salir a través de la piel.
Decido echarle una mano.
Tiro de ella para abajo y el glande me saluda.
Rojizo, brillante y húmedo.
Está esperando ser chupado.
Roberto y yo volvemos a clavarnos las miradas mientras que mi mano le masturba durante un rato, para seguidamente pasar a cuestiones de tiporal.
Me meto toda la tranca en la boca y hago chocar el glande con mi paladar, al tiempo que por debajo la lengua caricia el frenillo y parte del tronco.
Mis labios rodean el tronco y mamán dejando todo embadurnado de saliva.
Roberto gime profundamente.
Tiene los ojos cerrados.
Así que me encargo yo del puesto de vigía.
Dejo un momento en mi labor para ver si el ambiente del bar sigue en calma.
Así es.
Por ahora nadie mira.
Nuestra columna nos protege de posibles mirones.
Pero no demasiado, porque entonces la cosa ya no tendría morbo.
El rabo de Roberto está extremadamente duro y caliente.
Casi quema en mis manos.
Me pide que me siente encima de su falda y yo lo hago sin rechistar.
Cuando me pregunta si llevo algo de protección hago idos sordos.
Por una vez voy a saltarme esa regla y asumir el riesgo.
¿Dónde está si no la emoción?
Mi amigo se sorprende cuando nota que su glande acaricia los labios de mi vagina.
Estoy segura que se debe preguntar dónde he puesto las brajas.
Pero no voy a ser yo quien le saque de dudas.
Sonrió y dirijo mi mano hacia su sexo con el fin de facilitar la entrada.
El pene se desliza lentamente hacia mi interior y mientras esto ocurre siento los primeros cosquilleos que recorren todo mi sistema nervioso.
Sí.
Encajados uno en el otro, Roberto busca ansiadamente un hueco entre los botones de mi blusa para acariciarme las tetas.
Pero no se lo pongo nada fácil, ya que con tanto jaleo me deslizo de un lado para otro mientras noto su polla palpitar entre mis piernas.
Detengo el sube y baja un momento y busco una nueva manera de encontrar el placer mutuo.
Hago girar mi cadera formando círculos sobre mí misma.
No es fácil, pero así el éxtasis aumenta notablemente.
Roberto sigue escudriñando mis tetas por encima de la blusa.
Anda desesperado intentando morderme un pezón, pero lo va a tener difícil.
Entre jadeos le sujeto la cara y le empujo hacia atrás.
Acerco mis labios a los suyos y clavo mi lengua en su boca.
Él me devuelve el gesto y jugamos al intercambio de saliva mientras ambas lenguas se enroscan una con la otra y nuestros sexos calientes y rojizos buscan el orgasmo desesperadamente.
Separamos los labios, cerramos los ojos, echo la cabeza hacia atrás y suspiro profundamente.
Roberto me aprieta el brazo con fuerza y me advierte que se va a correr, así que doy un salto hacia atrás y su polla resbala por mi vagina hasta caer pesadamente.
Roberto se la sujeta con una mano e inicia la maniobra en busca de la eyaculación.
Yo me siento en la silla de la mesa contigua y directamente me llevo un dedo al coño.
Vamos a terminar este polvo con una buena paja.
Quizás podríamos hacernosla el uno al otro, pero no hay tiempo.
Urge más el orgasmo.
Castigo el kilítoris mientras me recreo en el glande morado y a punto de estallar del sexo de mi amigo.
Subo la mirada y veo su rostro congestionado, sus dientes apretados.
Ay, sí.
Sus piernas se tensan, elevo el culo de la silla y tras gemir casi de forma imperceptible el semen de Roberto sale disparado como un cohete hacia la nada.
Justo ahora es mi turno.
Mi cuerpo queda paralizado y durante una décima de segundo pierdo la noción del tiempo.
Es justo el momento en el que me estoy corriendo.
Sí, es demasiado.
Tengo los ojos fuertemente cerrados pero hago un último intento de separar los párpados para ver la polla de Roberto perder su erección y el brillante esperma deslizarse por la mano hacia los tejanos.
Aquí acaba nuestro encuentro.
Aún borrachos de placer y notablemente jadeantes no damos tiempo para más.
Pago el café de ambos bajo la acusadora mirada de un barman que desde el principio sospechaba algo y salimos de ahí.
Nos miramos, sonreimos y volvemos a nuestras respectivas rutinas sabiendo que probablemente jamás volvamos a repetir aquello.
De camino a casa me avergüenzo de mí misma.
Me temo que mi repentino espíritu revolucionario era más causa de una necesidad sexual insatisfecha que de auténtica actitud guerrera.
De follar en el sentido más estricto de la palabra.
Con Luis hago el amor y necesitaba un cambio.
Ahora que ya he follado como Dios manda ha desaparecido todo mi rencor hacia el resto de la raza humana.
Me siento tan fea y tan estúpida.
Espero que en el trabajo no me echen la bronca.
Tendré que inventarme alguna excusa fiable.
¿Y Luis?
¿Estará enfadado conmigo?
Espero que no.
Lo único que me apetece ahora es dormir entre sus brazos.
Y mañana por la mañana tomar el café con leche a su lado y mirarle a los ojos mientras me siento afortunada.
A esto le llamo yo, verdadero nihilismo.