Mi marido tiene una gran empresa.
Afortunadamente va muy bien, con lo que en casa no falta de
nada y a mí me colma con todos los caprichos.
Procuro cumplir como una buena esposa.
Voy
al gimnasio con frecuencia para permanecer en forma, hago un régimen tras otro para
guardar la línea y acudo con regularidad al instituto de belleza para estar guapa y
atractiva.
Además, superviso a las sirvientas para que me tengan el chalet como una patena
y les digo lo que han de cocinar e incluso les dicto las recetas.
Yo le he dado un par
de niños que son un primor.
El pequeño tiene oro cuatro años y el mayor unos seis.
Van
a un colegio de pago que nos cuesta cada mes una auténtica fortuna.
No me gusta que vayan
en autocar con tantos accidentes que hay de circulación.
No me fío.
Prefiero llevarlos
yo.
Así que le pedí a mi esposo que me comprará un coche y que me apuntará a una buena autoscuela.
Al principio me daba un poco de pereza ir a clases de teórica porque no conocía a nadie,
pero en un par de días hice nuevos amigos.
Enseguida con Genié, con Francisco y con
Ricardo.
Un par de tipos de lo más saleroso.
Siempre nos tomábamos un café al salir de
la autoscuela.
Cuando conseguí el permiso de conducir, quise celebrarlo con ellos.
Nos
tomamos unas cuantas copas de cava y me puse algo contenta.
Tanto que acabábamos en casa
de uno de ellos siguiendo la fiesta.
He de reconocer que estaba algo contentilla.
Que
todos habíamos bebido más de la cuenta y aunque en principio no quería ponerle los
cuernos a mi querido esposo, acabé haciéndolo.
No me arrepiento de ello porque me lo pasé
muy bien.
Aunque tampoco estoy muy orgullosa de la hazaña.
Quizás, explicando públicamente
lo que sucedió, sea una forma de expiar el pecado.
Naturalmente no se lo voy a contar
a mi marido.
¿Faltaría más?
Pues bueno, con unas cuantas copas encima, empecé a ponerme
mimosa.
Hacía bastante tiempo que no hacía el amor.
Pues mi marido llevaba casi un mes
de viaje de negocios.
Ellos debieron percatarse del hambre atrasada, por lo que empezaron
a tocarme con cierta discreción, palpando cada vez más por si yo me quejaba.
Y como
no abrí la boca y quien caía otorga, me metieron mano debajo de la falda y me acariciaron
los pechos por encima de la blusa.
Mientras me besaban en la boca y las mejillas.
No perdimos
más el tiempo y nos fuimos al dormitorio, desnudándonos por el pasillo y tirando la
ropa por el suelo.
Algo impropio de una señora de mi categoría.
He de reconocer que les
tenía ganas desde que les vi por primera vez en la autoescuela.
No tuve ningún reparo
en dar rienda suelta a mis ansias sexuales y en comerles el miembro también.
Los dos
jóvenes tenían un buen chorizo entre las piernas de esos gordos, jugosos y picantones
con los que pude entretenerme mordiendo hasta morirme de gusto.
Francisco y Ricardo sabían
más de sexo que un actor de cine porno.
No sólo estaban muy bien dotados, sino también
sabían hacer un buen uso de su miembro.
Me penetraron vaginalmente una y otra vez hasta
que consiguieron que llorara de placer y felicidad.
Me saltaban las lágrimas al tiempo que mi
raja se humedecía cada vez más.
Los penes de aquellos muchachos que trabajaban a conciencia.
Nunca hubiera pensado que cuanto más mejor y que dos podían proporcionar mucho más
placer que uno.
Nunca me las he dado de viciosa.
Incluso muchos de mis amigas decían que era
algo fría.
Con respecto a mis antiguos novios, nunca les dejé que vieran de mí mucho más
de lo que se solía ver en una playa de las de entonces.
Ni tampoco tuvieron derecho al
roce por el solo hecho de sacarme a bailar o invitarme a unas copas.
Conmigo nunca se
tomaron demasiadas confianzas.
Y en cuanto al beso en los labios, éste debía ser fugaz
y sin lengua.
Sé que merecía el apelativo de carca entre mis amigas, de mojigata entre
mis amigos y de frígida entre todos aquellos con los que no me dio la gana de ir ni más
lejos ni más cerca.
Para una que está acostumbrada a la postura del misionero, dos minutos de
coito y una noche de ronquidos, aquellos dos tipos eran todo un descubrimiento.
Con ellos
supe lo que me había perdido hasta la fecha.
Francisco y Ricardo eran inancansables.
Se
movían sin parar, como si cada uno tuviera una piel alcalina metida en el culo.
Cuando
uno se cansaba de estar encima mío, dándole que te pego, empujando sin parar, el otro
le reemplazaba.
Iban tan rápido, cambiando de posición, que apenas sentía cuándo salía
una y entraba la otra.
Y ese con ellos eran exactamente iguales.
La de Francisco era muy
gruesa y un poco más corta que la de Ricardo, que era delgada, un poco curva y se torcía
hacia la izquierda.
En plena faena me propusieron lo de la doble penetración, es decir, que
uno me la iba a meter por detrás mientras el otro me la metía por delante.
Lo cierto
es que una tiene su orgullo y a mí nadie me da por el culo, ni física ni moralmente.
Eso de la sodomía está bien para el que le guste, pero yo pienso que lo que duele
no puede dar placer.
Así que les dije que no, que prefería seguir con el coito vaginal,
y si el otro se aburría se la podía tocar un poco con la mano para que así no perdiera
rigidez.
Francisco y Ricardo me proporcionaron el par de orgasmos más intensos de toda mi
vida.
Cuando alcancé el segundo creía que iba a desmayarme y durante una milésima de
segundo perdí por completo el sentido.
Yo les pedí que no se corriera dentro de mí,
y ellos, de forma muy educada, cuando sintieron los primeros espasmos la sacaron y me llenaron
la lefa la boca.
Naturalmente no les he vuelto a ver.
A mí ya me va bien con un mal polvo
a la semana.
Eso del sexo nunca ha sido uno de mis pasatiempos preferidos.
Tampoco voy
a echar por la borda mis años de matrimonio por un par de jóvenes bien dotados, pero
que no tienen un duro.
¿Quién me pagaría el gimnasio, el salón de belleza, mis vestidos
y el automóvil tan chulo que acabo de estrenar?