Desde que dejé los estudios, siempre quise ser empresaria.
No me gustaba la idea de trabajar para otros.
Mi plan era montar un negocio y ganar dinero sin tener a nadie por encima que me dijera lo que tenía que hacer.
Lo intenté varias veces.
A los 24 monté una tienda de ropa femenina, pero tuve que cerrarla a los dos años.
Mi segundo intento fue una fábrica de productos de cosmética.
Pero el asunto se nos fue de las manos a mí y a mis socios, y tuvimos que cerrar al año y poco de abrir.
Era cuando más desanimada me encontraba, y peor estaba de dinero.
Pero decidí, por mi cuenta, montar una productora de cine porno.
A fin de cuentas, siempre me había gustado el sexo, y a quién no.
Así que con mis últimos ahorros, decidí arriesgar el tipo.
Lo primero fue inventarme un nombre y registrarlo.
Ya que esta vez iba por libre y no tenía ningún socio que me respaldara, debía cuidar mucho todos los detalles de tipo legal.
Una vez todo en marcha, empecé a dar voces por el mundillo de lo que andaba buscando, gente interesada en meterse a producir una película porno.
Ya fueran actores, técnicos, un director... cualquier cosa era válida.
Aunque no tenía dinero para pagarles, mi idea era que con los beneficios que generase la película, y esperaba que fueran cuantiosos, todos nos llevaríamos una porción.
Mi primera entrevista fue histórica.
Recibí la llamada de un chico que se llamaba Pedro.
Pero en el mundo del porno se le conocía como Mr.
P.
El tío dijo haberse enterado de lo que tenía entre manos y que le interesaba hablar conmigo.
Quedamos en mi despacho para el día siguiente.
Y recuerdo como esa noche salí corriendo al videoclub más cercano en busca de alguno de los vídeos de su filmografía.
No voy a negar que me quedé del todo alucinada en cuanto le vi en acción.
¡Vaya chicharrón!
Estaba buenísimo.
Bien parecido, guapo joven y con una polla.
Menuda tranca gastaba el mozo.
Mira que a mí normalmente estos rollos no me interesan.
O sea que todos esos tópicos del tamaño me parecen una tontería, pero...
Joder, no pude más que dejarme sorprender cuando en la película vi ese pedazo de rabo en movimiento.
En fin, para seguir ocultándolo más, terminé haciéndome una paja brutal.
Hacía un mes que no le daba el dedo.
Y nos podéis imaginar lo bien que dormí esa noche.
Llamando profesionalidad o instinto femenino.
Pero el caso es que para la entrevista con Pedro me puse la mar de guapa.
Estuve por lo menos una hora maqueándome delante del espejo y eligiendo el vestido adecuado.
Porque en el fondo lo que yo quería era ligarme a seguaperas.
Aunque justo cuando me sinceraba conmigo misma sobre mis intenciones,
me sobrevenía un cómodo ataque de mentalidad empresarial.
Y me decía que eso estaba mal.
Que la entrevista era para un trabajo.
Que para poder rodar mi primera película porno.
La primera de una próspera y floreciente empresa.
Y no para darle el gusto a la entrepierna, caramba.
Pedro fue la más de puntual.
Le abrí la puerta del despacho, que era alquilado por supuesto, y le hice pasar.
En vivo el mozo no perdía ni pizca de atractivo.
Estaba igual de bueno.
Y solo me faltó comprobar lo agradable, simpático y educado que era.
¡Peligro!
Tras hacerle sentar en una silla frente a mí,
le sometía a la típica entrevista de trabajo en la que uno da sus datos,
explica su motivación y enseña su currículum.
Y entonces, cuando se suponía que todo tenía que haber terminado,
Pedro me preguntó si quería verle la herramienta.
Me quedé cortadísima.
El chico me vendió la moto como que era algo que formaba parte del negocio,
y en realidad tenía razón.
Pero yo temía que sacara lo que tenía dentro de los pantalones,
porque seguro que cuanto lo viera, me darían ganas de echarme encima de él.
Fue inútil decirle que ya lo había visto en una película.
El mozo estaba decidido del todo a airear su tranca, y así lo hizo.
Se bajó los pantalones y los slips, con decisión.
Y ahí quedó eso, a la vista, colgando entre las piernas, pero grueso y repleto de vida.
Recuerdo como su glande rosado y en forma de seta llamó mi atención,
así como unos testículos grandes y hermosos que asomaban tímidamente por detrás del tronco.
Soplé, sonreí y afirme con la cabeza como quien da el visto bueno.
Pero Pedro no se andaba con chiquitas.
Agarró su sexo y comenzó a masturbarse rápidamente,
con el fin de lograr una erección para mí solita.
Yo temblaba, intentaba disimular lo cachonda que me estaba poniendo,
pero creo que él lo sabía.
Ya que me miraba fijamente sonriendo,
mientras dejaba de menear una polla tiesa como el palo de una bandera.
Me caía la baba.
Imaginaros la situación.
