Siempre fui una persona escéptica.
Nunca creí en fantasmas, levitaciones, brujería,
ni ninguna otra clase de tema relacionado con la parapsicología.
Lo mío eran los números, las cifras,
e intentar aprovechar el tiempo al máximo cuando salía del trabajo.
Pero una vez, hace tiempo,
viví una experiencia muy extraña con un amigo, Enrique.
Y desde entonces,
no es que haya cambiado de opinión tajantemente,
pero desde luego tengo las cosas menos claras que antes
respecto a los temas de naturaleza misteriosa.
En fin, de antemano, os advierto que siempre he sido una chica muy tímida,
es decir, muy cortada a la hora de entrarle a un chico.
Una vez he dado este paso, o el chico lo ha dado por mí,
todo cambia, me convierto en alguien salvaje y descontrolado,
sobre todo en lo que respeta al sexo,
aunque también afecta al hecho en sí de mantener una relación.
Pero como digo, el primer paso es el que más me cuesta.
De hecho, han sido siempre ellos los que me han ligado a mí y no yo a ellos.
Por eso, mi amor, hacía Enrique, un compañero de trabajo,
llevaba demasiado tiempo siendo platónico,
hacía casi un año que me fascinaba su simpatía,
su carácter decidido y, sobre todo, sus ojos azules,
grandes, bonitos, a los que no podías dejar de mirar fijamente.
Desconocía si Enrique tenía novia o incluso si estaba casado.
Me daba igual, no quería estropear mis fantasías con eso,
únicamente le quería para mí.
Y finalmente, tras mucho prolongarlo,
me atrevía a pedirle para salir, a lo que aceptó encantado,
cosa que fue toda una sorpresa y un signo de esperanza.
Aquella noche fuimos a cenar a un restaurante chino
y luego pasamos un par de horas en una feria de esas
que montan en los barrios en motivo de alguna festividad.
Jugamos al tiro al blanco, nos subimos los caballitos
y comíamos mucho algodón de azúcar, como en las películas románticas.
Durante las aproximadamente cuatro horas que llevábamos juntos,
no conseguí reunir el suficiente valor como para insinuarle
mis verdaderas intenciones.
¿Se las estaría imaginando él?
Decidió acompañarme a mi apartamento,
lo que me pareció un gesto muy caballeroso.
Y una vez parados ante la portería,
tragué saliva y casi sin quererlo le invité a subir.
Con evidentes y perfidas intenciones,
él aceptó de muy buen grado,
casi como si no se diera cuenta de nada.
¿Sería Enrique un poco tonto?
Pensé para mis adentros, pero daba igual.
Ya lo tenía allí, en mi saleta.
Únicamente necesitaba que se produjese
el momento mágico en el que se acercaran mis labios para besarlos.
Pero caray, llevábamos media hora charlando
y allí no pasaba nada.
Entonces un molesto pitido interrumpió la conversación.
Era su maldito móvil.
Le había llegado un mensaje y Enrique se apresuró a leerlo.
Petrificada me quedé cuando me comentó
que era un mensaje que le enviaba su novia.
Desde no sé qué ciudad a la que se había trasladado
por cuestiones de negocios.
Ya os podéis imaginar que me quedé planchada.
Y mientras Enrique se afanaba en contestar a su princesa,
yo eché un ojo a la tele y casi como...
signo de desprecio ante su presencia, la puse en marcha.
Estaba dando un conguso de esos de preguntas.
Me volví a sentar en el sofá, esta vez unos palmos amejados
alejados de Enrique, y me centré en la caja tonta.
Al parecer él se dio cuenta del malentendido.
Pero en lugar de marcharse decidió quedarse
y ver la televisión conmigo.
¡Qué estúpida situación era aquella!
No me atreví tampoco a echarle de mi casa.
Así que me resigné y esperé a que el aburrimiento
contribuyera a arreglar el entuerto.
Pero a lo que contribuyó fue a que aquel sueño
hiciera acto de presencia.
Yo me dormí.
Supongo que Enrique también.
Ambos nos quedamos roques frente a la tele.
Y entonces ocurrió el extraño de lo que os hablaba antes.
Fue un sueño alucinante.
Yo iba totalmente desnuda.
Caminaba por un pasillo con las paredes blancas.
Parecía interminable.
Veía claramente la salida frente a mí.
Pero como más avanzaba, más lejos estaba.
No sé cuánto tardé, pero finalmente llegué al final del túnel,
que terminaba en una enorme habitación negra,
en forma de cúpula, con una espesa niebla
a la altura de los tobillos.
Y en medio el sofá con Enrique, sentado, dormido
y como yo totalmente desnudo.
Desconozco si mi sueño era fiel a la realidad.
Pero el caso es que físicamente el tío estaba muy bueno.
Ya sabéis, un cuerpo proporcionado, de espalda ancha,
con el suficiente pelo para incrementar su hombría,
pero sin llegar a ser molesto.
Delicioso.
Y lo que escondía entre las piernas, bueno, apetitoso.
Es la única palabra que se me ocurre.
Ahí reposaba su polla, con el pellejo cubriéndole el glande,
a punto para ser mamada.
Ya se sabe que en los sueños, uno,
desarrolla una serie de aptitudes que no se le dan en la vida real.
En un mundo nídico como este no existen las reglas.
Supongo que por esa razón no sentí ninguna vergüenza
cuando decidí arrodillarme frente a Enrique
y juguetear con su sexo,
mientras miraba directamente aquel rostro de ángel
con las pupilas bajadas.
Rezaba para que abriera los ojos y me abriera frente a él,
desnuda y esperando ser follada.
Su polla comenzó a crecer en mi mano.
