Relatos Hablados

Me follaron en nochevieja

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Después de 6 años de relación con mi novio Alex, y después de muchas peleas y reconciliaciones, rompimos la nochevieja de 1998. No me repuse de este mal trago hasta un año después, en la nochevieja de 1999, en la que un chico que conocí en una discoteca me echó un polvo de los que no se olvidan. ¡La mejor forma de comenzar el nuevo milenio!

Después de 6 años de relación con mi novio Alex, y después de muchas peleas y reconciliaciones, rompimos la nochevieja de 1998

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Voz por BellaPerrix
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Hace precisamente ahora un año que todo terminó. Era la noche vieja del 1998. Los últimos meses de mi relación con Alex no habían ido nada bien.

Después de seis largos años de eventuales discusiones y reconciliaciones, la olla estaba a punto de explotar. Y nada menos tuvo que ser el último día del año.

Una noche tan especial como esa. El caso es que el año estaba a punto de terminar y Alex y yo no hacíamos más que discutir a ver quién era capaz de hacer más daño con sus comentarios.

Una absurda pelea iniciada por la cuestión de elegir unos zapatos que acompañaran a mi vestido de noche. Quedaban apenas 30 minutos para que sonaran las campanadas cuando Alex se marchó de casa con un gran portazo.

Cuando llegó 1999, yo me encontraba estirada en el tresillo, llorando desconsoladamente. Hay que ver cómo cambian las cosas con los años. A mis 12 años la noche vieja me hacía una ilusión tremenda y me juraba y perjuraba que nunca en la vida me iba a estropear aquel momento mágico.

En fin, una vez pasado el trago y superadas todas las penas, llegó el siguiente paso, el odio. Durante un par de meses o tres odié a Alex por haberme hecho sentir la persona más desgraciada del mundo.

Y como quien no quiere la cosa, luego llegó la depresión que se extendió precisamente hasta diciembre. Dicho de otra manera, Alex me había arrebatado un año entero de mi vida.

A lo largo de sus 365 días, no se me había pasado por la cabeza ni un segundo liarme con otro hombre. De hecho, detestaba a los hombres. Bueno, lo hice durante los que yo llamaba meses del odio.

Así que a nivel sexual 1999 había sido un año de lo más checo. Pero eso no podía quedarse así. Me merecía por lo menos un polvo, aunque sólo fuera uno y malo.

Porque la idea de entrar en el nuevo milenio, así no me hacía ninguna gracia. Por suerte, aún me quedan tres horas para que dejemos atrás 1999.

Y demos el salto al 2000. Tres horas para encontrar un tipo al que no le importe satisfacer mi capricho. Sin que ello implique ataduras sentimentales, por favor.

Eso es lo único que necesito ahora. Mi duda es, ¿quién podría ser? Hay tantos hombres aquí. En cuanto me enteré de que a diez minutos de mi casa montaban una fiesta para dar la bienvenida al nuevo milenio, vi que era mi oportunidad.

Está claro que sí quiero mojar antes de tres horas, mejor digamos dos horas y cuarenta y cinco minutos, de vodka. Justo al lado de la barra veo a un tipo que está muy solo.

Quizás sea la presa que ando buscando. Me acerco a él, enseguida clavo su mirada en mi escote. Eso me facilita las cosas. Acaricio una de mis espectaculares tetas por encima de la ropa y le sonrío.

Parece tímido, pues lo primero que hace es desviar la mirada unos segundos, aunque no tarda en volver a centrarla sobre mí. Me acerco más. Espero que entienda cuáles son mis intenciones, así que aprieto mis tetas contra su brazo derecho.

Veo que el líquido que hay dentro de su vaso comienza a tambalearse. Está nervioso. Bueno, yo también estoy nerviosa, pero sé disimularlo. No hay tiempo que perder.

Yo voy a actuar con más contundencia si cabe o se me escapara. Así que alzo la mirada atrás de mí. Hay mucha gente, pero nadie nos observa.

Así que me lanzo directa al toro y clavo mi mano en su paquete. Él reacciona con un bote y se queda con una mueca francamente cómica en la cara.

Acerco mis labios a su sien y lo beso cariñosamente como quien da el besito de las buenas noches a un bebé. Mientras lo tengo distraído por ese flanco, le bajo la bragueta e introduzco mi peligrosa mano hacia dentro.

