Relatos Hablados

Solución sexual para la monotonía

0:00 / 9:51

Después de varios años casados y aburridos debido a la monotonía, conocimos en aquel local de intercambio de parejas a un matrimonio que consiguió encender de nuevo la llama de nuestra pasión.

65 escuchas

Voz por BellaPerrix
📜 Ver transcripción (se sincroniza con el audio)

Nuestro matrimonio iba francamente mal. Muy mal. Hasta el punto de pensar en la separación de bienes y el divorcio. No era cuestión de incompatibilidad de caracteres, ni de infecilidades, ni mucho menos de violencia doméstica.

Tan solo de inapetencia. Podíamos habernos permitido acudir a los abogados, dado que ambos trabajamos y ganamos lo suficiente. Como para poder pagar las minutas, el papuleo, incluso buscar piso y vivir solos.

Tampoco tenemos hijos. Con lo que no teníamos el pretexto emotivo de permanecer juntos por los niños. En cuanto al que dirán, francamente nos importaba bien poco.

Y si a nuestros padres les molesta, que les moleste. Porque no hemos dado el paso. ¿Y por qué darlo? Si nos seguíamos queriendo y nos llevábamos de maravilla.

¿Qué ocurre entonces? Podríamos resumirlo en que el fuego de la pasión se apagó y no quedan encendidas ni las brasas. Nuestros polvos son cada vez más espaciados y carecen de la emoción y el morbo de antes.

Antonio, mi marido, ya no me pone. Como cuando éramos novios. Y eso no es porque se haya quedado calvo o su barriga se haya convertido en un inmenso tanque de cerveza.

Tiene más años, pero sigue estando tan bueno como siempre. Vamos, que es uno de esos maduros de la gran pantalla por los que babían muchos adolescentes.

Si tengo un bombón en la cama. ¿Cómo es que no le hago ni caso? No me he vuelto lesbiana ni frígida, ni tampoco padezco depresión. Simplemente le tengo muy visto.

Por mi parte, yo todavía tengo un buen revolcón. A educar por los tíos con los que me he ido poniendo los cuernos este último año. Y aún así, no consigo que Antonio se fije en mí como antes.

El tibio llegó a nuestra vida marital. El sexo entre nosotros empezó a ser tan aburrido como la transmisión televisiva de una final de ajedrez.

Nos hemos estado desahogando por nuestra cuenta. Y cada vez con mucho más descaro. Vado que ambos sabemos que nosotros hemos morido sin gaños.

Pensamos que era un estupidez seguir fingiendo y aparentando. Hace una semana hablamos. Y hablamos de lo nuestro hasta las horas de la madrugada.

Y llegamos a la conclusión de que... Era una lástima... No sé, lanzar por la borda tantos años de matrimonio. Por algo tan fíbolo como el sexo.

Después de discutirlo mucho, decidimos ir a la caza y captura de un bolbete. Pero esta vez juntos. Compramos una de esas guías eróticas de la ciudad.

Y buscamos uno de esos locales de intercambio de parejas. Escojimos el que nos caía más cerca. Y nos vestimos para la ocasión. Salimos de casa con ropa elegante, de marca.

Aunque informal, deportiva y discreta. Ya que no queríamos llamar la atención. Pero tampoco pasar desapercibidos. El término medio era lo mejor.

Nos presentamos en el estabrecimiento. Y no tardamos demasiado en conocer a Leopoldo y Josefa. Una pareja de nuestra misma edad. Nos tomamos unas copas, conversamos un poco.

Y en menos de una hora ya estábamos en su casa. Dispuestos a vivir una noche de desenfreno por mutuo acuerdo. Vamos. Una vez nos instalamos en la sala de estar.

Leopoldo y Josefa decidieron ponerse más cómodos. Por los que se fueron al dormitorio. Se quitaron la ropa y regresaron vestidos tan solo con una bata de baño.

Nos tomamos unas copas. Y nuestra infritión nos comentó abiertamente. Que ya sabíamos a lo que veníamos. Y que ya éramos muy mayorcitos como para perder el tiempo.

Tras ese pequeño discurso se acercó a mí. Mientras su esposa se abría la bata. Y se lanzaba sobre Antonio. Nos quedamos de piedra. Y aunque nos lo esperábamos.

No supimos reaccionar. Todo iba demasiado rápido. Unos cuantos morreos y toqueteos caldearon el ambiente. Pero no lo suficiente. Ellos debieron darse cuenta de que aquella situación nos incomodaba.

Por lo que pusieron el freno de mano y cambiaron de estrategia. Nos pidieron amablemente que nos sentáramos en el sofá. Instalaron un viejo proyector de Super 8 encima de la mesa.

Y proyectaron unas cuantas películas pornográficas. Para ver si así entrábamos en calor. Aquellos viejos celuloides, rancios, de los 70 nos dejaron tan helados como al principio.

Eran cortos de mujeres fofas y feas. Y tipos con un pene normalillo. Que hacían lo que podían. Y era más bien poco. Aquellas imágenes carecían de glamour.

