Relatos Hablados

Duerme con ella pero me folla a mí

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La esposa de Luis es una cornuda, aunque la muy tonta no lo sabe. Duerme con ella, pero se acuesta conmigo. Luís me rompe el coño cada vez que quiere, estoy a su disposición, soy su marioneta, pero me da igual, porque en el fondo se que Luís es mío, aunque esté casado.

La esposa de Luis es una cornuda, aunque la muy tonta no lo sabe

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Voz por BellaPerrix
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Déjame sentarme en tu cara. Lo he pido casi suplicando. Pero Luis no está para perder el tiempo. Había dicho a su mujer que se iba a tomar unas copas con los amigos.

Evidentemente, nada le contó de que pensaba verse conmigo en aquel aislado motel de carretera. Así que no se está de nada. El champagne ya ha sido probado y los cigarrillos reposan más que apagados dentro del cenicero.

Es la hora del sexo. Luis tiene preferencia. Así que abre la bragueta y extrae la polla que queda colgando como cuelga algo sin vida. El helando está rodeado de piel y mi deber es moldear el objeto.

Chúpamela, ordena. Y así lo hago. Me agacho y con la boca abierta me sitúo casi al nivel de sus rodillas mirando hacia arriba, como el tiburón que se dispone a devorar a la bañista.

Sólo que no se trata de una bañista, sino de un falo esperando ser mamado. Me lanzo contra él y lo atrapo entre mis labios, manteniéndolo lejos de los peligrosos dientes.

Luis cierra los ojos. Mis manos ascienden por su estómago hasta alcanzar su pecho, mientras siento crecer la polla dentro de mis fauces. El músculo se hace grande a cada segundo y tira de mis labios para robarme el espacio.

Es entonces cuando inicio el clásico movimiento ascendente y descendente por el tronco. Sin duda el momento más excitante del acto es aquel en que llego hasta la punta del glande, lugar donde casi pierdo el equilibrio y mi dulce felación por los pelos no se ve interrompida.

Luis jadea. Le agarro el rabo con una mano y decido dedicarle unos segundos de mi entrega a trabajarme el capullo. Sé que le encanta. Bueno, a cualquier hombre le gusta, pero Luis es especialmente sensible a eso, así que desenfundo la lengua que rodea varias veces el aro del glande y luego me siento palpitar la velga entre mis dedos.

Luis se agacha y me agarra por los brazos. Me pongo de pie a su altura y comienzo a besuquearme el cuello como lo hacen las personas que aman.

¡Qué dulce sensación! Desabrocha mi blusa y se pelea con el inoportuno sujetador. Ahora mis pezones son suyos y no los piensa dejar escapar.

Sus manos agarran mis senos duros y urgentes, blandos y suaves al tacto masculino. Los dedos se van cerrando, presionando hasta llegar a la tetilla.

Está en durece como lo hace el pelo acompañado de un escalofrío. Sí, su lengua húmeda y valiente acaricia mi sensible pezón izquierdo. Pero el show acaba de comenzar.

Algo así no está completo, sino se atrapa y pezón entre los labios y se rechupetea en el agradecido intento de elevar la excitación. Ya es por muy despretada.

Creo que voy a volverme loca. Por si tan dulce que esto no fuera suficiente, la mano libre de Luis se extiende hasta mi minifalda, la levanta sin mucho esfuerzo y se cuela entre las piernas hasta mi sexo, camuflado inútilmente tras unas finas boraguitas de punto blanco.

Para según qué cosas, una es muy clásica. Sus dedos se despliegan sobre mi vagina y un seguido de reacciones químicas recorre en mi torso hasta mi cabeza.

Creo que floto. Sutilza y agresiva, polla reposa burlonamente sobre mi pierna. Tiene que usar toda mi agua, esa noche no tendrá sentido. Así que la agarro como un mango y la sacudo.

Luis está tan ensimismado con mis tetas que casi parece no darse ni cuenta. Por un momento tomo las riendas y cambio el orden de las cosas.

