Me llamo Cristina y llevo diez años casada.
Mi marido se llama Alberto, cuando le conocí.
Era un chico atractivo y divertido, el hombre de mis sueños.
El tiempo le ha cambiado.
También tengo dos hijas, Carmen y Lourdes.
Yo quería dos niños, pero menos de una piedra.
Tener un bebé es una de las cosas más maravillosas que puede ocurrirle a una mujer.
Lástima que esas criaturas ingenuas y tiernas crecen y se transforman en adolescentes.
Exactamente como Carmen y Lourdes.
¿Hay algo peor que la edad del pavo?
Estoy preocupada porque me parece que he dejado de querer a mis hijas y también a mi marido.
Claro que de esto no estoy segura.
Cuando me casé, yo solo andaba buscando algo que no tuve de niña, la felicidad.
Mis padres se separaron.
A mi padre no le vi nunca jamás.
Y mi madre cogió una enfermedad muy grave a causa del disgusto.
Poco después se murió.
Era una niña solitaria y sin hermanos.
No me sentía querida por nadie.
Así que inventé un personaje imaginario para que me acompañara a todas partes.
Le llamé Sam.
Era un hombre corto y fácil de recordar.
Y desde ese momento siempre estuve a mi lado.
Cuando quería contarle mis penas a alguien, Sam siempre estaba allí para ayudarme.
Entonces conocí a Alberto y me enamoré locamente de él.
Lo consideré perfecto, seguramente, porque hasta ese momento nunca había tenido novio y andaba desesperada buscando uno.
Durante los primeros meses de nuestra relación, incluida la boda y posterior nacimiento de mis hijas,
me olvidé por completo de Sam.
Muchas veces me preguntaba qué sería de él.
Estaba convencida de que me odiaba por haberle dado la espalda de esa manera.
Pero entonces recordé que Sam era mi amigo imaginario y que si yo quería que me odiera, me odiaría.
Pero si quería que me quisiese, me querría.
Sam podía volver a mi lado cuando yo lo deseara.
Y si durante años fue mi mejor amigo, bien podría ser mi amante imaginario.
Ocurrió una noche de otoño.
Alberto y yo intentábamos echar un polvo.
Hacía un mes y medio que no lo hacíamos.
Y la verdad es que yo dé ni a ganas.
Hicimos todo lo imaginable por lograr una erección.
Pero mi marido no respondía.
Me enfadé, me enfadé mucho.
Y me levanté de la cama y me cerré en el lavabo.
Me senté en la taza del bater y arranqué a llorar desesperada, porque mi vida había caído en un agujero negro
y daba la sensación de que nunca iba a lograr salir de él.
Al mismo tiempo estaba muy cachonda.
Las caricias de Alberto me habían encendido los motores y el cuerpo me pedía marcha.
Estaba claro que no podía solucionar lo de mi vida esa noche encerrada en el lavabo.
Pero sí lo de mis calentones.
Comencé a acariciarme las tetas por encima del camisón.
Me pellizqué los pezones hasta que los sentí duros entre los dedos.
Introduje la mano dentro de las bragas.
Me inicié una suave serie de caricias a mi coño que dieron el efecto esperado.
Mientras me retorcía de placera y sentada, me vino la cabeza Sam.
Desde que estuviera allí, le necesitaba su afecto y su amor.
Para que engañarnos, necesitaba su polla.
Estaba convencida de que con solo desearlo, Sam vendría.
Tanto lo estaba que dejé de masturbarme y cerré los ojos con fuerza esperando sentir su mano entre mis piernas.
Me concentré en su nombre, en su figura.
Y como por arte de magia, un cosquilleo muy agradable despertó mis sentidos.
Un dedo se paseaba de arriba abajo por mi raja.
Era él, Sam, que había vuelto para rescatarme de mi soledad.
Como cuando era más jovencita.
No abrí los ojos, sencillamente me dejé llevar.
Algo cálido y mojado sustituyó al dedo que jugueteaba con mi clítoris.
Supuse que era la lengua de mi amante, imaginario.
Pues se retorcía entre las cavidades de mi sexo y me proporcionaba un plaé, rinaudito.
Apoyé pesadamente el torso contra la pared y una sonrisa se dibujó en mi rostro.
Las manos frías de Sam rodearon mis piernas mientras se dedicaba afanosamente a tan suculento conilingos.
