Relatos Hablados

El ordenador se me ha averiado

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Mi nombre es Marisa y soy una de aquellas personas que trabajan desde casa a través del ordenador. Mi salario depende de ese chisme y si un buen día le diese por estropearse sería mi ruina. Y ese día fatídico llegó, pero por suerte un técnico bien trajeado me lo arregló y como agradecimiento por su ayuda me lo follé salvajemente.

Mi nombre es Marisa y soy una de aquellas personas que trabajan desde casa a través del ordenador

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Voz por BellaPerrix
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Me llamo Marisa y soy una de las miles de personas que en este país trabajan en casa. Como los tiempos han cambiado, ya no me dedico ni a coser ni a tricotar, ni a soldar timbres, ni a pintar soldados, ni ninguna de esas tareas que solían hacer las amas de casa para sacarse un extra para sus pequeños gustos o ganarse un pequeño jornal.

Soy una mujer moderna, joven, soltera e independiente que se gana la vida dejándose la yema de los dedos en el teclado del ordenador. Un par de copisterías me proporcionan textos para que los pase a limpio.

Cobro a tanto por folio y no sabes la de kilos de papel que de rellenar de tinta para que me salgan los números al final de mes. Hace una semana tuve un auténtico ataque de pánico.

Cuando fui a encender el ordenador, éste no quería arrancar, se había bloqueado y no había manera. Toqué el interruptor varias veces, lo encendí y apagué, pero el maildito no quería ponerse en marcha.

No tuve más remedio que avisar a un técnico. Le llamé a primera hora de la mañana y se presentó por la tarde. El tipo era alto, guapo, joven e iba muy trajeado, como si fuera un vendedor de seguros.

Tenía el típico aspecto de esos informáticos que se dedican a ir de casa en casa o de presa en empresa para solucionar averías y el mal funcionamiento de los programas.

Llevaba medio pote de brillantina esparcido por el pelo y un cuarto de botellín de perfume caro entre las orejas, las sienes y las muñecas.

Se puso delante del ordenador, le dio al interruptor, introdujo un disco, me sonrió. Me comentó que se trataba de una tontería y antes de acabar de hablar ya lo tendría encendido y con el programa de textos abierto.

Por suerte solo se trataba de una pijotada, no había ninguna necesidad de abrir el ordenador. La reparación no me iba a costar mucho más que el precio de la visita.

Estaba tan contenta que le di un beso en la mejilla. En informáticos se quedó sorprendido y me devolvió la confianza. Me dio un beso pero en los morros.

Cuando pegó sus labios a los míos abrí la boca, instintivamente, y le metí la lengua. Había subido tal ataque de nervios durante todo el día por lo que le pudiera suceder al ordenador y por la consiguiente factura que en esos instantes me sentía muy feliz y solo pensaba en desahogarme.

Después del beso y la sorpresa nos volvimos a dar un buen morreo de esos largos, pegajosos y con mucha saliva. Babeamos al unísono mientras las lenguas se batían en un duelo de espadas, golpeándose entre sí.

Antes de dar la estocada final y penetrar en la boca contraria. Enganchados como estábamos el informático puso sus manos sobre mi jersey y empezó a desabrochar los botones para llegar hasta los sostenes, que no tardó en desabrochar.

Sin apenas darme tiempo a meter mano debajo de la cremallera del pantalón, él liberó mis pechos y empezó a acariciarlos. Los apretó con las manos e imprimió las huellas de los dedos, dejó moretones y otras marcas.

No hay duda de que sentía debilidad por las tetas femeninas, pues se entretuvo con las mías durante un buen rato. El suficiente para darme tiempo a extraerle el miembro fuera del pantalón.

Menudo trozo tenía el muchacho y cuanto más lo agitaba más crecía. Era tan apretidoso que parecía de chocolate y sin poder resistirme me lo puse en la boca.

Lo chupé hasta que él me interrumpió para cogerme de la cintura y elevarme. Me sentó sobre la mesa justo encima del teclado. Se separó un poquito de mí y me abrió las piernas.

Me levantó la falda, retiró un poco las bragas y me la metió en un solo intento. La introducía y la extraía de forma violenta, a empujones a lo bruto.

En cada embestida mi culo se movía sobre las teclas del ordenador y en la pantalla iban apareciendo letras que formaban extrañas palabras, propias de un vocabulario desconocido.

5 R seguidas, 3 P, 2 A, otras vocales, otras consonantes, tantos caracteres como penetraciones. Sí... Aquel informático salido me estaba proporcionando una de las vivencias sexuales más placenteras y gloriosas de vida.

¡Qué potencia tenía el tío! No se cansaba nunca de meterla. Seguía insistiendo. Parecía que quisiera atravesarme como una auténtica aceituna rellena con esas embestidas de toro bravo.

Sí, de hecho resuplaba como un animal. Me echaba el aliento en la nuca, en el cuello, en la cara. Aspiraba y expiraba el aire por la boca y cada vez lo hacía más deprisa.

Quizá quería batir un rico. Quizá deseaba provocarse un infarto. Seguro que tenía tal apetito sexual que no podía comportarse como una persona civilizada ante una chica con los muslos de par en par.

Yo no me quejaba. Su ritmo yo me iba bien y cuando más deprisa iba, más se linchaba el pene y más disfrutaba yo. En cada penetración me golpeaba las paredes de la vagina y yo no podía permanecer impasible.

Me estaba derritiendo de gusto y cuando recibía las descargas de placer me movía y presionaba las teclas con las nalgas. ¡Oh Dios! No paraba de escribir.

Llevaba diez pantallas llenas de letras y frases indescriptibles cuando él aflojó la marcha. Estaba cansado y ya tenía ganas de descargar la mercancía.

En un instante en el que se quedó quieto me levanté de modo que su miembro aún permaneciera en mi interior. Me agarré al informático como pude y me moví muy despacio acariciándole la espalda y besándole en la boca mientras sentía como su porra estaba el rojo vivo.

Le apreté los testículos con una mano y con la otra cogí la base del pene, tiré de él y lo extraje de la vagina. Aquella polla palpitaba como si fuera un corazón.

Me rodillé frente a él, la besé y me la introduje en la boca. ¡Que bien sabía! Tenía un inconfundible sabor salado pero con el toque dulzón de los fujos vaginales.

La mamé como si esperara la leche de mi infancia y así fue. No tuve que esperar mucho. Me inundó la boca. Después de yacular, el informático se limpió con una de las hojas de papel que había sobre la mesa.

Se puso bien los calzoncillos, se abrochó el botón de los pantalones, se subió la cremallera y se apretó el cinturón. Luego abrió la maleta, extrajo una factura y me dijo que debía cobrarme como mínimo el desplazamiento, que el resto corría por gentileza de la empresa.

Le pagué en efectivo y se fue a toda prisa, tan rápido como había venido o como me había echado el polvo. Seguro que debía ir a otras casas para solucionar problemas informáticos, aunque en ninguna le recibirían con las piernas abiertas como yo.

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