Me llamo Carmen y dicen que soy una chica muy compleja.
Tengo 26 años, soltera, secretaria
y con una vida francamente rutinaria.
Así que hasta cierto punto no alcanzo a comprender
por qué esa etiqueta.
¿Compleja yo?
Claro que si tenemos en cuenta que la gran mayoría
de las personas que dicen eso de mí son tíos y que fíjate qué cosas todos ellos
han practicado el sexo conmigo, sacamos como la conclusión de que mi personalidad compleja
hace acto de presencia en lo que los expertos llaman el coito.
Dicho de otro modo, soy rara
para follar.
Habrá que entender que es a lo que llaman raro.
Quizá mi problema es
que me lío siempre con tíos muy convencionales y poco dados a utilizar la imaginación.
Muchas
veces recreo en mi mente alguno de mis últimos polvos e intento ver dónde reside lo raro
de mi comportamiento.
Y el caso es que no logro descubrirlo nunca.
No sé, ahora mismo
me viene a la memoria el rollo que tuve con… ¿cómo se llamaba?
Ah sí, Alex.
Qué tipo
más divertido y guapo.
La verdad es que era un buen ejemplar, aunque desde hace ya
un par de meses no me llama.
Y comienzo a creer que se debe a esas supuestas complejidades
mías de las que antes hablaba.
El caso es que era un sábado noche.
Alex me lo presentó
mi amiga Sara.
Estuvimos charlando y bailando durante largo rato y finalmente decidimos
abandonar el rebaño e irnos a mi piso a pasarlo bien un buen rato.
Apenas cerramos
la puerta, me abrazó y comenzó a besarme enroscando su lengua en la mía.
Aquello era
un buen principio.
Estuvimos ahí de pie, babeando el uno la boca del otro durante unos
cuantos minutos.
Alex comenzó a desabrocharse la camisa cuando le frene.
No, espera, aún
El tío lo vio como algo puramente anecdótico y dejó de estar los botones en paz para concentrarse
de nuevo en nuestro húmedo beso.
Lo que él no sabía es que me pone a cien un hombre
en calzoncillos y con la camisa puesta.
No sé, es una debilidad que tengo.
Y la verdad
es que si el chico me complace en ese aspecto, me pongo mucho más caliente.
El termómetro
de mi cuerpo ascendía de forma alarmante.
Era momento de quitarse algo de ropa.
No
tardé nada en desabrocharme mi blusa y mi sujetador.
Apenas las tetas quedaron al aire
libre, Alex separó sus labios de los míos y los usó para atrapar uno de los pezones.
Chupó y rechupó apasionadamente, mientras que con su mano izquierda me pellezcaba la
segunda tetilla.
Sentí como su mano derecha descendía a través del estómago en dirección
a mi entrepierna.
Pero qué prisas.
Esa es otra de las manías que tengo.
No me gusta
que me toquen el coño con los dedos.
Así, enfrío, nunca me ha gustado.
Incluso corté
con mi segundo novio, Ángel, por eso.
El tío no sabía mantener las manos quietas,
por lo que tuve que detener a Alex.
El caso es que se quedó algo sorprendido.
Su infalible
rutina de cortejo estaba siendo puesta en duda y desmontada por aquí una servidora.
Y a un macho como él eso no se le puede hacer.
Pero seguimos.
Me agache frente a él y con
mis manos palpé su paquete.
Resulta muy excitante notar una polla creciendo a través de la
ropa y, por lo general, tiendo a morderla cariñosamente o, cuando menos, a acariciarla.
Los tíos se ponen como cohetes.
Caso de Alex, al cual se le había subido mucho los calores.
Así que no quise hacerle sufrir más.
Bajé la bragueta y empujé la morcillo en la polla
hacia afuera.
Inicí el espectáculo con unos mojados lametones al tronco, de forma ascendente
hacia el glande.
Lo rodeé con la lengua varias veces.
Y como paso final me tragué el falo entero, hasta chocar con el fondo de mi garganta.
Técnica esta que los chicos se agradecen y que siempre se me ha dado muy bien.
Y no
me ha acarreado ninguna clase de problema.
Entonces Alex murmuró.
Cógeme los huevos.
¡Oh no!
Otro problema.
Puedo ser muy buena chupándola y muy generosa introduciéndome
la verga hasta la garganta.
Pero nunca puedo con los testículos.
No me gusta ni tocarlos.
No es que me denasco.
Es que sencillamente no son santo de mi devoción.
Intenté compensarlo
lamiendo a mi compañero desde la punta de su tiesa y ardiente rabo hasta el ombligo.
Dejé un reguero de saliva notable durante el proceso.
Tanto le gustó este gesto a
Alex que afortunadamente se olvidó de sus huevos un rato.
Me levanté de nuevo y le
propuse que nos desplazáramos al cuarto de baño para darle el final que se merecía
la situación.
Alex no podía comprender mi petición.
¿El lavabo?
Preguntó extrañado.
Se lo tuve que pedir por favor, y al que hacerlo en ese lugar me excita muchísimo.