La piel se retiraba
y el glande se asomaba por segundos,
así que decidí entregarme a una buena mamada,
de esas que un hombre no olvida fácilmente.
Rodé la cabeza de su sexo con mis labios
y empujé hacia abajo hasta que noté que rozaba mi garganta.
Entonces, inicié el movimiento contrario, hacia atrás.
Cuando me salqué su falo de la boca,
este estaba totalmente recto y ensalivado.
Daban ganas de seguir chupándolo.
Y eso hice mientras mi mano izquierda
se entretenía masajeando sus testículos,
pellizcándolos suavemente
y presionándolos contra la base.
No era mi mano la única que se entregaba con fervor al asunto.
Por su lado, la lengua la mía pasionadamente
cada rincón de su sexo.
El movimiento era casi mecánico.
Primero, un repaso al frenillo.
Luego, un giro por la base del glande.
Y cada tres pasos, una chupada íntegra del tronco entero.
Los huevos de Enrique palpitaban.
Algo bullea en su interior,
algo que suplicaba por salir.
Y yo sabía muy bien el qué.
A la vez que él se retorcía casi inconscientemente en el sofá,
presa de mi hambre canina por la carne masculina,
su glande comenzó a adoptar un color casi morado.
Me bastaron un par de sacudidas con la mano
para lograr mi fin.
Ver salir disparado un chorro de esperma de la punta de su sufrido capullo.
Me procesaba de gemir borracho de placer
mientras aquel líquido maravilloso y caliente
se derramaba sobre mi rostro,
deslizándose por mi cuello en dirección a mis senos.
Era tan excitante sentir el líquido
de la vida derramarse sobre mí
que no fui consciente del cambio de papeles
que se produjo en un mero instante.
Y es que ya se sabe.
Y en cuanto que respecta a los sueños,
nada es previsible a la par que comprensible.
Ahora, la que reposaba sobre el sofá era yo,
mientras que Enrique se había situado frente a mí,
arrodillado y totalmente predispuesto
a devolverme el favor.
Sonreí con complacencia,
deseando que me minara,
pero él iba a lo suyo,
separó mis piernas
y con los dedos de la mano izquierda
abrió los labios de mi coño
para, a continuación, introducir con suavidad
el dedo índice de su otra mano.
Acarició mi vulva de labios gruesos
con pasión repetidamente.
Yo jadeaba como una desesperada.
Aquellos dulces escalofríos
me dejaban mi columna torcerse
en un arco casi inhumano.
Eché mi cabeza hacia atrás
y grité abiertamente,
empujada por el placer más absoluto.
Mi grito rebotó por las paredes de aquel extraño lugar,
en un profundo eco que parecía no remitir.
Y todo esto se sucedía en el mismo momento
que Enrique sustituía su dedo por la lengua
y a las cavidades de mi sexo
en busca de un clítoris cada vez más afectado
ante el masivo toqueteo de mi compañero.
El cosquilleo creció
y se expandió en todas las direcciones.
El negro color de la nada que nos rodeaba
se tornó un rojo chillón
y recuerdo que la sensación de calor
que me aferraba con fuerza al sofá
y tensaba mi cuerpo hasta extremos inimaginables.
Parecía que aquella comida
se iba a prolongar eternamente.
Oh, era tanto el éxtasis
que por un momento creí
que iba a perder el conocimiento.
Todo aquello se multiplicó por dos
cuando Enrique tuvo la ocurrente idea
de ir por el culo.
El dedo que hacía un rato había masturbado mi raja.
El gozo no podía ser mayor
y va a estallar de placer
mientras las húmedas caricias de mi vagina
se unían en una pirueta mortal
con las de mi ano.
O me corría ya o moría.
Y me corrí.
Fue tremendo.
Las imágenes de mi cerebro se tornaron grises
a la vez que mi cuerpo estallaba empujado
por una pasión y un placer infinito.
Una sensación que traspasaba las barreras
de lo puramente ficticio a lo real.
Oh, recuerdo que me desperté
casi gritando.
Me corrí en la realidad.
Me coge mi y me retorcí.
Mis ojos tardaron unos segundos en enfocar el entorno.
Mi casa, la tele y el sofá vacío.
¿Dónde estaba Enrique?
No tenía tiempo para pensar.
Me levanté y de un salto corrí al espejo
a arreglar así un poco mi aspecto.
Estaba sudando como nunca
y mi pelo era un manojo ininteligible de formas.
Justo en ese momento oí la cadena del váter sonar
tras la puerta del lavabo.
Me giré y esperé a que Enrique saliera de dentro.
No se esperaba encontrarme despierta.
Y se sorprendió.
Hasta el extremo de ponerse colorado.
¿Qué había pasado?
Enrique sonrió
y comentó lo absurdo de que ambos nos hubiéramos dormido
a la vez.
Pero no se trataba
de eso.
¿Había más?
Atolondrado y nervioso, cogió su chaqueta
y se dirigió a la puerta.
Le acompañé.
Iba a marcharse sin despedirse
cuando se agiró.
Me miro fijamente
y en silencio durante unos segundos
nevesó la maquilla y desapareció.
Cerré la puerta repleta de dudas.
Algo mareada y perdida
¿Qué había ocurrido allí esa noche?
¿Habíamos hecho el amor en sueños?
¿O es que fue todo real?
Nunca más hablamos de ello.
Los días siguientes
Enrique y yo nos comportamos como se comportan
dos compañeros de trabajo.
Saludándose a las 8
de la mañana y despidiéndose a las 5 de la tarde.
Meses después él se casó
y yo conocí a Luis.
Nunca más he vuelto
a tener un sueño tan intenso
y la verdad lo he hecho de menos.