Relatos Hablados

Paco me metió el taco

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Todo comenzó una noche mientras bailábamos en la discoteca de nuestro pueblo. Estaba tan cachonda que le manoseé el paquete a mi novio Paco delante de todo el mundo. Luego nos fuimos a su casa y por fin conseguí que Paco me metiera el taco por todos los agujeros.

Todo comenzó una noche mientras bailábamos en la discoteca de nuestro pueblo

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Voz por BellaPerrix
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Tengo 25 tacos y hace casi un año que salgo con Paco, un tipo de mi misma edad, que es algo musculoso moreno de piel y está muy bien dotado.

Quizá esto último es lo que me llamó más de la nivel físico cuando me lo presentaron. Al verle por primera vez, enseguida me fijé en el bulto que se le marcaba a la altura de la cremallera.

A Paco le gusta ponerse tejanos muy ceñidos, aunque eso esté más pasado de moda que el peine en el bolsillo de atrás. Le pone tanto marcar paquete que una no puede dejar de recrearse con semejante hermosura.

Antes de poder palpar la herramienta, fantaseé con ella durante unos cuantos días. Cada vez que me desnudaba para meterme en la cama, me tocaba pensando en lo grande que debía ser.

Tantas ganas tenía de manosearla que una noche le metí mano descaradamente. Todo empezó en la discoteca del pueblo donde vivimos. El pinchadiscos había iniciado la sesión de los lentos y ambos salimos a la pista para bailar un tema de Julio Iglesias.

Al abrazarnos, Paco, muy discretamente, puso las manos en mi trasero y me atrajo hacia él para que nos juntásemos más. Apoyó su paquete entre mis piernas con todo el descaro del mundo.

Así que pude percibir cómo su miembro iba creciendo, poniéndose duro por la excitación. Yo sentía como aquel trozo de carne presionada vibraba por debajo de la Tejana.

La ostentación de su masculinidad me estaba citando de tal modo que te vi empapar mi ropa interior. No sé lo que me pasó por la cabeza, pero pudo más la tentación que la vergüenza.

Así que le toqué el paquete con la mano y apreté como si fuera medio limón que quisiera exprimir. Cuanto más lo palpaba, más gordo y duro se ponía.

Al principio se quedó inmóvil, como si no se lo esperara, pero pronto reaccionó, besándome en la boca con lascivia y babas. Me metió la lengua hasta la garganta y su mano se coló dentro de mis pantalones para sobarme los glúteos por encima de las bragas.

Franqueó la costura y su pulgar apanzó por la raja del culo hasta que encontró el agujero y se introdujo en él. En esos instantes perdí por completo la vergüenza y no me importó dar el espectáculo en plena pista de baile.

Más de uno puso cara de pasmo cuando vio cómo le bajaba la cremallera del pantalón y metía la mano para acariciarle el miembro. La cosa estaba lleno demasiado lejos, así que decidimos apurar nuestra última copa y recoger nuestras chaquetas en el guarda ropía para salir fuera, meterlos en el coche y decidir dónde rematábamos la faena.

Paco vive en las afueras, en una casa solitaria. Yo resido en el tercer piso de un pequeño edificio situado justo enfrente de la plaza mayor.

Ya se sabe cómo son los pueblos, que todos son habladurías. Y aunque a mí me importa un comino lo que digan sobre mí, estoy soltera y no tengo que rendir cuentas a nadie, pero no quiero servir de carnaza para las cotillas que no tienen otra cosa que hacer que hablar mal de los demás.

Para evitar todo eso, nos fuimos a su casa. Allí ya podíamos gemir, jadear, gritar y hacer todo el ruido que quisiéramos. Esa es la ventaja de los que no tienen vecinos.

Cuando entramos en la sala de estar, Paco conectó el amplificador, puso un compacto en el lector de ceder y dejó que sonara la música a todo volumen.

Yo me puse a bailar de un modo insinuante. Con la segunda canción, fui desabrochándome los botones de la blusa muy despacio, de uno en uno y sin prisa alguna.

Al acabar el disco, estaba casi desnuda. Tan solo me faltaba por quitarme las bragas, el sujetador y las medias. Él, por su parte, no había perdido el tiempo.

Estaba en calzoncillos acariciándose el pene por encima de la tela. Por cómo se lo tocaba, estaba casi a punto de saltar la nata. Liberé mis pechos y me pellizqué los pezones con dulzura y suavidad.

Tan solo se trataba de pegarles el toque para que se pusieran tan firmes como el miembro de Paco. Me acerqué hasta él y le bajé los calzoncillos, dejando al descubierto su ansiado caramelo.

Me puse de rodillas y se lo lamí. Le di unas cuantas pasadas con la lengua para humedecérselo, luego se lo mamé. Me lo tragué hasta el fondo y no paré hasta que la nariz tocó el pelo de su pubis.

Le brillaba el glande al estar mojado de saliva. Mis labios resbalaban por aquellos carnosos centímetros. Paco disfrutaba con cada bocado y apretaba los dientes intentando no correrse todavía.

Conseguí que su verga creciera aún un par de centímetros y que sus huevos se endurecieran como un par de pelotas de ping-pong. Él, por su parte, logró que mis pechos se pusieran tan rígidos como sus testículos.

Se echó encima y me la metió en un solo intento. Estaba tan lubricada que franqueó la entrada sin apenas esfuerzo. Se deslizó en mi interior y sentí que todo mi cuerpo se estremecía.

Mis carnes aprisionaban ese miembro impregnado de saliva y lubricado por mis jugos vaginales. Mientras él me penetraba, paseaba sus dedos por mi trasero, amarrándome las nalgas con firmeza, palpando cada centímetro de mi culo, explorando la raja que une esas dos buenas y rechonchas porciones de carne, introduciendo algún dedo en el ano.

Cuando franqueó ese pequeño orificio, me excite de tal modo que le mordí los pezones como si él fuera una mujer. Le hice un poco de sangre, aunque esa no fue nunca mi intención.

Él debió asustarse con mi comportamiento tan agresivo, pues frenó en seco y dejó de moverse, extrayendo el dedo del ojete y las manos de esa zona mullida y carnosa.

Tras ese pequeño intermedio y mal entendido, Paco prosiguió con su prospección, metiendo y sacando el pene y arrancando menos cuantos orgasmos.

Cada vez que llegaba el clímax, el vello de mis brazos erizaba y mi garganta se contraía, para acabar soltando un par de gritos que debieron dejarle sordo por unos instantes.

Estaba tan inmensa en mi propio placer que ni me enteré cuando se corrió. Afortunadamente, aquella tarde había tomado la pílora, algo que suele hacer puntualmente y de forma habitual para evitar futuras sorpresas.

Debería de haberle obligado a ponerse el condón, pero con la calentura y el frenesí se nos fue el santo al cielo. Afortunadamente Paco es un tipo sano.

Ahora, después de hacernos novios, también es un tipo fiel, incapaz de irse a la cama con cualquiera. Si aquella primera vez se saltó sus propias reglas y principios, debió ser porque yo soy la mujer de su vida.

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