Trabajo en una empresa publicitaria.
Creamos y hacemos anuncios.
Nuestra especialidad es
la publicidad impresa, es decir, la que va en prensa o en vallas de las que hay en la
calle.
El proceso es costoso, pero siempre logramos buenos resultados.
Las empresas
a las que servimos están contentas con nosotros y no nos falta trabajo.
Pero hay un problema,
que solo me afecta a mí y que hasta ahora nadie conocía.
Detesto el estilo de publicidad
que facturamos, lo odio, no lo soporto y aunque intento disimularlo, se me hace duro tener
que ir a trabajar a la oficina y ponerle buena cara a todo, a todas las estúpidas ideas
de mis compañeros y a todos los estúpidos proyectos.
¿Por qué ese odio aparentemente
irracional?
Os lo explico.
Resulta que hace un año estábamos trabajando en un anuncio
para una famosa marca de ropa.
Era un proyecto muy ambicioso, pues iba a ser parte de una
grandiosa promoción de ropa por todo el país.
En el cartel iba a aparecer una muestra de
ser un chico de actitud sexualmente provocadora, sentado en un banco de la calle con el dorso
desnudo y el tatuaje de una mujer desnuda también en el pecho.
Se suponía que el tío
tenía que acariciarse dicho tatuaje con la mano, mientras que con la otra se rozaba
el paquete, guiñaba un ojo y mandaba un beso a la cámara.
Naturalmente la poca ropa que
llevaba puesta permanecía a la poderosa marca que nos había contratado.
Habíamos estado
un mes haciendo castings y por fin teníamos al chico adecuado, guaperas de 22 añitos,
que era la perfección total.
¿Sabéis ese tipo de chicos con grandes ojos azules, una
mandíbula envidiablemente perfecta, unas facciones desconcertantemente bien proporcionadas
y un cuerpo de infarto?
Pues así era.
Y francamente me moría por follármelo.
No hubiera sido
la primera vez que lo hacía.
Era soltera por propia elección.
No quería complicarme
con nadie y me gustaba ir de polla en polla como una loca, aunque en la oficina había
un chico no muy agraciado físicamente, que respondía al nombre de Alberto y que me había
perdido varias veces para salir, pero yo declinaba siempre a su oferta, pues estaba obsesionada
en follar con los guaperas de los anuncios.
Un buen día tuve una reunión a solas con
Miguel.
Así se llamaba el modelo.
Le invité a un café en mi despacho y nos pusimos a
charlar del trabajo, sus ganancias, lo atractivo que era.
Llegado a ese punto decidí lanzarme.
Me dirigí a él y me senté sobre sus rodillas.
El chico primero se sorprendió, pero enseguida
comprendió de qué iba la cosa.
Así que, ¿para qué retrasarlo?
Le hundí mi lengua
en su boca y nos estuvimos besando húmedamente durante unos minutos eternamente deliciosos.
Mientras nuestras lenguas se juntaban una con la otra, Miguel colocó su mano por entre
el hueco de la blusa e inició un agradable fregamiento en uno de mis pechos, endureciéndome
los pezones cosa mala.
Actué en consecuencia y metí mi mano sobre su paquete, sintiendo
su polla crecer lentamente a través del tejano, cosa que me encanta.
Una vez concluida la sesión de besos, me rodillé frente a él y como es menester le
abrí la bragueta.
Urgué dentro de ella hasta que agarré su verga morcillona y le agarré
y la saqué para afuera.
Tenía una polla tan perfecta como era él, gruesa, venosa
y con un glande rosado que decía cómeme.
Y lo hice.
Inicié con la lengua unas caricias
en el orificio de la punta para luego rodear el capullo por entero, pero algo no funcionaba.
Aquella polla no acababa de ponerse dura de verdad, por lo que, por lo menos, como yo
concibo una erección total.
Dejé de chupársela, le miré y le pregunté si todo iba bien.
El chico que había perdido su prepotente seguridad inicial me dijo que no era nada
serio, que tardaría un poco en reaccionar, pero que acabaría poniéndose como una vara
de metal.
¿Podéis creerlo?
Pues no.
Estuve un buen rato chupando aquel falo de arriba
abajo.
Incluso le trabajé los huevos, pero no lo grabamos una erección completa.
Yo,
que soy muy cuidadosa con estas cosas, me intenté mostrar calmada y aunque en realidad
estaba más caliente que una estufa en diciembre, le dije que si quería lo dejábamos para
más adelante.
Al parecer a Miguel no le sentó nada bien aquella idea.
Se levantó fúrico
de la silla y mientras se guardaba su flácida cola dentro de la bragueta, comenzó a acusarme
a mí de no saber excitarle y demás chandeces.
Sin tiempo a que yo le contestara, salí de
la oficina y cerrero con un fuerte portazo.
Yo me quedé totalmente flipada en el suelo.