Acaricio el bulto que tira de sus slips con mis dedos. Lo agarro con fuerza, pero evitando hacerle daño. Me parece que este tío no se lo está pasando demasiado bien, no responde a mis caricias.

Desde que le estoy subando la polla, lo único que hace es acorrucarse cada vez más y sudar como un condenado. Por suerte, se reconoce cuando he perdido.

Y este es el caso. Me aparto lo suficiente de mi frustrado amante para que pueda huir sin problemas. Es como cuando sueltas a un perro de su correa y echa a correr con la velocidad de un cohete.

Miro nerviosamente el reloj a cada segundo que pasa. Es el final de la cuenta atrás. Ante tanta gente, ya deviso a alguien que ha bebido más de lo normal.

Comienzo a preguntarme si lo que estoy haciendo no es un tanto ridículo. Cualquiera diría que soy una estudiante calentorra que se muere por que la desvirguen.

Lo mejor será dejar de hacer el ridículo y marcharme a casa. No creo que vaya a morirme por dar la bienvenida al 2000 yo sola. Que es un año sin sexo.

No es nada. Hay mucha gente que puede prescindir de él sin problemas. Y si ya lo he decidido, me marcho. Después de un corto paseo, llego hasta casa.

Me abre Julián, el portero de noche. Me pregunta sorprendido que cómo es posible que pase la noche vieja sola. Intento sacármelo de encima con las típicas excusas, pero me pilla desprevenida cuando empieza su discurso autocompasivo sobre lo que solo que se encuentra desde que su mujer le dejó para irse a vivir con sus hijos.

La cosa está bien clara. Somos dos almas solitarias en la noche. Más importante del año. ¿Qué hacer? Me propone practicar la compañía mutua hasta que llegue el 2000.

No me parece mala idea. Y entramos en el cuartucho donde se oculta de los vecinos indeseables, como él mismo confiesa. Mientras preparo unas copitas de cava, me acomodo en un sucio taburete, dejo el bolso junto a la radio, por la que van a retransmitir la llegada del nuevo milenio, y clavo mi mirada en Julián.

Por unos segundos le veo como un candidato perfecto para satisfacer mis deseos. No es que sea una maravilla de hombre. Es más mayor que yo.

El paso del tiempo se le nota en su desgastado rostro. Pero no sé, la verdad, es que ha logrado despertar mi compasión. Y aquí una es muy tonta para estas cosas.

Y enseguida me encariño de la gente que me abre su corazón. Julián se gira y por unos momentos no puedo creer lo que está delante de mí. Lleva la bragueta abierta y por el pantalón asoma su polla flacida colgando.

Madre mía, pero ¿qué estará tramando? Le miro a los ojos, pero su mueca de culpabilidad me descoloca. El pobre hombre confiesa el amor platónico que siempre ha sentido por mí, y lo horrible que se le hace la idea de que una mujer como yo tenga que pasar una fecha como esta a solas.

Irónicamente me propone exactamente aquello que estoy deseando desde que esta mañana el despertador me interrumpió el sueño. Echar un polvo antes de que termine el sufrido 1999.

¿Por qué no? Después de todo, sólo se trata de sexo. Para mayor sorpresa de Julián estiro el brazo hacia él, aunque no con intención de atizarle una bufetada por descarado, sino para agarrarle su cansado miembro y acercarlo hacia mí.

Una vez lo sitúo a escasos centímetros de mis labios, abro la boca e introduzco su verga en mi interior. Puesto que está morcillona, pero no dura del todo, recorro el tronco hasta la base y tiro desde allí hacia la punta de un glande cada vez menos tímido.

El buen hombre parece derretirse y no cesa de murmurar lo mucho que deseaba volver a sentir esa sensación. Está disfrutando de lo lindo, y yo también.

Estos próximos diez minutos van a ser nuestros. Con la mano derecha le magreo los testículos mientras que mis labios sacuden el aro del glande a un ritmo de dentro fuera bastante acelerado.

La polla se pone tiesa por segundos, mientras parece como si la cabida de mi boca no fuera suficiente para retenerla. Sin soltársela, me deshago de las pesadas prendas que llevo encima hasta quedarme con el sujetador.

