Relatos Hablados

Oferta de pollas en el supermercado

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Como cualquier otra mujer, siempre estoy al tanto de las ofertas del supermercado, me gusta comprar la leche, los huevos y otros artículos al mejor precio. Aquel día, aparte de mi habitual compra, adquirí una polla con denominación de origen...

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Voz por BellaPerrix
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Soy una muchacha alta, delgada, rubia, de piel morena y ojos azules. Tengo 29 años y todavía sigo soltera y sin ningún tipo de compromiso. Y no es que no me hayan llovido las ofertas, simplemente no me ha interesado ninguna hasta la fecha.

Además, se está muy bien viviendo sola y sin tener que soportar a nadie. Cuando busco compañía masculina, no me cuesta encontrarla. Lo mío es ir a uno de esos hipermercados en los que hay de todo, incluso jóvenes solteros, macizos y guapos, de esos ejecutivos agresivos con un buen sueldo, un empleo interesante y mucha maña para los trabajos domésticos.

Me encanta mirarles el culo mientras empujan el carro de la compra. Les observo cuando van de estante en estante para coger una lata de tomate o de guisantes.

Les sigo a cierta distancia e intento cruzarme si veo que hay posibilidades. Cuando se ponen en la cola de una de las cajas, me coloco detrás de él y con cualquier pretexto tonto entablo la conversación.

Les pregunto sobre una marca de jabón o un refresco y así con un pretexto tonto voy rompiendo el hielo. Si pasan de mí, ya no insisto más. Y si se enrollan como una persiana, les sigo la corriente.

El otro día hubo un joven que me lo puso fácil. Era alto, moreno, de piel agitanada y unos ojazos verdes que tiraban de espaldas. Cuando estaba en el parking, cerca de donde tenía aparcado su coche, se le cayeron las llaves al suelo y no se dio cuenta.

Debería de estar muy distraído, porque al caer hicieron bastante ruido. Las recogí, les seguí y se las devolví. Me dio las gracias y empezamos a conversar como si nos conociéramos de toda la vida.

Me subí a su coche y me llevó a su casa. Y allí empezamos a enrollarnos como si fuéramos novios. Tomamos un par de copas, nos besamos en la boca con morbo y pasión y acabamos desnudos en el dormitorio.

Él se echó sobre la cama de espaldas a mí para que le iniciara un masaje en el cuello, pues estaba un poco tenso. Me ofrecí encantada a pasarle las manos por los hombros, la columna vertebral y los glúteos, pequeños, musculados y muy varoniles.

Le froté la espalda con los nudillos y el culo con las manos y cuando le separé las nalgas dio un brinco. Intenté disculparme, pero antes de que pudiera decir nada, puso sus manos sobre mis pechos y me dio un beso de tornillo metiéndome toda la lengua.

Su pene había alcanzado una erección notable. Lo cogí y le dio unos cuantos meneos. Tuve que parar porque unas gotas de líquido transparente aparecieron en la punta.

Las extendí por todo el miembro con la yema del dedo y después las lami. Ese fue el inicio de una mamada en la que mi cuerpo se estremeció de gusto.

Tanto, contraechupada y chupada, ronroné como una gata. Con un poco de esfuerzo me la tragué entera, llenándome la garganta. Mientras me lo follaba con la boca, le subé los testículos.

Pronto noté que él tenía la imperiosa necesidad de aliviarse, así que me aparté cuando me percaté de que ya se corría. Me equivoqué, pues aguantó, aunque le fue de muy poco.

Cogió un preservativo de la mesita de noche y se lo enfundó en el miembro. Una vez ya preparado, me abrí de piernas y él colocó ahorcajadas encima de mí para introducirla de un solo golpe de pelvis.

Dado lo mojada que ya estaba, no le costó nada penetrarme hasta el fondo, pues los fluidos vaginales resbalaban por los muslos. Él subía y bajaba y notaba como su respiración era cada vez más acelerada.

Le cogí por la cintura para poder controlar sus movimientos. Al cabo de unos instantes se quedó inmóvil. Yo volvía a pensar que ya se había corrido, pero no.

Volví a errar. Después de un breve intermedio en el que permaneció rígido como una estatua, aceleró el ritmo y me la introdujo hasta el fondo.

Yo perdí el sentido y grité al mismo que sentí el orgasmo. Él siguió empujando como si mis gemidos no fueran con él y sin perder la concentración me penetró aceleradamente.

En el momento de yacular, la sacó y la colocó sobre mis pechos. Quitó el preservativo y me mojó la cara en los pezones. Sin ningún tipo de asco por mi parte, se la cogí con la mano y me la llevé a la boca.

Ya sé que es algo que no se debe hacer bajo ningún concepto con un desconocido, dado los tiempos que corren, pero quería saborear su semen.

La fui chupando mientras crecía entre mis labios. Estaba recuperando la erección. Yo no quise interrumpir la mamada porque quería lamer hasta la última gota.

Mientras él colocó su mano sobre mi sexo y lo acarició, me introdujo los dedos y me masturbo, detalle que le agradecí comiéndole la oreja. Tras las caricias manuales, colocó su cabeza entre mis muslos y me lo comió todo, poniendo verdadero énfasis en el clítoris.

Ahora le tocaba él y resultó todo un experto. Me lo comió con pericia y yo solo pude jadear. Le cogí la cabeza para impedir que apartara su boca de allí.

Tensé las piernas y le aplasté las orejas al perder el control mientras disfrutaba de un buen orgasmo. La temperatura de mi cuerpo se elevó y mi cara enrojeció como un pimiento.

Sin moverme de esa posición, miré el reloj de pulsera y me di cuenta de que se hacía tarde. Apenas tenía tiempo de pegarle un par de muerdos a un bocadillo antes de entrar a trabajar.

Soy taquillera de un cine y para mí los sábados por la tarde son laborables. Me duché en su casa y él con mucha amabilidad me preparó una ensalada que divoré en menos de cinco minutos.

Incluso me acompañó con el coche al cine. Aquel desconocido era como un primor, un tipo del que se puede enamorar una fácilmente. Ojalá sea así y no quede todo en una simple aventura.

Con las prisas no nos acordamos de intercambiar los números de teléfono, así que uno de los dos deberá de dar el primer paso si nos queremos volver a ver. O él viene al cine o yo voy a su casa. Ya veremos.

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