Con la blusa medio abierta, un pecho asomando, mis labios mojados y cara de tonta.
Me disponía
a ponerme de pie cuando la puerta de nuevo se abrió.
Era Alberto, el chaval poco agraciado
que me iba detrás.
Al verme en ese estado, el pobre se asustó mucho.
Al parecer los
gritos de Miguel le habían alertado y por eso había entrado apresudamente para salvarme.
Me ayudó a levantarme y en un gesto deliciosamente poco habitual de un hombre frente a una chica
como yo, se esforzó en volver a brocharme la blusa cuidadosamente.
Mientras se dedicaba
a ello con entrega, me lo quedé mirando y de pronto, tras aquella aparente vulgaridad
en su rostro, dió a alguien dulce, atractivo y maravilloso y no pude más que reaccionar,
besándole con cierta timidez en los labios.
Alberto se puso rojo como un tomate.
Me miró
avergonzado sin saber muy bien qué hacer y no pude contenerme.
Por lo que le dije,
Alberto, por favor, fóllame.
El chico venció su timidez antes de lo que uno tarda en decir
tiempo e inició un delicioso besuqueo por mi cuello.
Le rodeé con mi brazo y le devolví
el favor metiendo la punta de mi lengua en su oreja, lo que le proporcionó unos aratables
escalofríos.
Rápidamente se desabrochó el pantalón, bajó los slips negros y sacó
un rabo de aspecto muy normal, pero que, gracias a Dios, estaba más que tieso, apuntando
desde ahí abajo a mi rostro.
Verlo fue toda una alegría.
Alberto se apresuró a bajarme
las bragas hasta las rodillas y tanteó el terreno con su polla hasta que encontró la
raja por dónde meterla y lo hizo.
Su rosado y caliente glande acarició los labios de
mi vagina en su paseo hacia el interior.
Sentí una dulce presión entre mis piernas.
Cerré
los ojos y gemí.
Besé a mi amante con mucha pasión.
Él lo aceptó de nuevo en grado
y comenzó el mete saca con un cuidado al que yo estaba poco habituada y que multiplicaba
el placer por mí.
Mis brazos se aferraron a su cintura y notar sus prietas carnes bajo
aquella sudorosa camisa de cuadros me hizo tanta gracia como despertó aún más mi morbo
hacia aquel sorprendente chico.
Estaba resultando ser una maravilla la hora de practicar el
coito y el coito en sí estaba resultando fabuloso.
El placer invadió nuestros cuerpos.
El condición
continuo fregamiento de nuestros sexos en una pasión nada penetración nos estaba volviendo
locos de placer.
A ratos nos dedicábamos húmedos besos que lo incrementaban aún más.
Las paredes de mi coño estaban embriagadas por el calor que desprendía aquel músculo
duro.
Tenso y ardiente que entraba y salía de forma decidida y abayasalladora.
No sabía
que se podía ver.
Comenzamos a gemir desmesuradamente nuestras respiraciones entrecortadas.
Nos
dificultaban la respiración y cada gota de aire que expulsábamos iba contra nuestros
rostros lo que aún proporcionaba mucha más magia en aquel momento.
Siempre es agradable
y bonito sentir próxima a la calidez de la persona con la que estás haciendo el amor
y Alberto desprendía mucha.
Le pedí que se corriera fuera y a pesar de mi importuno
deseo, sacó su polla de dentro de mi almeja e inició una rápida paja con tal de concluirlo
empezado.
Yo no fui menos y con mis dedos me acaricé un coño caliente y fabulosamente
castigado.
Estuvimos los dos masturbándonos hasta que él se corrió.
Sus huevos expulsaron
todo el semen que contenían, surgiendo disparado por la punta del glande para ir a estrellarse
contra mi coño, el cual comenzaba a reaccionar ante mis continuados fregamientos.
Poca falta
me hizo insistir.
Me corrí como una loca con unos segundos mínimos de diferencia a
Alberto.
Fue maravilloso.
Los dos sudamos hija de antes, nos miramos y nos despedimos
y le dedicamos una sonrisa.
Nos reíamos porque nos dábamos cuenta de que algo genial había
surgido entre ambos y de paso nos reíamos por lo atolondrado de aquella situación.
Aquel fue un día clave para mi vida.
Por un lado, me enamoré de Alberto, nos casamos
y hoy vivimos juntos y lo mejor es que podemos corrernos abrazados el uno al otro.
Por otro
lado, me di cuenta de que la publicidad es una mentira, que todos esos chicos guapos
y aparentemente insaciables sexualmente hablando no eran más que tipos...devorados por su
propio egocentrismo y su propia soberbia para luego, a la hora de la verdad, no ser nada.
Cada vez que estoy con mi marido en la cama, mirando la tele, si veo uno de esos anuncios,
apago la caja tonta con el mando a distancia y nos ponemos a follar.