Relatos Hablados

Me pone cachonda ser una cornuda

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Aunque pueda resultar extraño, saber que mi marido me ponía los cuernos con la guarra de su secretaria me excitaba mucho. Esa mezcla de semen seco y olor a flujo en su polla cuando llegaba a casa, hacía que mi imaginación se disparara y dio paso a lo que más tarde llegaría a ocurrir...

Aunque pueda resultar extraño, saber que mi marido me ponía los cuernos con la guarra de su secretaria me excitaba mucho

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Voz por BellaPerrix
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No hace mucho descubrí que mi marido me la pegaba con su secretaria, algo muy típico. Mi primera reacción fue la depresión. Me derrumbé por completo porque yo a él tenía en un pedestal de santidad.

Y me pasé varios días llorando a escondidas. Al final me quedé sin lágrimas. Y cuando eso ocurrió llegué a la conclusión de que hay que sacar siempre algo positivo de las desgracias, el infortunio y los cuernos.

A partir de ese momento, cada vez que me llamaba para comunicarme que venía tarde porque tenía trabajo, yo me imaginaba a la guarra de su secre, comiéndosela, atragantándose con su enorme verga.

Porque todo hay que decirlo, mi esposo tiene un pollón de concurso y primer premio. Cuando él regresaba a su casa, no me importaba en absoluto que se hubiera estado revolcando con otra.

Es más, me ponía cachonda con solo pensarlo. Así que una vez cruzaba el umbral de la puerta, me echaba a sus brazos, me ponía de rodillas, le bajaba la cremallera del pantalón, se la sacaba y se la momaba.

Muchas veces su pene tenía todavía alguna gotita de semen ya seca y un gusto a flujos vaginales, sabores que evidenciaban que había estado follando.

Pero a mí me daba igual, yo seguía lamiendo hasta que se corría en mi garganta. Poco a poco me fui acostumbrando a ese olor, a otra mujer, a ese sabor femenino que impregnaba los genitales de mi marido e incluso a su perfume.

Por lo que decidí intimar con aquella hembra que quería robarme el marido, deseaba saber que tenía ella que yo no tuviera, qué es lo que él encontraba en ella y si a mí también iba a gustarme.

Un día le dije a mi esposo que deseaba conocer a su secretaria. No le pareció mal, como es un poco bobo, no sospechó ni que iba detrás de iniciar un triángulo amoroso.

Un viernes me presenté en su oficina sin avisar, ya eran casi las nueve de la noche y les propuse ir a cenar a un restaurante. Ellos aceptaron y tras la cena fuimos a una discoteca, como es de costumbre mi maridito bebió más de la cuenta, con lo que tuve que coger el coche y llevarle a casa.

Se metió en la cama y se durmió en un santiamén y me dejó a solas con ella, con la otra. Clara, que así es como se llama, es alta, rubia, con una figura estupenda y unos pechos gordos y golosos y unos ojazos negros que hipnotizan.

Empezamos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida, yo le caí bien desde el principio y ella a mí de puta madre. Sé que te acuestas con mi marido, le dije sin rodeos ni contemplaciones, y me importa un comino, añadí a continuación.

Se quedó un poco sorprendida y no dijo que sí, pero tampoco intentó negarlo, simplemente cogió la copa y la apuró. Cada vez que le como la polla noto tus jugos y eso me pone cachonda, le comenté acercando mi boca a la suya.

Le di un beso en los labios y le introduje la lengua dentro, ella ni se inmuto, estaba rígida, como indecisa, sin saber cómo reaccionar. Le desabroché la blusa y libiré sus pechos, los tenía duros y con los pezones en punta, estaba tan caliente como yo.

Cuando vi que me dejaba hacer, que me lo consentía todo, metí la mano entre sus piernas y le acaricí el conejo por encima de las bragas, las tenía húmedas y mojadas.

Me rodillé frente a ella, le subí la falda y metí la cabeza entre los muslos. Por fin iba a beberme sus calos, algo que había estado esperando durante meses.

Le saboreé la almeja como si fuera de mar y estuviera recién pescada, sorbí sus jugos como si fueran una salsa. Le besé el trítoris, lo lami y lo apenetré con la lengua.

Ella me cogió de la nuca y me empujó la cabeza, dando señas de que no quería que parara. Clara estaba tan excitada que no se hubiera negado a nada, por lo que aproveché su calentura, la desnudé completamente.

Le cogí el brazo y me la llevé al dormitorio. Mi esposo estaba despierto, tumbado en la cama y con el penerecto. Ella se estiró junto a él y yo me quité la ropa.

Ambas empezamos a acariciar y menear el canuto de mi marido a la vez, mientras le mordía los senos a mi compañera de juegos. Así estuvimos durante cinco minutos, hasta que decidí cambiar los genitales masculinos por los femeninos.

Mis dedos se deslizaron hacia su sonrosado conejo. Primero le rocé los labios, que estaban abultados, y luego le clave un dedo hasta el fondo.

Estaba completamente mojada, tanto que me dejé de deditos y le metí casi toda la mano. Ella dio un grito y no sé si fue de dolor o de placer, pero de todos modos no quiso que la retirara.

Mientras las dos nos entreteníamos con juegos lésbicos, dando rienda suelta a nuestras fantasías homosexuales, mi querido cónyuge no perdía detalle y se la meneaba descubriéndose ante nosotras como un sucio mirón.

Saqué la mano de aquella gruta húmeda y le separé las piernas para verla en todo su esplendor. Estaba mojada como un tomate y pedía más marcha.

Coloqué mi coñito contra el suyo, de modo que ambos clítoris coincidieran. Empecé a moverme para que se rozasen. ¡Qué placer más intenso! Mientras nos restregábamos la una contra la otra, nos dimos un beso apasionado y nuestras bocas y nuestras vulvas se unieron como bestosas.

Ambas nos corrimos como un par de tortilleras, chillando y gimiendo y perdiendo el control por completo. Una vez me calmé, me giré para ver hacia mi marido.

Tenía el pene completamente flácido y la mano pringosa de semen. Poco a poco fue recuperando la erección y cuando ya la tuvo a punto, me la introdujo en la raja de un solo intento.

Nunca se la había sentido tan gorda y tan dura. Mientras él me embestía como un toro. Clara le separó las nalgas a mi marido y le empezó a lamer el agujero.

Le estaba haciendo un beso negro, que le puso todavía más a tono. La chica dejó su trasero para acercarse a mi vagina y chuparla. Mientras los 18 centímetros de masculinidad se abrían paso.

La lengua de Clara iba de aquí para allá. De aquí para allá tan pronto repasaba mi clítoris, como succionaba los testículos de mi esposo. Os entretenía en mis pezones duros y erectos.

Debí decorarme por lo menos cinco veces y cuando me relajé, él la sacó para verter su esperma sobre la cara de su secretaria. Que escena tan cochina y pornográfica.

Acabábamos de protagonizar los tres, pero eso no era nada comparado con el resto de la noche. O lo que sucedió las semanas siguientes. Los tres seguimos viéndonos y acostándonos juntos.

En ocasiones ella y yo lo hacemos a solas, en otras dejamos a él que participe. También vamos a locales de intercambio de parejas. Allí le pongo los cuernos a conciencia y encima me ríe las gracias. Esa es mi venganza. Una dulce y sexy venganza. ¡Gracias por ver!

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