Ya con la raja bien húmeda, Sam se puso en pie frente a mí.
Palpé en el aire buscando su falo.
Los pelos de su estómago que descendían hasta el vello genital me ayudaron en la tarea.
Mis manos acariciaron un músculo a un flácido pero en creciente erección.
Inicié la persidente masturbación.
Mientras la otra mano se colaba entre sus piernas y magreaba aquellos huevos calientes.
Oíge mira Sam, puedo jurar que le oí.
Mantuve mis ojos cerrados, convencida de que si los abría todo aquello terminaría.
Así que me limité a la labor.
Abrí la boca y arrupe entre los labios la polla que tenía ante mí.
La chupé como si mi vida dependiera de ello, de arriba a abajo, imparable.
Rodé el helandé con los labios varias veces.
La lengua se escapaba a ratos para juguetear con el frenillo.
No hacía falta tener ojos para sentir como el falo crecía y crecía por segundos.
Hasta que alcanzó la erección total.
Dejé de chuparla y puesto que no podía verla me concentré en disfrutarla, palpándola.
Cuidadosamente con mis dedos.
Paseando por aquella piel tensa y ardiente.
Sam descendió y se situó de rodillas frente a mí.
Sus manos acariciaron mis brazos y sus labios besaron mi cuello una y otra vez.
Aunque él no me lo dijo supe que aquello era lo que Sam siempre había soñado.
Estaba enamorado de mí desde el primer momento que comenzamos a hablar.
Y durante todos los años me habría deseado una y otra vez.
Por las noches se sentaba en el dormitorio mientras yo y Alberto hacíamos el helandé.
Yo y Alberto hacíamos el amor.
Él nos miraba y lloraba y se sentía abandonado.
La culpa era mía.
Fui a una egoísta y ahora tenía la oportunidad de remediarlo.
Le rodeé con los brazos y apoyé mi mejilla contra la suya.
Acerqué los labios hasta su oreja y le susurré.
Lo siento.
Entonces noté como su blande besaba los labios de mi coño.
Las puertas se abrían y el sexo entraba por entero hasta lo más hondo.
Gemía en silencio.
Sam y yo nos vimos sumidos en la rutina mecánica que conducía el camino del éxtasis.
Noté su aliento deslizarse por mi rostro.
Mientras mis dedos se hundían apasionadamente en una carne que no podía ver, pero podía sentir.
Nuestros cuerpos se fusionaban en aquel coito demencial y oscuro.
El contiguo fregamiento de los sexos ambientos envueltos en una apasionada penetración nos estaba volviendo locos de placer.
A ratos nos dedicábamos húmedos besos que no incrementaban.
Y al rato bastaban unas caricias.
Las paredes de mi coño estaban embriagadas por el calor que despedía aquel músculo duro, tenso y ardiente que entraba y salía de forma decidida.
Yo seguía manteniendo los ojos cerrados a pesar de que ya se estaba convirtiendo en un suplicio.
Aunque en realidad aquello proporcionaba mucha más intriga, más morbo e intensidad al momento.
Pedía a Sam que se corriera fuera, susurrando una vez más junto a su oído.
Sacó la polla de dentro de mi sexo y inició una rápida paja con tal de concluir lo empezado.
Le seguí los pasos e improvisé un rápido sustitutivo de su falo con dos de mis dedos.
Estuvimos los dos masturbándonos hasta que se corrió.
Sus huevos expulsaron todos el semen que contenía.
Surgió disparado por la punta del glande para ir a estrellarse contra mi estómago.
Poca falta me hizo insistir en mi trabajoso manoseo.
Me corrí como una loca con apenas unos segundos de diferencia.
Dejé caer mi cuerpo cansado y extasiado, sudoroso y dolorido.
Pero ante todo envuelto en la más absoluta sensación de felicidad.
Apenas habría terminado todo aquello.
Dejé de notar la presencia de Sam.
Abrí los ojos cautelosamente y con miedo para ver que efectivamente allí no había nadie.
Por unos momentos comencé a dudar de hasta qué punto todo habría sido un sueño fruto de mi desesperación.
Entonces caí en la cuenta de que algo mojado se deslizaba por mi barriga.
Mire, palpé y allí estaba el esperma de Sam.
Seguía encerrado en aquel lavabo un par de horas más sin pensar en nada.
Únicamente disfrutando de tan dulce momento.