El escaparate está repleto de coloristas posters de películas, Legítima Defensa,
Hércules, Deep Impact y Lluvia Roja, entre otras.
Entro dentro del videoclub.
El dependiente es un tipo bajito, de grandes patillas que me da muchísimo morbo.
Siempre me lo ha dado, desde el día que me hice socia.
Siempre que vengo me mira de una forma extraña, porque conoce en mi desmedida afición al cine porno.
Día sí, día no, alquilo una película para poder hacerme unas buenas pajas por la noche.
La vida de soltera no es muy emocionante y la vida social no es mi fuerte.
Así que de algún modo debo combatirlo, ¿no?
Me dirijo al mostrador y le doy al chico la película, Sexo Húmedo en la Sábana, y mi carnete socia.
Mira en su ordenador y algo molesto me avisa de que he tenido ese vídeo más de una semana en mi poder
y el recargo puede ser bastante, bastante gordo.
Yo no llevo un duro y la verdad es que no me apetece nada pagar una multa de mil pesetas o más
por una película tan mala que además ni siquiera me ha excitado.
Decido explicárselo.
Ante su atónita mirada y la de una vieja que justo se marcha del videoclub con la última de Disney entre manos,
le explico que a mí a veces las películas porno no me entran muy bien,
que necesito tiempo para verlas y según cómo la cosa puede prolongarse hasta una semana o dos.
Y aún así no consigo que me excite.
El chico, muy sorprendido, me confiesa que a él le pasa exactamente igual,
que es un aficionado al porno y que no son pocas las películas que le sumergen en un profundo sueño
a causa del extremo aburrimiento.
Asegura que esas películas, las que hay en la sección Cine X, son una basura
y que para pasar una buena noche de placer onanista, lo mejor es recurrir a los vídeos,
esos viejos clásicos, Garganta Profunda, El Diablo de Miss Jones, Tras la Puerta Verde
y todas esas películas tan sesenteras.
Así iniciamos una larga conversación sobre nuestras preferencias en el porno,
actores y actrices favoritos, luego títulos que consideramos esenciales
para pasar a nuestras técnicas favoritas, el dar y el recibir placer.
Aquí la cosa empieza a ponerse caliente, hace calor y a él se le han subido los colores.
Tras mucho discutirlo, coincidimos en que a ambos nos gusta el sexo oral,
luego bromeamos con la cantidad de tiempo que hace que no lo practicamos,
ya que él se encuentra en idéntica situación a la mía, sin pareja y encima viviendo con su anciana madre.
Consigue que sienta un poquito de lástima, la suficiente para querer hacerle feliz y hacerle un favor.
Entro tras el mostrador y sin que nos vea nadie, me agacho a sus pies e inicio un delicado trabajo filatorio
que devolvería la vista a un ciego, no sin antes mojarme los labios.
Preparándome para darle el máximo de placer,
comienzo masajeándole el prepucio con la punta de lengua,
el aparato cada vez se endurece más y yo cada vez me estoy poniendo más cachonda.
Recorro de un lenguetazo toda su polla de un extremo al otro,
repetidas veces dejándole un recorrido de saliva brillante.
En ese momento un matrimonio joven se acerca para alquilar una película,
él entre disimulados espasmos y mucho sudor se atiende como buenamente puede,
yo no consigo evitar reírme con su verga en mi boca,
pero sigo con mi tan disfrutable trabajo.
Mientras su tronco es lamido sin piedad, le dedico un masaje a los testículos,
que asoman tímidamente por el pantalón,
como retoque final le sacudo la polla con furia las veces suficientes
hasta que un chorro de semen salpica mi cara y parte de la estantería,
el hilillo que cuelga de la punta del capullo lo reservo para mi paladar,
él jadea, una niña le mira y de nuevo se oyen una sospechosa risitas
que salen tras el mostrador, a lo tonto a lo tonto suena en las ocho y media,
hora de cerrar, el chico que por cierto se llama Andrés,
despide a su último cliente, cierra la persiana y me invita a subir al piso de arriba,
el almacén, donde guarda su colección privada de cine porno,
entre risas subimos corriendo por los escalones,
una vez hemos llegado del interior de unas cajas,
saca un montón de películas, todas de la vieja época,
con actores o ya fallecidos o retirados,
tanta visión de fotos con gente follando vuelve a encendernos,
pero esta vez me toca a mí, Andrés se dedica a mi ardiente coñito durante un rato,
primero su lengua sacude con cariño mi almeja por encima,
es tremezco, seguidamente se clava en mi clítoris y juguetea con él,
lo marea, yo cierro los ojos,
si,
que gustazo, me encanta que me coman el coño de ese modo,
las artes de ese chico son divinas, sus labios muerden las paredes de mi vagina,
penetran hasta la uretra,
chupando a su paso sin compasión,
no me deja descansar,
los pelos se merezan, los poros de mi piel se abren,
de pronto algo le viene a la cabeza y se levanta,
y tras espetarme a una espera se marcha corriendo al fondo del almacén,
cuando vuelve lo hace con algo en la mano que me provoca una sonrisa de oreja a oreja,
se trata de un consolador, me dice que lo dan de regalo al comprar las tres entregas de vicio
y perversión, una producción española, y aún tiene de sobra, la idea me parece cuanto menos
muy excitante, vuelve a situarse frente a mí, abro las piernas hasta que se me tensan los músculos,
me empujo hacia arriba con cuidado y sin previo aviso y para mayor alegría,
me abre las nalgas y clava el juguete en mi ano,
primero noto un calambre, siento dolor, pero a medida que el aparato castiga mi parte trasera,
el dolor pasa a placer y el placer invade mi cuerpo por entero,
adiós sin cesar, grito mientras mi culito es sacudido sin compasión por ese mago de los
consoladores, así me gusta, con más fuerza, me siento fallecer, grito, me corro, me corro,
todo se vuelve negro en cuanto cierro mis ojos y aprieto mis dientes,
es un orgasmo de los que te sacuden con violencia y te hacen sentir en una éxtasis total,
genial,
cuando terminamos estamos exhaustos, estirados semi desnudos sobre unas sucias cajas, sudados
hija de antes, nos quedamos un rato allí estirados, nos damos un sonado beso,
sabiendo que desde hoy nuestras sesiones de cine porno ya no volverán a ser tan solitarias.