Quizá precisamente por lo poco habitual que resulta.
Ibamos tan calientes que para qué
complicarlo.
Alex me abrazó sujetándome por el culo y torpemente caminó pasillo abajo
en dirección al servicio.
Me sentó sobre el váter y procedió a agacharse para lamerme
un poco el coño.
Chúpamelo, sí, pero sin manos.
Lógicamente preferí no decírselo.
Sencillamente recé para que no lo hiciera, y tuve suerte, ya que rodeó mis muslos con
sus brazos, lo que le mantuvo los dedos, lo suficientemente lejos para dejarle toda la
faena a la lengua.
¡Qué delicia!
Sus eufóricas embestidas me hacían estremecer de puro placer.
Con tal de evitar el drama, fui yo misma quien con los dedos abrí mi vagina.
Una vez más
debo puntualizar sobre el tema.
No me gusta que me lo toquen dedos ajenos.
Con los míos
no tengo problemas, sino como iba yo a superar las noches de soledad.
Con el clíturís asomando,
mi compañero, no tuvo problema alguno en azotármelo con sus artes bucales y lograr
trasladarme a otra órbita en el campo del éxtasis.
Era el momento de follarme, pero
tenía que andarse con ojo.
Cuando una polla me penetra, me gusta que me castiguen hasta
el fondo, por lo que no soporto que el tío en ese momento me lamenta jadeé sobre mí.
Por favor, si puede ser mira para otro lado, le dije entre gemidos.
Supongo que sus huevos
ardían tanto que ni por un momento se planteó mandarme a la mierda allí mismo.
Cuando se
trata de correr, según tío es capaz de soportar cualquier cosa.
Así que para cuando su verga
cruzaba las paredes de mi sediento coño, el chico echó la cabeza hacia la izquierda
y una vez incorporado inició el riguroso mete y saca.
Dos palabras que están entre
mis favoritas, siempre y cuando sigan ese orden, claro.
Mis piernas se abrieron como
las compuertas de una presa.
Lenta pero inexorablemente, a medida que llegaba el punto culminante de
la función, Alex no había traído condones, lo que por otro lado me gustó, ya que francamente
son otra de mis manías.
No me gustan.
Pienso que le hacen un flaco favor al miembro masculino,
ya que de por sí no es muy agraciado.
Así que era de ley que se corriera fuera, cosa
por la que no debía preocuparse, ya que iba a encargarme yo de tal maester.
Una vez la
polla fuera, la agarré con fuerza y pude notar su elevada temperatura atravesar mi
mano, así como su constante palpitar.
Comencé a sacudirlas sin parar, mareando al pellejo
que mecánicamente cubría y descubría aquel rosado glande a punto de estallar.
El que
estaba al borde de un colapso era Alex, que no cesaba de gemir de forma harto teatral
y de clavar sus dedos en mis hombros mientras esperaba ansioso el momento del plácido orgasmo.
Noté cómo empujaba su rabo en dirección a mi boca.
Tragatelo todo, gritaba como si
nos encontráramos en el rodaje de una película porno.
Pero no me gustaba el sabor a esperma.
Ya sé que varía según el tío, pero personalmente es un sabor que detesto junto al de la mayonesa.
Cerré la boca y los ojos esperando que el semen, contenido en sus huevos, estallara
en mi cara.
No me molesta, incluso me gusta, pero dentro de mi boca no.
Apenas había juntado
los labios, Alex soltó un sonoro gemido y un chorretón de leche caliente, salió disparado
con la punta de su sexo, roció toda mi cara.
Es algo que me chifla.
No me preguntéis por
qué, pero es una sensación que encuentro terriblemente placentera.
Seguidamente acerqué
el capullo de Alex hasta mis mojadas mejillas y lo restregué entre la lefa vertida porque
después del sexo siempre son de agradecer unas caricias, aunque sean de esta clase.
El siguiente paso fue el más difícil, hacer entender a mi amante que las chicas también
nos gusta correnos, ya que era mi turno, así que se entetuvo acariciando mi raja con su
lengua hasta que llegué al orgasmo entre sonoros chillidos y algún que otro incontrolado
espasmo.
Los dos estábamos totalmente sudados y nos encontrábamos disfrutando aún de esa
dulce sensación de quietud, felicidad y de relax que hay detrás de un buen polvo.
Entonces
Alex hurgó en el bolsillo de su pantalón que llevaba al nivel de los tobillos y sacó
un paquete de cigarrillos y un mechero.
Extrajó un pitillo que introdujo entre sus labios
y sagridamente otro que me ofreció.
Gracias, pero no fumo, le dije, y de hecho no soporto que el tío que está conmigo fume
después de haberlo hecho.
Me parece que a aquello no le gustó nada a Alex, ya que en
el tiempo record de un minuto se vistió y se marchó de mi casa sin apenas despedirse.
La verdad es que me supo mal.
Desde entonces no hay día que me pregunte si mi mala suerte
con los hombres se deberá a esa interminable lista de manías que tengo a la hora de practicar
el sexo.
¿Tú qué crees?