Doy gracias a la estufa que tenemos unos escasos metros, desabrocho el sostén de un gesto y mis tetas grandes y jugosas quedan libres. Entonces con cada mano agarro una diferente y tiro de ellas hacia arriba, dejo de mamar y aproximo el falo de Julián hasta situarlo entre ambos senos.

Los empujo hacia dentro y cierro el miembro entre las carnes. El suave pretón excita más si cabe al portero. Comienzo a sacudirle el músculo como si lo estuviera masturbando con las manos, solo que estas me sirven únicamente de punto de apoyo para mis tetas.

Julián nunca había experimentado nada así, solo con verle en la cara una sed a cuenta de ello. Por segundos el cerebro se me desconecta y viene a mi cabeza la imagen de Alex disfrutando de tal placer, pero no quiero que ese cabrón me estropee este momento.

Suena la campanada número uno. Tras darle un buen baile a la polla, un Julián satisfecho se masturba para aguantar la erección mientras yo me libero rápidamente de las bragas.

Suena la campanada número dos. El portero se arrodilla frente a mí y como un niño que ha olvidado la erección, trata de incostarme su falo por mi raja.

Al principio parece que le cuesta, pero finalmente lo consigue. Me sonríe, yo le sonrío a él. Es un tipo encantador. Suena la campanada número tres.

Se inicia el ya clásico mete y saca. Julián tampoco está para muchos trotes, así que arranca con un ritmo pausado. Le acaricio el cuello. Quiero que se sienta realmente feliz.

Suena la campanada número cuatro. Se hacha hacia las tetas y me rechupetea el pezón del seno derecho. ¡Mmm! ¡Qué dulce sensación! Me dirijo hacia su oreja y le introduzco la lengua dentro.

Oigo como jadea. Este hombre está excitadísimo. Solo él. Suena la campanada número cinco. Comienzo a gritar como una loca. ¡Sí, así, así! ¡Oh!

No puedo controlarme. Los músculos de mi cuerpo están extremadamente tensos. Si las piernas se abren más creo que voy a partirme en dos. Suena la campanada número seis.

Siento Julián dentro de mí. Es tan agradable. El ritmo de penetración se ha acelerado. El hombre gime como un descosido. Yo también. ¡Así, fóllame!

Me encanta decir esas cosas. Sé que los tíos se vuelven locos con eso. Suena la campanada número siete. A cada roce que su polla dedica mi coño.

La sensación de que voy a estallar de placer es mayor. ¡Mmm! Pero le guardo una última sorpresa a Julián. Suena la campanada número ocho. Lo susurro en el oído mojado que quiero tragarme su semen.

Creo que el hombre no sabe muy bien a qué me refiero. Así que actúo con rapidez y lo empujo suavemente hacia atrás. Le pongo en pie, me arrodilló frente a su humedecida polla dura como una barra de acero y con la mano comienzo a sacudirla.

Suena la campanada número nueve. Julián respira costosamente, pero por cómo reacciono no hay duda de que este hombre está en la gloria. ¡Oye, que no!

Me introduzco su verga en mi boca una vez más y la chupo violentamente. Me vuelve loca sentir el calor de un falo. Puedes desprender en una situación así.

Sentirlo tan duro, tan a punto de estallar es algo increíble. ¡Uuuh! Suena la campanada número diez. ¡Córrete, córrete ahora pienso! Suplico.

Julián gime con fuerza y por fin lo siento. Noto como un chorro de esperma. Se estrella contra mi paladar y se dispersa hacia mi garganta. ¡Oh sí, qué rico!

Suena la campanada número once. El esperma se desliza cuello abajo. No tengo demasiado tiempo para degustarlo, pero es algo tan maravilloso, tan bueno.

Suena la campanada número doce. Julián con el falo casi totalmente flácido se recuesta en una silla. Está sudado y está cansado, pero una sonrisa de oreja a oreja le delata.

Me mira y me felicita el año nuevo. Ya estamos en el dos mil. Por la radio se oye el hall gloria que monta toda la gente que se ha juntado para celebrar el gran momento.

Yo he conseguido lo que quería. Puedo despedir 1999 tranquila. Ha sido un polvo algo tosco, pero delicioso. Ahora tengo 365 días más para empezar de nuevo, con o sin Alex, con o sin pareja. Me queda mucho por vivir y muchos polvos por echar. Feliz año nuevo.

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