Ahí tenía a ese chico, joven, musculoso, bronceado, guapo
y de profunda mirada, con los pantalones bajados y su polla tiesa,
apuntándome y diciéndome, cómeme.
Pedro se acercó a mí, andando lentamente para evitar tropezar
con los pantalones que llevaba a rande los tobillos
y se detuvo cuando su capullo casi rozaba mis labios.
Yo no podía más.
Solo faltó que me invitara a probar el género,
para que terminara metiéndome todo aquello en la boca
y comenzara a chupar desesperadamente,
como el explorador que se pierde por el desierto
y en el momento límite da con una botella de agua fresca.
Algo parecido.
Supongo que mis dotes para chupar una polla se quedaban cortas
comparadas con el talento de alguna de las chicas
con las que Pedro había rodado en sus películas.
Pero, en fin, hice lo que pude.
Deslicé mi lengua a través de tan inmenso aparato
y hurgué en los recovecos de su delicioso glande.
Salté velozmente a sus huevos y me entretuve un buen rato
acariciándolos y rodeándolos con mis labios,
aspirando cada uno de sus testículos a través del escroto
y luego empujándolos con la lengua hacia fuera de mi boca.
Dentro, fuera.
Dentro, fuera.
Me propuse como meta poner a Pedro caliente de verdad
y que, aunque hubiera follado con las mejores chicas de cine para adultos,
no se olvidara jamás de aquel polvo que una vez llevó a cabo
con una sencilla aspirante empresaria de 32 años,
soltera, de buen ver y aficionada a las novelas de misterio.
Aún recuerdo cómo me estremecí cuando me comió el coño.
Menudo dominio tenía el chaval.
Consiguió volverme loca de verdad a base de castigar mi raja
con los lametazos más inhumanos.
Era tanto el gustazo que pensaba que me iba a desmayar ahí mismo.
Abrió mi sexo con los dedos y empujó su viciosa lengua hacia el interior,
chupando y rechupando todo lo que encontraba a tiro.
Mi cuervo se convulsionaba de tanto placer y gemía como una desesperada.
Me aferré a su corta melena rubia y eché la cabeza hacia atrás,
cerrando los ojos y jadeando a conciencia
y sin preocuparme por los vecinos de las oficinas contiguas.
Procuro dejarme bien mojada para lo que le bastó con dibujar un círculo
sobre mi sexo valiéndose de sus mágicos dedos.
Era tanta la excitación que sentía...
No sé, se me hace difícil explicarlo
entre una sensación de estar haciendo algo malo
y al mismo tiempo disfrutando sin barreras.
¡Fenomenal!
Ya se sabe que toda buena película debe tener un final sorprendente.
O cuanto menos toda buena película porno
debe contener un polvo de esos que no se olvidan con facilidad.
Y Pedro se aplicó el cuento introduciendo su duro sexo por la obertura del mío.
Dejó caer su pesado cuerpo sobre mí
y juntos nos estiramos encima del escritorio,
que por cierto estaba bastante vacío.
Besó mi cuello numerosas veces
mientras le rodeaba por la espalda con los brazos.
Tan impresionantes eran las medidas de su físico
que por poco mis manos nos encontraron,
lo cual no importaba ni lo más mínimo.
Bastaba con lo mucho que ambos disfrutábamos de aquel momento.
Pedro, una vez más haciendo gala de supericia en el arte de amar,
me dedicó un meneo imparable a base de empujar el robusto falo de dentro hacia fuera.
El ritmo de sus embestidas ascendieron de forma diabólica.
La energía de aquel chico no tenía fin
y se prolongó durante varios minutos,
hasta que con un sonoro gemido me avisó de que estaba a punto de correrse.
Le pedí que hiciera como en las películas
y echará todo el contenido de sus pelotas encima de mi cara.
Nunca antes ningún chico lo había hecho
y sentía una irrefrenable curiosidad.
Me agaché frente a él,
situándome de nuevo delante de su rojo sexo.
Y Pedro lo meneó con furia las suficientes veces
hasta que logró escupir una bandana de chorro de esperma
que salpicó mi rostro sin piedad,
deslizándose hacia la barbilla
y acabar recorriendo el cuello hasta perderse por debajo de mi blusa.
¡Oh!
Un beso, un adiós, y nunca le volví a ver.
No hice más castings.
Los días siguientes a aquella experiencia
me di cuenta de que lo de hacer una película porno en realidad
no fue más que una excusa para así poder echar un buen polvo.
Demasiado tiempo de abstinencia sexual
me hicieron perder un poco la cabeza,
pero no fue nada grave.
Al poco tiempo encontré un trabajo como dependienta
en una tienda de objetos de regalo
e inicié una bonita relación con el encargado,
un chico encantador.
A pesar de todo lo bueno,
confieso que cuando él no está,
a veces bajo al videoclub de la esquina
y alquilo alguna película de Mr.
P.
Con el fin de rememorar aquella intensa follada
dándole gusto al dedillo.
Es una pena que no pueda contarle a mis amigas
que una vez me tiré a ese tío tan impresionante.
Pero en fin, así es la vida.