Me agacho de nuevo alejando mis senos y mi sexo de las tarpas de mi amante. Me sitúo al nivel de subverga roja, hinchada y deseosa de placer.

Entonces me dejo llevar por la imaginación más enfermiza y sitúo tan delicado a la par de que deseado músculo justo entra en los pechos. Por el caminito que queda en medio de ambos, tiro de cada una de las tetas hacia el interior presionando el pene de forma despiadada.

Luis lo agradece en silencio. Recorro una vez más al sube y baja de toda la vida porque es algo que nunca falla. Desconozco si un falo puede llegar a crecer más de sus limitaciones, pero el momento idóneo para descubrirlo es sin duda ese.

Luis arde, arde como nunca antes lo había hecho. Sólo quiere follar y me quiere a mí para tan suculento acto. Así que de nuevo me pone de pie, me quita la minifalda y casi de forma obscena se deshace de las bragas.

Una ropa que para según que ocasiones es tan cómoda como todo lo contrario. Se agarra el falo directamente lo introduce por la apertura que hay entre mis piernas.

Sí, el glon de pegado al tronco me empujan hacia adentro sin freno, sin miedo, dispuestos a caber todo lo que el espacio les permita. Siento los huevos de Luis pedir su ración.

No es Samé. Mi amante me dedica un húmedo cruce de labios casi demoníaco. Sus brazos se aferran a mí y no quiero dejarle escapar y menos aún en un momento como ese.

Fóllame. Luis emprende helas consabidas, sacudidas y parece como si su éxtasis se delizara por la punta de su verga hasta mi sexo y luego se expandiera por toda mi anatomía.

Parece mentira que cada fin de semana nos dediquemos a esta sana labor porque cada vez que lo hago con Luis es como si empezara de nuevo. Nunca dejaré de sentir las inesperadas y dulces sensaciones.

Nuestros sexos se rozan uno al otro, retozando como los niños ingenuos que se quieren. Cada choque es una descarga que quitaría cualquiera de su capacidad de racionar.

Una serie desconocida de músculos y articulaciones se tensan hasta el límite. Esas son las cosas que de dejarse llevar por el placer. Nuestros cuerpos parecen insaciables y a los apretones y al fuerte calor que desprendemos insensibles.

Ahora solo importa encontrar el máximo placer de llegar al final. Y yo solo lo logro sintiendo como mi cara es bañada de calienta y sabrosa leche.

Luis saca su polla de la vagina, cuando tiene presa. Me agacho frente a su grande rojo ardiente, apuntándome con su único orificio. Despara.

La mano de mi amante no cesa de castigar su sexo. De arriba abajo y necesariamente de forma cansina y sin dejar tiempo a que los cadeos terminen.

Ahora sí, córrete, córrete encima de mí mientras mis manos frotan mi raja. Sí, el esperma blanco y brillante hace acto de presencia de forma violenta, justo en el momento en que mis dedos han logrado proporcionar un orgasmo de glacia.

Y ellos espermas se recurren por mi cara, dirección a mi boca. Estoy deseando probar de nuevo su sabor. Más placentero que el mejor de los elixires, Luis aún no ha soltado su polla, que comienza a caer derrotada como un boxeador vencido al primer asalto.

Aún me siento excitada viendo cómo su apetecible cuerpo desprende sudor, el sudor causado por una intensa y aparentemente irrepetible sesión de sexo.

Me estiro en el suelo aún retorciéndome de placer, mojada y bañada por el dulce semen. No quiero ni pensar en limpiarme, sólo quiero caer dormida, borracha de placer, del placer de un buen coito, el despertar encontrarme con Luis a mi lado y besarle y acariciarle.

Por desgracia la vida no da todo lo que una querría. Es como si no pudiera lograr conjugar buen sexo y afecto en una sola relación. Siempre debo conformarme con uno a falta del otro.

Sé que ahora Luis se duchará, se vestirá y se marchará a refugiarse en su insulsa vida aparentemente perfecta. Y yo de nuevo me quedaré sola. Aún así hay dos cosas que nunca en mi vida perderé. Una es la esperanza, la otra gozar del buen sexo.

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