Y de buen gusto. Aunque tenían su gracia. Cuando íbamos por el décimo rollo, llamaron a la puerta. Se trataba de Carlos y Susana. Otro matrimonio liberal.

Y con ellos ya éramos seis. Los cuatro amigos se conocían desde hacía tiempo. Y se tenían tanta confianza que se intercambiaron las parejas.

Para iniciar una sesión de sexo en vivo con los otros espectadores. Con toda franqueza. Aquello me pareció mucho más... Patético que toda la caspa porno que había proyectado.

Pero... Como ni Antonio ni yo somos de piedra. Hizo su efecto. Pequeño hormigueo recorrió mi columna vertebral. Mientras mis ojos se clavaban en los culos.

Peludos de ellos. Y en sus miembros. De un tamaño aceptable. Y perfectamente rígidos y erectos. Antonio me dio un beso en la boca como los de antes de nuestro matrimonio.

Y yo coloqué la mano encima de su paquete. Como si fuera la primera vez. El intercambio de parejas nos estaba poniendo muy a tono. Nos desnudamos mutuamente.

Nos levantamos del sofá. Y nos echamos sobre el suelo. Junto a las otras parejas. Yo tenía los pechos erguidos y duros. Y el sexo más mojado que un bollo sumergido en una taza de leche.

De hecho mi coño estaba húmedo y esponjoso. Y yo impaciente por sentir unos labios, una lengua y una boca que lo mordiera. Me tendí boca arriba.

Con las piernas bien abiertas. Y esperando unas caricias o la penetración. Cuando Antonio se arrodilló sobre mi boca. Para que yo se la chupara.

Algo que hice encantada. Estaba labiendo su miembro. Cuando noté que una lengua raspaba en mi vagina. Introduciéndose por completo en su interior.

Sin plantearme quién era. Me dispuse a gozar de aquellas carantoñas. Cuando me di cuenta de que se trataba de Susana. Se me revolvió un poco las tripas.

No tengo ningún prejuicio sobre la homosexualidad. Pero a mí lo del tortilleo no me va. De todos modos me proporcionaba tanto gusto. Que cerré los ojos y me dejé continuar.

Por cortesía y el que dirán. No quería que me tacharan de estrecha. Cuando los volví a abrir. Me di cuenta de que ya no la mía el pene de Antonio.

Sino el de Leopoldo. Nuestro anfitrión. Era mucho más pequeño que el de mi marido. Pero igual de suculento y apetecible. ¿Dónde estaba mi media costilla?

No tardé demasiado en averiguarlo. Se encontraba detrás de Susana. Ella se había puesto a cuatro patas. Y él la estaba penetrando vaginalmente.

A lo perro. Y yo. Mientras tanto. Chupa que te chupa. Comencé a tragarme la artillería de Leopoldo con mucho más ímpetu. En el instante en el que le acariciaba los testículos con la mano.

Noté como alguien colocaba la punta del miembro en plena raja. Se trataba de Carlos. Y a juzgar por cómo le costaba entrar. El tío estaba mejor dotado de lo que mencioné en un principio.

Empujó con toda fuerza y firmeza. Mientras el sudor de su frente caía en mi rostro y en mis pechos. Fue entrando centímetro a centímetro. Hasta que le pedí que no siguiera.

Parecía que me iba a partir en dos. Y cuando empezó con su meneo. Noté como las paredes carnosas de mi vagina se adherían a su pene. La fricción fue increíble.

Y elevó la temperatura de mi sexo y enrejeció mis mejillas. Seguí comiéndole el caramelo a Leopoldo. Hasta que su semen inundó mi boca. Por su parte, Carlos seguía a lo suyo.

Follándome como un sátiro y metiéndola tan hondo. Que pensé que iba a destrozarme. Ojalá todos los suplicios fueran tan placenteros. Me corrí como una loca.

Y ese no fue mi único orgasmo en la noche. Perdí la cuenta de las veces que alcancé el éxtasis. Con aquellos dos caballeros. Y de las veces que Antonio y Acu les sobra.

Aquellas damas. Pero debieron de ser unas cuantas. Es cierto que ambos disfrutamos lo nuestro. Aunque la experiencia no nos satisfizo lo suficiente.

Como para repetir. Lo cierto es que no nos convenció en absoluto. Esa noche descubrimos que las orgías y los intercambios de pareja. No van con nosotros.

Y que preferimos seguir con nuestros rolletes. Eso sí. Ahora nos lo contamos todo con pelos y señales. Y nos ponemos tan calientes. Que acabamos haciendo el amor. Espero que la cosa dure.

📝 Tu nota privada

Ver todos los relatos →

Relatos similares

Ver todos los relatos →

Atajos del teclado

Espacio
Reproducir / pausar
Retroceder 10 segundos
Avanzar 30 segundos
T
Modo trabajo
?
Mostrar este panel
Esc
Cerrar este panel

Y un secreto: ↑↑↓↓←→←→BA