Estaba a las puertas del altar, a punto de decir el si quiero.
Ya teníamos medio piso
amueblado cuando decidí echar el ancla.
No es que Paco no me gustara.
Sin embargo, había
otro compañero de trabajo que también me hacía Teline, y protagonizaba en mi cabeza
tales fantasías eróticas que empezaba a plantearme en serio lo de ponerle a los cuernos,
a uno como al otro.
Los había conocido en la oficina donde hago de secretaria, recepcionista,
recadera y chica para todo.
Paco viene por las tardes para llevar los libros de contabilidad,
y Miguel, el objeto de deseo y la manzana de la discordia, se presenta de vez en cuando
para ponerle las pilas a los vendedores de la empresa.
Las relaciones con mi novio empezaron
de un modo corriente e insulso.
Solíamos coincidir en la máquina expendedora de café, y mientras
aguardábamos nuestro turno, tirábamos las monedas y esperábamos a que nuestros vasos
de plástico se llenaran, intercambiábamos alguna que otra frase boba, de esas que suelen
utilizarse en las conversaciones de ascensor.
Poco a poco fuimos congeniando, y las tazas
de café también las tomábamos fuera del horario laboral.
Al salir del trabajo, siempre
íbamos al bar de la esquina para conversar, antes de separarnos e iniciar la vuelta a casa,
cada uno por su lado.
Cierta tarde, cuando esperaba el autobús, Paco pasó por la parada con su coche,
abrió la puerta y me invitó a subir.
Me preguntó dónde vivía.
Acompañarme a casa, a pesar de que
vivíamos a cierta distancia el uno del otro.
Desde ese día, Paco se convirtió en mi taxista
particular.
Me recogía por las mañanas para llevarme al trabajo, me regresaba por las tardes,
e incluso se ofrecía a hacerme de transportista algún que otro sábado por la mañana, cuando
iba a comprar material para la oficina.
Empezamos a vernos los fines de semana, a ir al cine,
a la discoteca, a las copas, a cenar, salir de excursión y todas esas actividades que se suelen
hacer.
Dado que al principio éramos solo amigos.
Nunca salíamos solos y siempre estaban los colegas
de él o los míos para hacernos de carabina.
Poco a poco fuimos encariñándonos el uno del otro,
y de los besos en las mejillas pasamos a los labios y con la lengua y de las manitas al magreo.
Y aunque nos tocábamos y nos morreábamos con auténtica pasión, no me atrevía a dejarle llegar
mucho más lejos hasta que él no se comprometiera.
Al poco de salir decidimos irnos a vivir juntos,
con lo que empezamos a buscar piso.
Recuerdo que la tarde en que trajeron los moles del dormitorio,
no pudimos resistir la tentación y acabamos estrenando la cama.
Todo fue muy rápido y se
inició de una forma más tonta.
Paco quería probar la resistencia y el colfor del colchón.
Para ello se quitó los zapatos y se subió a él y empezó a saltar como si se tratara de una cama
elástica.
Al verle comportarse como una criatura, me puse seria y insinué que me iba a enfadar si
proseguía con sus brincos, pues temía por la cama.
Paró en seco, hizo unos pucheros y se estiró.
Me eché a su lado, le di un beso en la mejilla y ahí empezó todo.
Nuestras bocas se unieron mientras
yo le desabrochaba los botones de la camisa.
Puse mi mano sobre su pecho y empecé a acariciarle
el vello.
He de confesar que me gustan los hombres peludos, los torsos fibrados, musculosos y repletos
de pelos.
Cuando le mordí las tetillas, noté que el bulto que tiene entre las piernas crecía y
crecía hasta alcanzar la posición de firmes.
No tardé demasiado en pasar revista.
Le baje la
cremallera del pantalón y hice otro tanto con los calzoncillos.
Le dejé en pelota picada, tan
desnudo como cuando nació, aunque con la misma erección jovenzuelo en su primera aventura sexual.
En pocas ocasiones se le había visto tan grande y dura.
Parecía un globo a punto de estallar.
Le bajé el prepucio y dejé al descubierto el glande.
Lo tenía gordo y morado, si bien fue
cambiando paulatinamente de color con cada lamida hasta alcanzar el rojo tomate.
Pasé la lengua por
toda su verga y chupé sus cojones con gula y tal fuerza que por poco no traspasan el escroto.
Estaba
dispuesta a no parar de chuparle el miembro hasta conseguir que se corriera en mi garganta.
Me lo
metí toda en la boca y fui sorbiendo por esa caña de carne con la misma dedicación que empleo
en los refrescos veraniegos.
Por el momento pensé que tenía entre mis dedos la pajita de un vaso de
horchata.
Ospiré y aspiré, pero el semen no llegaba.
Paco se resistía a entregarme de este modo el
néctar de su virilidad, porque deseaba llegar hasta el final.
Es decir, quería follarme.
Hasta esa
fecha no se lo había impedido, comentándole y contentándole con pajas y otras manualidades.
E incluso le ofrecí un par de veces mi trasero para que se descargara, pero nunca quise llegar
más lejos por motivos personales que nada tienen que ver con la virginidad.
Perdí el virgo hace
bastante tiempo y mis otros coitos no fueron precisamente memorables.
Quizá por lo poco que
había disfrutado en manos de tipos que apenas me importaban, deseaba encontrar el momento propicio
y mágico para disfrutar plenamente con el hombre de mi vida.
Aquel parecía que era el lugar idóneo y
el momento preciso para hacer el amor, así que me dejé llevar por las circunstancias y no eché el
freno para nada.
Incluso fui yo quien tomó la iniciativa.
Al percibir que él no tenía bastante
con mi lengua, me desnudé por completo y le ofrecí mis otros labios, los que están entre mis piernas.
No me lo pensé dos veces.
Se paré las piernas, levanté el culo y le hice ver que mi gruta estaba
empapada.
Con mi rajita estaba mojada, dispuesta a recibirla embestida de su ariete.
Se enganchó para
lamerme, pero yo lo detuve.
No quería que me lo comiera, sino que me penetrara.
Como un buen
entendedor, pocas palabras bastan.
Paco me la metió sin perder más tiempo.
La introdujo con brúsqueda,
como temiendo que me echará atrás a medio camino.
Muy al contrario, le pedí que iniciara el toma y
dale, pues estaba tan caliente que sólo eso podía apagar mi calentura.
El coito duró casi toda la
tarde entera.
Naturalmente cambiamos de posición constantemente y cuando él se cansaba de estar
arriba, yo me colocaba encima.
Tuve varios orgasmos y él se corrió dos veces.
Lo cierto es que con Paco
sacié el hambre de macho que llevaba atrasada.
A partir de esa tarde ya no he tenido ningún reparo
en volver a hacer el amor con él.
Lo cierto es que disfruto más y más en cada nuevo encuentro.
Pronto nos casaremos y aunque sueño con el día de mi boda, también lo hago con la noche en que me
folle a ese otro compañero de trabajo.
Malgradamente ese momento se ha convertido en una obsesión
enfermiza que me lleva incluso a pajearme por no poder aguantar mi calentura.
Es cierto que Paco
es el hombre de mi vida, que le amo con locura, pero antes de decir él sí quiero, mucho me temo
que acabaré por ponerle los cuernos.